“Queremos saber la verdad”: Ana María Busquets

La viuda de Guillermo Cano, le pidió a la CIDH que ayude a encontrar la verdad sobre el asesinato de su esposo, pues en la justicia colombiana no ha sido posible tener avances después de 32 años de impunidad.

El director del diario El Espectador, Guillermo Cano.Archivo

En el marco de una reunión de trabajo en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se realiza el encuentro entre los comisionados y una delegación de la familia Cano Isaza, El Espectador y la Fundación para la Libertad de Prensa. El propósito del encuentro es que se recobre el trámite que hasta 2001 llevaba la CIDH, reconociendo que el Estado incumplió con su obligación de garantizar el derecho a la vida del director de El Espectador Guillermo Cano, como tampoco cumplió su deber de investigar, juzgar y sancionar a los responsables de su asesinato.

Estas fueron las palabras de Ana María Busquets, viuda de Guillermo Cano, para insistir en que el caso tenga avances en la justicia internacional, pues hasta ahora en Colombia solo existe impunidad respecto a la investigación por el crimen cometido en 17 de diciembre de 1986.

“Yo no pensaba venir, pero hace unos días, repasando nuestra historia, la de Guillermo Cano, me dije: “Tengo que hacer un esfuerzo más y contar lo que hemos pasado en estos treinta y un años, desde la muerte de mi esposo y exigir, de nuevo, que se conozca y aclare su crimen”. Aquí en esta reunión hay cuatro generaciones de la familia de Guillermo Cano reiterando nuestra petición de acceder a la verdad y a la justicia. 

Muchos niños colombianos conocen la historia de Pablo Escobar por las series de televisión y películas. Allí lo muestran rico y poderoso y por eso quieren ser como él. Parece que sus padres no les contaran la realidad o no ven la necesidad de educarlos como hombres de bien.

¿Pero quién conoce la vida de Guillermo Cano? La necesidad de que estos niños conozcan su legado y su lucha, es la razón por la que estoy aquí. 

(Lea:La reunión que podría reabrir la investigación por el asesinato de Guillermo Cano en la CIDH)

Nuestra historia en defensa de los derechos humanos comienza hace muchísimos años. La crueldad de quienes empezaron a matar porque esos derechos les estorbaban empieza a fines de los años 70 y nos lleva directamente a julio de 1986. En ese mes asesinaron a Roberto Camacho, el corresponsal de El Espectador en Leticia, la ciudad mas alejada de la capital de Colombia. 

¿Qué hizo el Estado para proteger, ayudar a su esposa y a sus cuatro pequeños hijos? NADA. Tuvieron que salir corriendo del lugar donde vivían, dejar su trabajo y todo lo que allí habían logrado formar como familia. Desde entonces buscan justicia sin encontrarla. 

Casos como el de Camacho eran temas usuales en su Libreta de Apuntes, la columna de opinión que escribía mi esposo los domingos como nota editorial de El Espectador. A mi casa y al periódico llamaban amigos y lectores para felicitarlo por su coraje, pero también para pedirle que fuera prudente porque se estaba arriesgando demasiado. 

Yo pensaba que se habían atrevido contra un corresponsal del periódico pero que no serían capaces de llegar al director del periódico más respetado del país. Aunque sus lectores y amigos temían por su vida, al Gobierno colombiano nunca se le ocurrió que necesitaba protección. 

(Lea:El caso de Guillermo Cano que se embolató en la CIDH)

Yo sabía que era inútil darle los mensajes de esos lectores y amigos porque sabía que su su respuesta era que él escribía lo que consideraba que era su deber y necesitaba decir lo que pensaba para tratar de salvar al país del flagelo que veía venir.

Es imposible contarles a ustedes lo que sentimos el día de su muerte y todo lo que pasó por nuestras mentes. No sabíamos cómo explicarles a sus pequeñas nietas lo que había sucedido. Resolvemos decirles que su abuelo se había ido al cielo a descansar. Pero la primera vez que viajaron en avión lo buscaron en las nubes y una de ellas dijo: "Me dijeron que el abuelito estaba en el cielo, pero yo no lo veo por ninguna parte”.

Lo que vivimos después de la muerte de Guillermo Cano es el ejemplo perfecto de lo que pasa en Colombia cuando abogados y jueces valientes intentan buscar la verdad. A ellos los asesinan. 

Recuerdo la preocupación grande de Guillermo al conocer del asesinato del coronel  de la Policía Jaime Ramírez. Su crimen fue el primer atrevimiento de la mafia contra quien había tenido la osadía de quitarles parte de sus bienes.

Héctor Giraldo Gálvez, abogado y columnista de El Espectador, asumió la investigación por el asesinato de mi esposo y empezó sus pesquisas viajando con frecuencia a Medellín. Cuando encontró serios indicios de quién era el responsable y sus secuaces, fue asesinado en Bogotá. Ese día, al conocer la noticia, fui corriendo al periódico y me encontré con uno de mis hijos en la oficina que había sido la de Guillermo y nadie había querido ocupar desde su asesinato.

(Lea:Piden versión en el caso de Guillermo Cano)

Me abrazó fuertemente. Él no llora nunca y yo me contuve como pude porque sus palabras fueron: “Mamá, nos van a matar a todos”. Desde ese momento, la familia tomó la decisión de que ningún abogado representaría nuestros intereses. No podíamos ser responsables de una muerte más. 

Meses más tarde, mis dos hijos mayores, que ocupaban la dirección de El Espectador, y sus familias, con mis pequeños nietos, tuvieron que salir hacia España al exilio donde los acogió mi familia catalana. Los medios de comunicación españoles que han debido brindarles acogida, no lo hicieron. ¿También tenían miedo?

Pocos meses después, asesinaron al magistrado del Tribunal Superior de Bogotá, Carlos Ernesto Valencia García, quien había confirmado la vinculación de Pablo Escobar y los suyos en el crimen de Guillermo Cano. En esa ocasión, le escribí una carta a su viuda, que fue publicada en primera página del periódico. En una parte decía así: “Conozco su tristeza y la comparto y quisiera decirle que el sacrificio de su esposo no será en vano como me dijeron a mi tantas veces y como lo creí al principio, consolando mi pena  y aceptando que era por el bien de todos, pero, me callo porque ahora se que nada de eso es verdad”.

En diciembre de 1992, asesinaron a Rocío Perez Velez, quien tenía en su despacho el caso de Guillermo Cano.

Como consecuencia de sus investigaciones tuvo que salir del país la abogada Consuelo Sánchez Durán.

Lea: La arremetida contra la justicia

1989 fue otro año funesto para Colombia. Pedí ayuda al presidente de la República, al comandante del Ejército, al general Maza Márquez y al embajador de Estados Unidos en Colombia para protección de mis hijos, si volvían a Colombia.  Pero no me dieron mayor esperanza. Me sentí agobiada. Ninguno de ellos habló del peligro que todavía corría la familia. La bomba en contra de El Espectador explotó pocos días después de estas visitas y por eso los invité a ver el estrago. ¿No corríamos peligro?

Todavía me pregunto por qué mataron a todos los que estaban averiguando quién era el culpable. ¿Acaso había otros diferentes a Escobar? Eso es lo que ha debido indagar la justicia colombiana y lo que todavía queremos saber.

Durante todos estos años nos ha faltado la solidaridad de los distintos gobiernos e incluso la de los medios de comunicación, quienes se han dedicado a lamentar el caso pero no a pedir que se resuelva. Fue sorpresivo para la familia darnos cuenta de que  la CIDH nunca nos informó sobre el trabajo que desarrollaba en el caso de Guillermo. Tampoco nos explicaron de qué se trataba el informe final del caso ni por qué nunca nos llamaron a participara de él. 

La solidaridad, en cambio, la encontramos en el exterior y muy destacadamente en la Unesco, cuyo principal premio sobre la libertad de prensa lleva el nombre de Guillermo Cano. El 3 de mayo de cada año se reúnen centenares de periodistas de todo el mundo, se recuerda su nombre y el de lo valientes que han defendido la libertad de expresión en el lugar donde ejercen su profesión. 

Ojalá en esta ocasión ustedes, honorables miembros de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos tengan en cuenta el trasfondo del asesinato de Guillermo Cano. No basta con que se abra el tema de las recomendaciones. Por todo lo que acabo de mencionar, esperaría de ustedes un informe de fondo que nos dé, así sea un poco, la tranquilidad que merecemos.

Quiero pensar que en esta ocasión, ustedes ayudarán a encontrar la solución a nuestras inquietudes. Aquí estamos cuatro generaciones de la familia pendientes de su respuesta”, Ana María Busquets de Cano.

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Redacción Judicial

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