Reapareció el estafador colombiano más buscado

Juan Carlos Guzmán Betancur, un joven colombiano que en 1993 fue noticia por viajar de Bogotá a Miami escondido en el tren de aterrizaje de un avión.

“Nunca robé un millón y medio de dólares sino más de dos millones, sin usar un arma, sin lastimar a alguien”, dice Guzmán. / Archivo particular

La primera vez que vi a Juan Carlos Guzmán Betancur (Colombia, 1976) fue durante una atípica mañana soleada en Bogotá, en abril de 2012. Hacía sólo un par de meses que él había salido de una prisión cercana a Las Vegas y viajado a Colombia por cuenta y gusto propios para encargarse de una serie de “asuntos personales”.

Aquella mañana era la fecha pactada por ambos para conocernos en persona. Habíamos acordado la cita para compartir un desayuno y hablar sobre una serie de entrevistas que había querido darme en exclusiva. El asunto me produjo cierta ansiedad.

Todo se había iniciado unos días atrás con un llamada anónima a mi teléfono celular. Al otro lado de la línea, una mujer me dijo que “él” quería hablar conmigo. Cuando pregunté quién era “él” me respondió que Guzmán Betancur. Me pareció un absurdo. Hacía sólo ocho meses que la editorial Penguin Random House había publicado mi libro El suplantador, acerca de la vida de Juan Carlos, pero durante el tiempo que me tomó la investigación y la escritura, él se negó a concederme una entrevista. De modo tal que debí arreglármelas para sacar el libro con testimonios de los policías que lo persiguieron, gente que lo conoció y recortes de prensa.

Por eso cuando la mujer me dijo que Juan Carlos buscaba contactarme, no me lo creí. No fue sino hasta cuando él mismo se puso al habla que pude darme cuenta de que era verdad. Y entonces me quedé de una pieza. “Usted nunca ha querido hablar con la prensa —le dije—. ¿Qué razón hay para que quiera hacerlo ahora?”. Me respondió que había sabido de El suplantador mientras estaba en prisión y que luego, tras haber recuperado la libertad, estaba dispuesto a hablar. Acordamos vernos en un restaurante del norte de Bogotá para compartir aquel desayuno.

Juan Carlos llegó a la cita a las ocho de la mañana, vestido con una camisa color rosa cuyas faldas mantenía por fuera de su blue jean. Lucía zapatillas Converse blancas y lentes oscuros. Lo pude ver bien desde la mesa que un par de minutos antes había apartado. Llevaba el cabello alborotado, casi hasta los hombros, y cargaba un discreto pero elaborado morral Luis Vuiton en el que guardaba su portátil. Pese a su informalidad, denotaba un porte narcisista e imponente —rematado por su metro con 84 de estatura— y una personalidad arrolladora.

Para muchos, Juan Carlos es la encarnación moderna de Frank William Abagnale Jr., el sujeto que inspiró la película Atrápame si puedes (2002). Durante años fue uno de los estafadores más buscados por la policía en medio mundo, un políglota surgido de la nada pero lo suficientemente hábil como para engañar en algunos de los hoteles más lujosos de América y Europa haciéndose pasar por cualquier turista acaudalado, un parapeto con el cual entraba a las suites y sacaba de ellas dinero en efectivo, tarjetas de crédito, joyas, relojes exclusivos y ropas de diseñador. De esa forma logró forrarse los bolsillos con más de un millón y medio de dólares antes de cumplir los 30 años (hoy tiene 38).

“¿Quieres que te diga una cosa?”, me pregunta con picardía Juan Carlos, quien nació en un hogar pobre en Roldanillo, en el Valle del Cauca. “La verdad es que nunca robé un millón y medio de dólares. Eso es cuento de la policía. Realmente fueron más de dos millones de dólares. Muchísimo más. Y lo hice sin usar siquiera un arma, sin lastimar a alguien”.

Aquella revelación fue el abrebocas de otros tantos secretos que más tarde me dejaría conocer, como que es un comprador compulsivo, que le encanta viajar en primera clase y que conoce 59 países, aunque —asegura— solamente ha robado en EE.UU., Francia, Reino Unido e Irlanda. Para las autoridades, el listado es más amplio aún.

Después de aquel encuentro me vi con Juan Carlos unas veinte veces más durante mayo de 2012. Fue así para poder sacar adelante las tres horas diarias de entrevistas que convenimos, lograr una radiografía de su vida y plasmarla en un nuevo libro que hoy se llama Alias (Penguin Random House, 2014), el cual cuenta con testimonios exclusivos de su parte y de otras fuentes, algunas de las cuales respaldan sus historias y otras las refutan.

La BBC Mundo asegura que su historia es de película. Y con razón. Aunque sólo pudo terminar la secundaria mientras estaba preso en EE.UU., la facilidad para aprender idiomas le ha abierto —literalmente— muchas puertas.

“En realidad, domino siete idiomas, unos mejor que otros —señala con marcada suficiencia—. Hablo inglés, francés, italiano, portugués, árabe, alemán y ruso, aparte del castellano y el catalán. Algunos los aprendí en la cárcel (como el inglés) y otros, viajando. He pasado varios años en prisión por cuestiones de mi trabajo, pero cuando viajo me hospedo en hostales tipo Bed & Breakfast, los cuales funcionan como una escuela de idiomas por la cantidad de gente tan diversa con la que se comparte en ellos”.

El nombre de Juan Carlos saltó al coso público luego de que en la madrugada del 2 de junio de 1993 el dependiente de una aerolínea lo encontrara tendido en una de las plataformas del Aeropuerto Internacional de Miami, ungido en aceite, inconsciente y con hipotermia. Juan Carlos asegura que viajó dentro del tren de aterrizaje de un avión de la ahora extinta aerolínea colombiana Arca. Sin embargo, la versión ha sido cuestionada por quienes sostienen que aquel viaje habría sido imposible y que, en cambio, debió viajar en la bodega del avión con la complicidad de alguien.

Pese a que en ese entonces fue “adoptado” por una familia de colombianos residente en Miami, las mentiras descubiertas por las autoridades (como que decía ser huérfano, tener 14 años y no casi 17 y que se llamaba Guillermo Rosales), así como algunos robos menores que habría cometido en un hotel de Miami Beach, llevaron a que fuera expulsado del país.

Hoy en día Juan Carlos cuenta con al menos cien pasaportes con identidades diferentes y una veintena de alias registrados por Interpol, entre ellos Gonzalo Vives Zapater, David Iglesias Vieito, Jordi Ejarque Rodríguez, César Ortigosa Vera, Denis Vladmirovich Kiselev, David Soriano Martínez y Alejandro Cuenca, sólo por citar unos cuantos.

Agrega que mientras los pasaportes reales los usa para viajar entre países, los falsos los muestra en almacenes cuando así se lo piden al momento de pagar altas sumas con tarjetas de crédito robadas. Las cosas cambian de tono cuando le pregunto cómo llegó a convertirse en estafador. “Eso es falso. Yo no soy estafador”, alega. “Si así fuera estaría pudriéndome en una celda, como Bernard Madoff”. Explica que las veces que lo han atrapado le han imputado cargos de robo con allanamiento de morada, nunca estafa, lo que se traduce en el pago de fianzas menores y, como mucho, algunas penas cortas en prisión.

“¿Cómo es eso?”, le pregunto. “Claro —dice—. Yo solicito la llave al staff del hotel. Ellos son quienes me dan una original y después suben hasta la suite en la que me encuentro creyendo que soy el huésped, les pido que me desbloqueen la cajilla de seguridad y así lo hacen. Así que, visto de esa forma, yo no fuerzo ni la puerta, ni la cajilla, ni la ventana, ni nada. Ellos mismos los abren”.

Juan Carlos asegura que nunca ha robado a familias de clase media ni a pensionados que ahorran para costearse unas vacaciones, sólo a aquellos sujetos que pueden pagar una suite desde 2.000 dólares la noche. Y destaca que a lo largo de su carrera criminal ha trabajado solo, como medida de precaución. Aquello le sirve no sólo para cuidarse la espalda de algún chivato, sino también para desconcertar a las autoridades.

En el círculo de policías y detectives internacionales su nombre hace encender todas las alarmas. Hay antecedentes de sobra para que eso ocurra. Uno de los casos más sonados ocurrió en 2003, luego de que entró a una de las suites del Four Seasons y se hizo con 280.000 dólares de un acaudalado turista inglés y su familia. El caso fue seguido de cerca por el entonces detective Kirk Sullivan, de la División de Crímenes Hoteleros de la policía. Aunque Sullivan le siguió el rastro por medio mundo, nunca pudo atraparlo por su propia cuenta.

Ciertamente no son pocos quienes han estado detrás de él durante los últimos veinte años, tiempo durante el cual —se rumora— también habría robado en México, Venezuela, Rusia, Japón, Tailandia y Canadá, países de los que entra y sale como cualquier paisano, con ayuda de sus pasaportes. Sin embargo, después de una larga temporada de actuaciones, varias de sus correrías tocaron freno en diciembre de 2004, cuando fue capturado en Londres por los detectives Andy Swindells y Christian Plowman, de Scotland Yard.

Esa vez fue hallado culpable de robo y encerrado en una prisión abierta en la isla de Sheppey (cercana a Londres), pero cuando llevaba cerca de dos meses del total de la condena de tres años, escapó. Aprovechó una licencia médica para ir al dentista, abordó un tren y nunca más regresó. Un par de semanas después de que su foto apareciera en la televisión y en los diarios ingleses, fue atrapado por otro policía en Dublín, a donde llegó con uno de sus tantos pasaportes.

Si bien la vida de Juan Carlos no ha sido un camino de rosas, pues ha debido pagar con prisión la mayoría de sus robos, asegura que con todo el dinero que se ha hecho logró comprar una casa en Bulgaria, otra en Omán y tres más en países diferentes, así como un automóvil BMW 745. Agrega que todo aquello lo tiene registrado con identidades distintas, por lo que no es fácil certificar su propiedad. ¿Quién sabe? A juicio de las autoridades, se trata de un mitómano consumado.

Sea como fuere, lo cierto es que para el tiempo en que se decidió a contarme su historia, Juan Carlos Guzmán Betancur estaba prácticamente limpio con la ley. Niega deberles algo a la justicia británica, después de haber escapado de prisión en 2005, y a la de Suiza, donde se lo acusa de haber robado miles de dólares de un lujoso hotel en Ginebra. Eso —dice— son inventos de los policías. “Hasta ahora toda mi vida ha sido contada por terceros, ha llegado el momento de que yo mismo cuente las cosas como son”.

Las últimas dos mañanas de la serie de entrevistas con Juan Carlos se reservaron para la sesión de fotografías. Me pide que le envíe copias de ellas a su correo y asegura que mantendremos el contacto. Una semana después le escribí para enviárselas, pero Juan Carlos nunca más volvió a aparecer.