Rosa María Serna no ha logrado encontrar a su esposo

Rosa María Serna no ha parado un solo día de buscar a su esposo Julio Molina, quien desapareció en 1995. La Comisión de Derechos Humanos de la ONU reconoció su caso y le ordenó al Estado colombiano a que adelante una investigación para encontrar a su ser querido. Todavía no sabe nada de él. Este es su relato.

La familia de Julio Molina y Rosa María Serna. / Cortesía

“Explicarles a tres niños por qué a su papá lo desaparecieron no ha sido fácil. A pesar de que han pasado más de 20 años, yo no he completado esa tarea. No es fácil. La menor de nuestros hijos tenía 9 años cuando su papá no llegó en marzo de 1995. Ella pensó que lo habían secuestrado y sufría mucho porque decía que él tenía hambre y frío o que se estaba mojando. Nosotras al comienzo tampoco supimos que le había pasado. Mi esposo, Julio Molina, había salido para Puerto Triunfo (Antioquia) con un amigo, Guillermo Anzola, para hacer un mandado. Salieron el 5 de marzo del 95 y regresarían dos días después.

La esposa del señor Anzola, Luz Elena Úsuga, me llamó el día que debían regresar un poco preocupada porque no sabía nada de ellos. A mí Julio me había llamado por la mañana a pedirme que le guardara almuerzo, pues tenía pensado llegar a la casa a la 1 de la tarde. Pero a las 3 ya me preocupé. Empezamos a llamarnos entre Luz Elena y yo. Nada. Preguntamos en todas partes: en la terminal de transportes, en los hospitales, en la Policía. Nadie sabía nada. Esa noche fue horrible y no dormimos nada. Los días que se vinieron fueron todavía peor. Unos días después de su desaparición, conseguimos la plata para contratar una camioneta para irnos a buscarlos por la carretera por donde se suponía que debían regresar.

Nos deteníamos todo el tiempo a preguntarle a cualquier persona si sabía algo. Paramos en todos los hospitales, cementerios y hasta barrancos buscándolos. Nadie los vio. A los 15 días, volvimos a viajar. Encontramos el carro en donde estaban ellos pero estaba vacío. En esa vuelta nos amenazaron por primera vez. Nos dijeron que cualquier persona que preguntara por un desaparecido inmediatamente se volvía en un sospechoso. Nos fuimos de allá. Volvimos y pusimos el denuncio y tocamos puertas en la Defensoría, Personería, Policía, mejor dicho, en todo lado. Inclusive, les escribimos cartas al presidente y al fiscal. No se quedó nada por hacer.

Pero nadie nos daba ninguna información. Nosotras no sabíamos que más hacer porque hasta que esta tragedia no le toca a uno, no se tiene claro lo que se siente. A los 20 días de desaparecidos, nos contaron que en Asfaddes nos podía ayudar. Y así empezó la lucha judicial.  Este año por fin tuvimos la primera respuesta. La dio la ONU, que dijo que el Estado ha violado todos nuestros derechos y le dio un plazo de 180 días al Gobierno para dar una respuesta oficial sobre cómo se ha tratado el tema. Esta es la hora y ni siquiera nos han llamado a preguntar. Estamos esperando que alguien se pronuncie. Ese silencio es una de las partes más dolorosas de esta situación. Es sentir esa indiferencia tan atroz que hay en el país. Eso es muy duro.

Atando cabos para saber qué le pasó a mi esposo Julio, uno sabía que por esa zona había paramilitares que estaban a cargo de Ramón Isaza. Por eso no hay mucho qué pensar sobre lo que les pasó. Uno sabe que por esa época estaban desapareciendo a la gente por el río Magdalena. Ramón Isaza dice que él no sabe nada de fosas comunes. Pero yo creo que el Magdalena Medio es una inmensa fosa común. No me gusta saber que ellos pudieron correr esa mala suerte. Como es tan grande esa fosa, uno pierde las esperanzas de encontrarlo con vida. De pronto si Isaza dijera algo sería más fácil. Pero no.

En la familia no se habla de este tema pues es muy doloroso. Mis hijos entienden que se lo llevaron, pero cuando yo les traté de explicar que es probable que él este muerto, uno de mis hijos mayores me preguntó que si yo lo había visto o que si tenía su cadáver. Es muy difícil entender que una persona está muerta si no se le hace un entierro y no se lo ve dentro de un ataúd. Si supiéramos dónde está y recuperáramos sus restos, este proceso sería un poco más fácil. Este es un dolor muy intenso.

Aunque yo tengo pocas esperanzas de encontrarlo, lo sigo buscando porque uno no termina de entender en dónde está y qué hicieron con él. No ha pasado ni un solo día en estos 21 años en que no lo busque. Siento que si uno visibiliza lo que nos pasó, ya no va a pasar más esta tragedia en nuestro país. Esa es mi esperanza”.