Rosa Rodríguez, la mamá que buscó a su hijo en el río

Al hijo de Rosa Rodríguez lo desaparecieron los hombres de alias "Botalón" por su orientación sexual. Su cuerpo, que cayó al río Magdalena, aún no ha sido encontrado.

Las violaciones de los derechos de la comunidad Lgbt fueron una constante en la guerra. /Foto: Cristian garavito.

“Desde que él era bebé supe que mi niño era distinto. Cuando yo estaba embarazada todo el mundo me decía que yo iba a tener era una niña, que tenía puro estómago de estar esperando una niña. Pero nació y fue niño. Yo le pregunté al doctor y él me dijo que el niño tenía como más hormonas de mujer que de hombre. 

En la guardería le pusieron el sobrenombre de Mama mía, porque cuando yo me venía para la casa y lo dejaba allá con su hermanito menor, él comenzaba a llorar y a decir: “¡Ay, mamá mía, no me dejes solo aquí!”. Nosotros siempre tuvimos una relación muy cercana, su amor a mí le puso el apodo que llevó hasta el día que los paramilitares lo desaparecieron.

A los seis añitos, la señora que me lo cuidaba lo encontró vestido con un vestido mío y pintorreteado con el maquillaje. Él se puso bravo con la señora y cuando yo llegué de trabajar me dijo: ‘Mamá, la señora me regañó porque me vio puesto un vestido suyo’ y yo le dije: ‘Papi, es que los niños no se ponen vestido, los niños se ponen pantalonetas y camisetas; y las niñas si se ponen vestidos y se pintan cuando están más grandecitas’. Pero él me dijo que no, que a él le gustaba.

Era muy inteligente pero solo hizo hasta quinto de primaria, porque cuando yo le pregunté si quería seguir estudiando me dijo: ‘No, para qué, si mi mami no tiene para darme el estudio’. Ahí se puso a trabajar pelando cebollas en un supermercado y le pagaban con comida que traía para la casa. Yo en esa época estaba muy enferma y por eso él me ayudó tanto. Trabajé en casas de familia lavando loza, en mercados, vendiendo boletas. 

A los 13 años, después de que la dueña de la panadería donde trabajaba le encontró un cuaderno lleno de cartas para hombres, yo hablé con él y le dije: ‘Bueno, papi, dígame la verdad: a usted no le gustan las mujeres, ¿qué quiere de su vida?’. Y él me respondió: No, mami, a mí no me gustan las niñas, yo no quiero tener novia. A mí me gustan son los niños’. Yo le dije que eso era cosa de él. Siguió la vida normal y ya como a los 16 años él se destapó verdaderamente. Fue por esa época que él decidió irse de la casa. 

Se fue a vivir con otro muchacho. Que yo sepa, eran solo amigos, a pesar de que a su compañero, Carlos, le gustaban los hombres y las mujeres. Mi hijo me empezó a ayudar con la venta de los buñuelos y las empanadas y los tamales. Salíamos los tres a vender tamales y productos de los catálogos en las revistas. Así fue que se conoció con unas amigas de un prostíbulo. Ellas le dieron trabajo, él comenzó lavándoles la ropa a las muchachas y luego se convirtió en el administrador del bar. 

A él le tuvieron esa confianza porque yo siempre le enseñé la honradez, por eso es mentira que vendía drogas, como dijeron los paramilitares que se me lo llevaron. Él siempre venía a la casa y me preguntaba si ya habían llegado los recibos de los servicios, y él iba y me los pagaba. También me ayudaba con la comida, y cuando yo hacía ventas de tamales o de lo que fuera, él le ofrecía a las muchachas y les decía que me ayudaran. 

Luego fue cuando llegaron los paramilitares y me lo desaparecieron. Fue en la madrugada del 13 de enero de 2002. A él lo sacaron de la cantina en la que trabajaba, eso fue lo que dijeron los paramilitares en la versión libre: que se lo llevaron para matarlo, le dieron un tiro en la frente, lo picaron y lo echaron al río.

Cuando supe que se lo habían llevado yo fui a hablar con Botalón, el comandante paramilitar de la región. Le pregunté por mi muchacho y él me dijo que no sabía nada. Después yo me fui con mi hijo menor a buscarlo, fuimos hasta el río porque sabíamos que allá echaban a la gente que mataban y desaparecían. Allá encontramos muchos cuerpos y también partes de cuerpos. Yo vi una pierna y dije: esta es la pierna de mi muchacho. Pero mi hijo menor me dijo que no, que dejara así. Como no encontramos nada nos fuimos para la casa. 

Sin embargo, yo tenía la duda y me puse a detallar las poquitas fotos que tenía de Jorge Armando. Las veía y las repasaba, a él le gustaba mucho ponerse pantaloneta, no tanto pantalón. Después de mucho mirarlas, me di cuenta de que esa sí era la pierna de mi hijo. Pero cuando volví por ella, ya no estaba. El río se la había llevado. 

Mi vida ha sido un caos desde que murió un hijo. Ha cambiado mucho, incluso he tenido momentos en los que quiero morir, porque la verdad ese hijo era mucho para mí. Era un amor conmigo, él se sentaba a hablarme, si me veía mal me preguntaba. En las versiones libres supimos qué había pasado con él. Les dije a los paramilitares que ellos no eran dioses para haber matado a las personas en el modo en que las mataron. Y aún más: Dios nunca haría una cosa de esas, les dije. ‘Yo los perdono de boca, pero mi corazón no los perdona, porque es injusto lo que ustedes hicieron. Es injusto que hayan descuartizado a los muchachos y los hayan tirado al río’, les grité. Paz no hay y no va a haber mientras sigan matando y haciendo todas esas cosas. Nunca”.