12 de febrero: día mundial contra el reclutamiento forzado
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Testimonio de un sobreviviente al reclutamiento forzado en Sierra Leona

Ishmael Beah nació en este país africano y, siendo niño, fue reclutado para la guerra civil en los 90. Reconocido hoy como escritor, Beah estuvo en Colombia por invitación de la OIM y Unicef para hablarles a quienes estuvieron en su misma condición en la guerrilla. De su historia habló con El Espectador.

Ishmael Beah es embajador de buena voluntad de Unicef.Mauricio Alvarado - El Espectador

¿Qué suele decirles a niños y jóvenes que han sido llevados a la guerra?

Para empezar, me presento y les cuento del contexto de mi propio país (Sierra Leona). Fui un niño en la guerra, así que estoy familiarizado con lo que ellos han vivido. Es diferente en cada país, pero también hay similitudes. Generalmente, al explicar de dónde vengo, se forma una conexión. Es que yo no llego a decirle a nadie qué debe hacer, vengo a hablar de mi experiencia y de qué se puede hacer con ella; de la resiliencia que nos permitió sobrevivir; de cómo mantener la esperanza; de cómo abrirles los brazos a las oportunidades. Las realidades de la guerra ellos ya las conocen. Yo prefiero hablar de cómo renovarse a sí mismo.

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¿Cómo se mantiene la esperanza cuando se ha sido un niño que vivía bajo condiciones bastante difíciles (como violencia intrafamiliar, falta de acceso a la educación o residencia en una zona donde operan grupos armados) y luego fue arrastrado a la guerra?

Uno no la siente de inmediato, pero hay ciertas cosas que se pueden hacer en dirección de recuperarla. Para empezar, sacar a los niños y jóvenes del contexto violento. Uno tiene que aprender y soportar muchas cosas, tiene que aprender a confiar de nuevo en la gente, incluso aprender a gustar de sí mismo; son procesos y toman tiempo. El punto es que cuando uno viene de una situación así, si no siente esperanza, se vuelve cada vez más difícil hacer cualquier otra cosa. Y como uno ha visto tal nivel de violencia y ha salido de ese escenario, creo que el sentido de esperanza ya está implícito, uno ya sabe lo que es apreciar que llegue el siguiente día porque parecía imposible que llegara. La esperanza, además, aparece con cosas prácticas.

¿A qué se refiere?

Si mi casa fue destruida y yo anhelo reconstruirla, pero no tengo los recursos, esa esperanza va a morir pronto. Entonces, la pregunta es también: ¿qué ayuda psicosocial están recibiendo estos niños y jóvenes? ¿Tienen acceso a la educación? Todos estos elementos ayudan a consolidar la resiliencia y la esperanza. Me pasó a mí: si no hubiera salido de la guerra, si no hubiera recibido educación, si no hubiera descubierto que puedo escribir, si no hubiera descubierto mi pasión, me sentiría desesperado, que es precisamente lo que te lleva a la guerra.

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¿Qué nos recomienda para lograr que los exguerrilleros, que fueron reclutados cuando niños, sean parte de nuestra sociedad?

Aceptación. Eso se nota en la manera como se les trata. Cuando yo salí de la guerra, fui a vivir con mi tío en la capital (Freetown). Una vez la gente se enteraba de que yo había estado en la guerra, cambiaba su percepción sobre mí. Si algo pasaba en el barrio, era mi culpa, así yo hubiera estado a mil kilómetros de distancia. Si salía a caminar en las noches (lo hacía en busca de claridad), todos pensaban que estaba tramando algo malo. La expectativa es que, quien una vez hizo el mal, siempre lo hará. Si la comunidad no cambia esa percepción, lo más probable es que te vuelvas malo, porque te ven como el eterno niño que hizo parte de la guerra, no como alguien que está tratando de hacer algo más.

¿Cómo resolver esa diferencia de perspectivas?

Las comunidades necesitan tener un diálogo sobre este tipo de estigmatización, que puedan entender por qué esos niños terminaron en la guerra y cómo salieron de ella. Señalarlos como exintegrantes de grupos armados no le da contexto a su humanidad. “Son asesinos”, nos decían a nosotros (en Sierra Leona). Eso empezó a cambiar cuando en el país se empezó a dialogar sobre quiénes éramos. Yo, por ejemplo, tenía una familia, iba a nadar, jugaba fútbol, asistía al colegio y, de un día a otro, todo cambió. Lo perdí todo. Es importante que las comunidades conozcan ese trasfondo, y que se pregunten también cómo fue que los niños resultaron en ese contexto violento. Al tener estas conversaciones, la estigmatización puede terminar y la aceptación puede tener lugar. Haces que el niño sea útil para la comunidad.

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¿Cómo generar sensibilidad sobre este asunto en un país que considera un éxito militar la muerte de niños y adolescentes en un bombardeo a un grupo ilegal?

Ese es un problema cuando hay lugares donde se entiende la guerra como un negocio rentable, sobre todo si se tiene algún apoyo externo que pide que se deshagan de determinado grupo criminal. En Nigeria, por ejemplo, dado el interés de Estados Unidos, el Reino Unido y Francia de derrotar el terrorismo, cualquier grupo clasificado como tal, incluso si tienen niños con ellos, es bombardeado. Si eres terrorista, eres terrorista, incluso si tienes 5 años de edad. Esta mentalidad de negocio hace que, quienes toman las decisiones, piensen que esos bombardeos solucionan el problema. Pero no lo soluciona. Hay que ir a las causas estructurales. Bombardear no soluciona nada, haya o no niños presentes. Si se destruye a tu propia gente debes preguntarte: ¿quiénes son nuestros líderes? ¿Qué intereses llevan en su corazón? ¿Escuchan lo que queremos? Al empezar a contestar estas preguntas, de pronto se puede lograr un cambio de mentalidad en los políticos. Ellos quieren que la gente los quiera para permanecer en el poder. En los países donde ha habido niños involucrados en el conflicto suele pasar que es muy difícil hablar con los políticos. Es duro.

¿Qué similitudes ha encontrado en los países que ha conocido donde se ha padecido el reclutamiento forzado de niños y adolescentes?

Generalmente, en países donde se han conformado grupos ilegales, es porque el Estado le ha fallado a una parte de su población. La gente se siente olvidada, no hay buenas escuelas ni buenos trabajos, no hay conexión con el gobierno. Por ejemplo, en la República Centroafricana, su gobierno solo funciona en la capital. Todos los demás están olvidados. Lo mismo pasa en Nigeria, el norte está olvidado por completo. Son gobiernos negligentes frente a los servicios sociales que requiere la gente, frente a hacerlos sentir seres humanos y parte de la comunidad. Otra similitud es que, por lo general, la gente joven no tiene nada que hacer. Yo no tuve más opción, muchas veces se va a la guerra para proteger a la familia. También está la corrupción gubernamental, que causa el derrumbe de las instituciones. La gente siente esos vacíos.

¿Hay algo en el conflicto colombiano que le recuerde el de Sierra Leona?

(Lo piensa un momento) Hay algunas similitudes. En el contexto de Sierra Leona, me recuerda las primeras etapas de la guerra. La gente de la capital miraba a los demás por encima del hombro, pensando que los demás eran subdesarrollados, que no eran lo suficientemente educados o civilizados. En Sierra Leona había muchas armas y municiones, cuando la guerra estalló todo el mundo podía conseguirlas. Pero ambas guerras son muy diferentes. Las Farc comenzaron como un grupo con ideología política; en varios países africanos he visto que estalla la guerra sin que la gente sepa por qué está peleando, solo quiere pelear porque ya lo ha perdido todo.

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¿Se parece en algo la realidad de la guerra de Sierra Leona a la que retrató la película Diamantes de Sangre (protagonizada por Leonardo Di Caprio)?

No, no se parece. La autenticidad es muy importante en cualquier historia y, aunque a veces Hollywood tenga buenas intenciones, al hacer ciertos trabajos no consultan cómo vive la gente en terreno de verdad. Cuando vi la película, realmente quería que me gustara. Me sentía agradecido de alguien quisiera contar una historia de Sierra Leona. La persona que hizo la película hizo algo que nadie más había hecho y lo aplaudo por eso. Pero, en cuanto a detalles, estaba lejos. Ellos (en Hollywood) creen que África es un solo país, un país genérico lleno de sabanas (risas). No todos los países africanos tienen las mismas sabanas, ni los mismos animales y, además, están los estereotipos. No saben cómo pensar en nuestras vidas, no saben cómo contar nuestras historias y necesitan siempre un salvador. Más importante aún: un hombre blanco salvador de los Estados Unidos que dice: “Así van a ser salvados ustedes” (risas). En el caso de Diamantes de Sangre estaba Leonardo Di Caprio, gran actor, haciendo el papel de un ciudadano sudafricano que pasó toda la guerra de Sierra Leona con una pistola en su mano. Yo estuve en la guerra de Sierra Leona: no importa cuán buen soldado seas, no puedes sobrevivir con solo una pistola (risas). No permitieron la intervención de nadie, contaron la historia con la narrativa occidental. Ni siquiera se toman el tiempo de aprender sobre los idiomas de los lugares: en Diamantes de Sangre, se supone, hablan krio. Al oírlos hablar pensé: así no se habla el krio. Creo que ni siquiera recurrieron a asesores en idiomas porque asumieron que alguien como yo no vería la película. Seguro habrían hallado a alguien de Sierra Leona en Los Ángeles (donde está Hollywood), ¡probablemente ese alguien lo habría hecho gratis! Asimismo, la intervención del personaje secundario, el hombre de Sierra Leona (interpretado por el actor Djimon Hounsou) que trata de recuperar a su hijo… es como si no supiera andar por su propio país. Así es como se deshumaniza una historia.

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2020-02-11T16:44:48-05:00

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2020-02-11T21:25:07-05:00

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Diana Durán Núñez / @dicaduran

Judicial

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