La tragedia y el coraje de la familia Téllez

De cómo una emprendedora familia colombiana terminó arrasada por una asociación de violentos, y ahora reclama en vano al Estado que al menos reconozca sus omisiones.

 Daniel Eduardo Téllez, administrador de empresas que hoy lidera la brega de su familia por hacer justicia. / CORTESÍA
Daniel Eduardo Téllez, administrador de empresas que hoy lidera la brega de su familia por hacer justicia. / CORTESÍA

A mediados de 1996, José Antonio Téllez era un esforzado santandereano de 56 años realizado personal, familiar y profesionalmente. Tras una carrera militar a la que tuvo que desistir por salud a los 32 años, primero se dedicó al transporte público y después al negocio de la finca raíz con buen éxito. Constituyó un hogar con María Cristina Mejía y llegaron tres hijos. Hace 20 años vivían en una cómoda casa de campo en área rural de Piedecuesta.

En la primera semana de junio de aquel año entró a su casa la primera llamada telefónica amenazante. Un supuesto grupo guerrillero le exigía una millonaria suma como contribución al movimiento. Como exmilitar, de inmediato pidió protección al Ministerio de Defensa y a la Policía. No la obtuvo y por eso optó por alejar a sus tres hijos. Por una época se fueron a la Costa Atlántica, después a Estados Unidos. Nunca el Estado les brindó mínimo apoyo para defenderse.

Después de cuatro años de acoso y llamadas extorsivas, el 5 de julio de 2000 se cumplieron las amenazas. Hacia las 7:30 de la noche, cuando salía con dos amigos en un vehículo Mazda, a escasos metros de su casa, su hijo mayor Cristian Téllez fue interceptado por tres sujetos armados. En medio del forcejeo entre los victimarios que abordaron violentamente el vehículo y el joven decidido a no dejarse secuestrar, fue asesinado a balazos.

A pesar de la tragedia y, dos semanas después, el dolor de recibir el grado póstumo de Cristian como abogado, José Antonio Téllez se puso al frente del caso con una pista clave: los asesinos habían dejado un proveedor para pistola y un celular en el carro. El primer artefacto, con una cobra pintada, resultó forjado en una fábrica de armas hechizas situada frente al Sanandresito de Bucaramanga. El teléfono celular pertenecía a Hugo Téllez Cañavera, su propio sobrino.

Con base en esa devastadora pero confiable información, la Fiscalía ordenó varias interceptaciones telefónicas, grabó comprometedoras conversaciones y, en septiembre, ya había varios capturados. Por supuesto, Hugo Téllez, y otra sorpresa judicial, el soldado profesional Odazzil Camaño Villalobos, perteneciente al batallón de contraguerrilla Los Guanes. Esta unidad militar certificó que por esos días cumplía labores de inteligencia a órdenes de su comando.

La justicia aclaró que Hugo Téllez, asociado con el desmovilizado del Epl e informante del Ejército, Milán Nieto Carreño, el soldado Odazzil Camaño y dos paramilitares, habían fraguado el secuestro que terminó en asesinato. Entonces empezaron sus artimañas para enredar el expediente. Declaraciones falsas o inducidas, súbitas retractaciones, cuestionamientos a los testigos o invocación del principio de la duda razonable para tratar de desbaratar la investigación.

De forma paralela, arreciaron las amenazas contra el desprotegido José Antonio Téllez. Hasta que en la noche del 27 de abril de 2001, cuando ingresaban a su casa, sus hijos Daniel Eduardo y Raúl fueron blanco de un atentado. Con dos disparos en la cabeza, Raúl fue llevado de urgencia a la clínica Ardila Lülle, donde falleció el 1° de mayo. La familia asumió que fue la misma banda criminal, pero en esta ocasión las pesquisas no prosperaron y hoy el caso sigue impune.

Sin doblegarse ante los violentos, José Antonio Téllez persistió en su brega con la justicia y, además, demandó al Ministerio de Defensa y al Ejército. En esencia, reclamó que el Estado asumiera su responsabilidad por la dolosa actuación del soldado Odazzil Camaño, quien dos años después, en enero de 2004, fue condenado a 31 años de prisión por el crimen de Cristian Téllez. La Procuraduría también lo sancionó disciplinariamente.

No obstante, frente a todos los pronósticos, en septiembre de 2007, el Tribunal Administrativo de Santander negó la demanda acogiendo un peculiar argumento del Ministerio de Defensa: que el soldado Odazzil Camaño no estaba en ejercicio de sus funciones cuando participó en el asesinato, tampoco portaba prendas militares ni usó su arma de dotación, por lo que sus acciones no comprometían al Ejército. El Tribunal agregó otros razonamientos igual de polémicos.

Aseguró que si bien para julio de 2000 el soldado Camaño se encontraba asignado a labores de inteligencia, no quedó acreditado cuál era su misión. Por eso no era posible afirmar que el hecho fuera cometido en razón del servicio. Si Camaño tuvo otra motivación para delinquir, esa conducta no estaba vinculada con la entidad oficial, concluyó el fallo. Por minucias procesales, no se tuvieron en cuenta las pruebas obtenidas en el proceso penal y la sanción disciplinaria.

En medio del desconcierto de la familia Téllez, la decisión fue apelada. Sin embargo, cuando lo hizo ya cargaba con otro dolor. Un año antes, el 22 de junio de 2006, un cáncer en el hígado se llevó a José Antonio Téllez. “Al menos se ahorró la tristeza de constatar cómo las instituciones que siempre defendió -Ejército y justicia- no admitieron sus razones”, expresa su hijo Daniel, quien hoy persiste en la lucha por la memoria de su padre y hermanos.

En ese empeño llevó su pelea hasta el Consejo de Estado, esta vez con un largo prontuario de sanciones y antecedentes delictivos de Odazzil Camaño. Una condena a 19 años de prisión por un asesinato cometido en Cáchira (Norte de Santander) en 1991, y reportes de la Sijín y el DAS con sindicaciones penales por homicidio, porte ilegal de armas, paramilitarismo y concierto para delinquir. El 24 de junio de 2015, el alto tribunal ratificó la decisión de primera instancia.

El Consejo de Estado manifestó que si bien está probado que Camaño fue coautor del homicidio de Cristian Téllez, no se pudo establecer que lo hiciera como soldado o en cumplimiento de misión oficial. En cuanto a sus antecedentes, aunque avalados por fiscalías y juzgados de Bucaramanga, observó que son apenas anotaciones, y que la condena por el crimen de 1991 no cuenta porque cuando se dio en 2005 ya Camaño había sido retirado del Ejército.

Con los procesados libres o bajo la mampara de Justicia y Paz, al menos para precisar la responsabilidad del Estado la opción de la familia Téllez fue una tutela. Y esta vez María Cristina Mejía rompió su silencio y en 20 páginas añadió un desgarrador testimonio. “La familia ya no tiene un centavo, todo se fue en proteger lo único que ahora nos queda, la vida. Ya no somos empresarios, ya no somos pudientes, gracias al actuar delictivo y al Estado indolente y cobarde”.

“Este lastre de realidad me llevó al cáncer. Ya no tengo dos hijos, únicamente recuerdos”, agregó María Cristina Mejía recalcando su desaliento ante el hecho de que Camaño, con graves antecedentes, haya podido pertenecer al Ejército, protegido por sus superiores y hasta premiado enviándolo a un Cuerpo de Paz en Sinaí. “Sólo en la sabiduría de Dios podré encontrar sosiego. Aquí en la tierra llevamos 16 años esperando un desagravio del Estado”, concluyó.

El pasado 7 de abril, el Consejo de Estado declaró improcedente la tutela y reiteró que la certificación del Ejército de que Camaño estaba en labores de inteligencia en julio de 2000 no constituye prueba de responsabilidad del Estado y que tampoco el caso amerita ser evaluado excepcionalmente como tutela contra sentencias judiciales. En consecuencia, la única opción que ahora le queda a la familia Téllez es que la Corte Constitucional acoja el caso en revisión.

“Si en Colombia no hay justicia esperamos que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos nos la otorgue”, insiste Daniel Téllez. “Hay tres cosas que no pueden esconderse, la Luna, el Sol y la verdad”, agrega citando al escritor Hermann Hesse. Hoy sabe que un maridaje criminal de paramilitares, desmovilizados, un Judas de la familia y un miembro de inteligencia militar, truncaron la historia de su gente. Pero no se rinde, como no lo hizo su padre, ese es ahora su norte.

Temas relacionados