Un gesto de paz con factura

El alto consejero para la Gobernación de Norte de Santander le contó a este diario todo lo que tuvo que hacer su familia –incluido pagar– para que el Eln lo dejara en libertad. Pide protección y les envía un mensaje a los jóvenes que lo custodiaron.

Ramón Cabrales celebra estar de nuevo con su esposa Meliza y sus hijos Sarita y Manuel. / Cortesía de la familia

Cuando Ramón Cabrales recobró la libertad este miércoles santo, el ministro del Interior, Juan Fernando Cristo, fue de los primeros en celebrar la noticia. Su impacto en la agenda política del Gobierno, aseguró en medios de comunicación, era inminente: “El presidente Santos había exigido al Eln, para poder pensar en el inicio de una etapa formal de diálogos, la liberación del cabo Villar y Cabrales. Se han cumplido esas dos liberaciones (...) Con esta decisión política se abren las posibilidades de iniciar una etapa formal de negociación”.

La familia de Ramón Cabrales, alto consejero para la Gobernación de Norte de Santander, secuestrado el 3 de septiembre del año pasado, no podría estar más dichosa con su regreso. Ellos, sin embargo, se vieron obligados a pagar por su rescate. Lo que el ministro Cristo llama “decisión política” terminó siendo la exigencia de un canje de dinero a cambio de una vida. Cabrales habló de ese tema con El Espectador y dio detalles de cómo transcurrieron los 203 días de un encierro forzado en el que cumplió su cumpleaños número 40, el pasado 13 de febrero.

¿Qué ocurrió apenas lo plagiaron al salir de su finca en Ocaña?

Me dijeron: “Viejo, no se preocupe. A usted lo va a tener el Eln, ellos le van a respetar la vida”. Me permitieron hacer una llamada y yo llamé a mi mamá. Por ser funcionario de la Gobernación le dije a mi mamá que era un secuestro político y económico, creía que así podía darle más seguridad a mi vida. Pero a los quince días tuve una primera entrevista con un mando. El tipo me dijo: “Esto no es político, es económico”. No me dio la cara, estaba encapuchado. Ningún mando del Eln da la cara. Por eso, para mí, son cobardes.

¿Qué más le dijo?

Me aseguró que el Eln ya tenía claro cuánto iba a solicitar por mí. Yo le dije: “Mano, yo vivo de mi sueldo, pago arriendo, tengo deudas, vivo tapando un hueco con otro, brincando matones, como se dice“. El hombre me respondió: “Usted sólo sale con un rescate de US$3 millones”.

¡Casi $10.000 millones!

¡Por eso! Yo quedé desconcertado, aburrido. Pensé que lo hacía para asustarme. Le pedí que averiguaran nuestras declaraciones de renta. El tipo me dijo que iban a investigar, que en su organización tenía mucha gente para eso. Le hice una notica a mi familia y se fue. Era el 16 de septiembre. Luego me dio un virus, yo creo que fue el chikunguña. Orinaba sangre y me preocupé mucho, pensé que me iba a morir. Al hombre le avisaron que estaba enfermo y volvió, me dijo que estaban averiguando lo de mi familia, me dio unas pastillas y se fue.

¿Su familia pagó esa cantidad?

No. El 29 de noviembre apareció otro mando y me dijo: “Ya sabemos que, efectivamente, usted no tiene esa plata. Quizá US$3 millones es mucho: que sean $4.000 millones”. Yo les reclamé, si seguían manejando esas cifras nunca iba a salir libre. El guerrillero me dijo: “Hágale una notica a su familia. Que no se ilusionen con diálogos exploratorios”.

¿En esa época dónde lo mantenían?

Cuando comenzó el secuestro estuve en cuatro sitios donde había campesinos. Siempre estaba vigilado pero podía salir, tomar tinto, caminar alrededor. En esa zona del Catatumbo los pobladores tienen que acceder, no tienen más opción, allá la ley y el orden es la subversión. Hablo de una zona bastante pegada a Venezuela, alejada de cascos urbanos como Ocaña. La radio, cuando cogía señal, cogía más estaciones de Venezuela. Todo cambió el 14 de diciembre.

¿Qué pasó ese día?

Me encerraron, me quitaron el radio y me pusieron una cadena en el tobillo. Para comer sólo me daban una cuchara y le quitaron el palo a mi cepillo de dientes, todo para que no fuera a hacerme daño. Me quitaron el desodorante roll-on que porque decían que con la bolita podía ahogarme. A los muchachos, a mis carceleros, sólo les dejaban hablarme lo estrictamente necesario. Salía encadenado a hacer del cuerpo. Fue un período demasiado desgastante para mí, sentía que me iba a enloquecer. El 8 de enero me sacaron, supongo, porque así como iba me iba a morir.

En la prueba de supervivencia que se conoció en enero usted se veía mal, pero no así de mal.

Es porque ese video lo hicieron en octubre.

¿Por qué se conoció la prueba apenas en enero entonces?

Mi esposa y mi hermana, desesperadas, se lo filtraron a RCN. En diciembre un guerrillero había contactado a mi esposa y le había dicho que si quería otra prueba de supervivencia tenía que pagarle $100 millones. Mi esposa le dijo que no y el tipo le dijo: ‘Pues olvídese de la prueba y esto va para largo’. Ellos se enojaron muchísimo con la filtración. En enero yo estaba muy acabado, y como los medios empezaron a hablar más del tema, los elenos decidieron mejorar mis condiciones: ‘Hay que darle harina, avena, chocolate. Hay que hablarle’. Vieron que se les había pasado la mano. Y me hicieron un segundo video.

Ese video no se conoció.

Mi esposa lo vio hace quince días. Desde octubre yo no me afeitaba ni me cortaba el pelo, en enero ya ni podía fijar la mirada. Pesaba 97 kilos y ahí estaba en 65. Al verme así, mi esposa ya se desesperó del todo. Peleó con mi familia, el ministro (Juan Fernando) Cristo les había dicho que aguantaran, que no cedieran. Pero mi esposa les dijo: “Ramón se nos va a morir”.

¿Cómo se resolvió el asunto?

El 28 de enero apareció el mismo mando que me había dicho lo de los US$3 millones y me dijo: “Bueno, su familia cumplió parcialmente. El Eln, como muestra de que quiere contribuir al proceso, cedió. Ahora va a venir un padre con su esposa. Van para la casa cural de Teorama (Norte de Santander) y ahí esperan a la Defensoría del Pueblo. Sólo así van a Ocaña seguros, no sea que el Ejército los intercepte en la vía y los presente como falsos positivos. Hay gente que no quiere este proceso de paz”.

Cuánto descaro... ¿Qué concluye ahora que le tocó vivir este flagelo en carne propia?

Después de tres secuestros en mi familia desde el año 88 –un tío fue desaparecido y otro murió–, los Cabrales creíamos que ya habíamos cumplido con nuestra cuota. El secuestro es nocivo, daña la mente. Es muy penoso estar en cautiverio. Se irradia al círculo familiar y de amistades. Mi papá se enfermó; mi hijo Manuel me miraba con miedo el día que volví, quizá mi cara tan cambiada le impresionaba. Apenas ahora estoy dándome cuenta de cuánta gente apoyó a mi familia. No tengo cómo agradecerles a todos. Quisiera que el resultado final fuera más satisfactorio, que la lección ante tanta solidaridad fuera que el secuestro parara por completo.

Después de lo que vivió, ¿está de acuerdo con que el Gobierno y el Eln dialoguen?

Claro que sí. En mi caso, la presión sí sirvió porque se llegó a un acuerdo. Lo que me interesa es que no haya más secuestros. Ojalá este proceso tan cacareado ya pase a la siguiente fase. Si mi retención era un obstáculo para avanzar, pues ya estoy libre, que avancen. Yo no quiero darle una patada al proceso, sino contar con honestidad lo que me pasó. He tratado de ser prudente y no quiero problemas, pero uno debe tener dignidad, por lo menos. Además, en la medida en que se conocen las cosas, uno también se protege.

A propósito, ¿el Gobierno ya le ofreció protección?

Del Gobierno Nacional no sé ni siquiera qué es una llamada a preguntar cómo está mi mamá. Silencio absoluto. Me imagino que me tendrá que dar protección mientras decido qué hago con mi vida. Espero eso, por lo menos. Porque esa gente tiene una capacidad enorme de hacer daño y el Gobierno tiene una capacidad enorme de desentenderse.

¿Ha pensado en irse del país?

Mis hermanos me dicen que me vaya, que lo haga por mis hijos. Mis papás me dicen que primero mi salud, que debo hacerme un chequeo médico, que hable con psicólogos porque eso no hay que descartarlo, que sufrí mucho. Luego, estar unos días en familia y tomar una decisión con más tranquilidad.

¿Hubo algún intento de rescate armado?

Uno estando allá está resuelto a todo. ¡Que lleguen!, decía yo. Pero nunca pasó. Una vez vimos que había aviación militar. ¡Yo pensé que me estaban buscando a mí y estaban buscando a Megateo! (Se ríe). Es tanta la desesperanza que uno se aferra hasta a eso, a la idea de un rescate armado que puede salir muy mal, como ya ha ocurrido.

¿Cómo pasó su primera noche en libertad?

No dormí, seguí derecho con mi esposa Meliza. Los niños se durmieron y yo me quedé contemplándolos. Ella me mostró algunas cosas como videos de marchas que se hicieron por mí, recortes de periódicos, la portada que me dio El Espectador. Cuando nos dimos cuenta eran las 6 de la mañana.

Su papá estaba enfermo, pero su esposa y su mamá hicieron de todo por usted...

Yo sabía que contaba con dos mujeres que iban a dar la pelea por mí y la dieron. De Meliza, mi esposa, nunca dudé, pero me sorprendió. Entre más veo y más me cuentan, más me sorprendo. Creí que el líder de la casa era yo, pero veo que es ella.

¿Le envía algún mensaje a alguien?

Quisiera enviarles un mensaje a los combatientes del Eln que me custodiaron: hombre, tengan un sueño más allá de esta guerra. Ojalá haya un proceso de desmovilización, pero que no los coja sin algo en mente sobre qué hacer con sus vidas.

¿Quiénes eran?

M tenía 18 años; L, 21 años; A, 22 años y E, 25 años. Eran muchachos de perfil similar: jóvenes, campesinos, humildes, casi todos víctimas o hijos de víctimas del conflicto. Contra ellos no hay ningún resentimiento, porque también estaban secuestrados conmigo.

¿Y a los jefes del Eln les dice algo?

A ellos, los responsables, que ojalá el pueblo con esas manifestaciones de rechazo masivo a ese tipo de prácticas no las vuelvan a hacer con ningún colombiano, ni rico, ni pobre, ni militar, ni civil. Ya llegó la hora de que se inicie ese proceso. Nada justifica que no empiece. Ojalá se aprenda de los errores cometidos. Que vean que la demora los perjudica y uno lo nota por lo que dice la gente. La imagen del presidente está por el piso. La gente no le cree a La Habana, algo está pasando.