Un huérfano que sólo sabe sonreír

A los padres de Luis Arley Rojas los mató la guerrilla por creerlos auxiliadores de las Auc. Hoy, exguerrilleros admiten que fue un error.

El crimen

“¿Usted mató a esas personas?”, le preguntó la fiscal. “Sí”, respondió el exguerrillero, así, a secas. “Usted les disparó?”. Otro “sí” solitario retumbó en la sala de Justicia y Paz. “¿Con qué?”, inquirió la funcionaria. “Con una Pietro Beretta calibre 9 mm”, escupió sin detenerse a pensar, con la rapidez de un jugador de un programa de concursos. “¿Los torturaron?”. “No”. “¿Y el niño? ¿Qué pasó con el niño?”, señaló la fiscal Deisy Jaramillo. “El niño como que se había quedado dormido”, contestó el desmovilizado José Cristo, quien fuera conocido en la guerrilla como Bola’e mugre. Y agregó: “Después me enteré que permaneció al lado de los muertos”.

Luis Arley Rojas Sánchez tenía entonces 4 años de edad. Tal como lo relató José Cristo, el niño se despertó de su siesta para hallar a sus padres Luis Alejandro y María Rosa, cuidadores de una finca en la vereda Marcha (La Palma), víctimas de unos guerrilleros que los señalaban de colaborar con los paramilitares. Era diciembre de 2002, época en la cual miembros de las autodefensas ya estaban en disputa con las Farc por el dominio de Cundinamarca. El niño aguantó dos semanas sin que nadie llegara en su auxilio, porque nadie sabía lo que había sucedido. A punta de papas crudas, zanahorias y panela, el pequeño logró paliar el hambre, hasta que un vecino, por casualidad, lo encontró. Los gallinazos que sobrevolaban el lugar fueron su primera pista.

Los asesinatos ocurrieron el domingo 15 de diciembre y el hombre rescató a Luis Arley el 28. El pequeño, que lloraba a todo pulmón y gritaba que lo sacaran de ahí, le pidió que por favor se llevara también su televisor y su grabadora, un regalo de sus padres. El hombre buscó a don Jaime, un conductor de la región que se ganaba la vida recogiendo a los habitantes de las veredas y llevándolas al casco municipal de La Palma y viceversa. Don Jaime, enterado de la tragedia, buscó en el pueblo a Alejandro Rojas, el abuelo de ‘Luchito’, como lo llama cariñosamente su familia. “Don Alejandro, le tengo malas noticias. A Luis Alejandro y a María Rosa los mataron”.

El viacrucis

Enterado de las muertes, don Alejandro Rojas corrió desesperado a alertar a su hija Doris, que vivía en Bogotá. Al siguiente día ella llegó a la casa de sus padres en La Palma. Su madre, María Elsa Cruz, estaba destrozada. Fue en ese momento que la anciana mujer empezó a mostrar síntomas del decaimiento que años más tarde la llevaría a la muerte. Camino a la finca, don Alejandro se encontró con el hombre que había cuidado de su nieto, quien le advirtió que lo que estaba a punto de ver rayaba en lo dantesco: a Luis Alejandro “ya se lo habían comido los pájaros” y a María Rosa la habían devorado los gallinazos “de la cintura para arriba”. Don Alejandro se devolvió a su casa, con el corazón por los suelos, a contarle a su familia. Él también comenzó a enfermarse.

Haciendo memoria, Doris señala que ni la Fiscalía ni la Policía quisieron ir por los cuerpos, porque en ese tiempo la zona era escenario de combates constantes entre guerrilleros y paramilitares. “Nos dieron seis bolsas de polietileno para echar los restos”. El sábado 4 de enero de 2003, a las 4:00 de la madrugada, salieron don Alejandro, Doris y un acompañante con una mula por los cadáveres. Estaban enredados en alambre. Don Alejandro intentó cortarlo con su machete, pero empezó a temblar y reventó en llanto: “No puedo, mija, no puedo”. El otro hombre dijo que le daba susto. Al final, fue Doris quien cogió el machete, cortó los alambres y metió las osamentas en las bolsas: “Más que ver a mi hermano así, me dolía ver cómo sufría papá”.

Enterraron a sus muertos el 5 de enero de 2003, día en que casualmente Danilo, el hijo mayor de la casa, cumplía su primer aniversario de fallecimiento. La salud de don Alejandro y su esposa María Elsa se derrumbó. La desdicha que había sembrado la violencia germinó en forma de enfermedades, principalmente del corazón, hasta que el 29 de octubre de 2008 la parca cubrió con su manto a la mujer y siete meses más tarde, también un 29, lo arrastró a él. Doris pidió la custodia de Luis Arley para llevárselo a Bogotá, pero el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar estuvo renuente: “Por mi trabajo, por la falta de marido, porque la casa era en arriendo. Pero yo le dije al director de Bienestar que yo sí iba a poder”. Bajo su tutela quedaron también su hermana menor, discapacitada mental, y el hijo de ésta.

El perdón

Al aceptar su responsabilidad en el crimen de los padres de Luis Arley, el exguerrillero José Cristo admitió también que este episodio nunca debió haber ocurrido. Quiere pedir perdón a la familia y la fiscal Jaramillo, aunque no quiere exponer al menor a esta clase de evento, sí quiere organizar un acto de reconciliación entre el desmovilizado y Doris. Luis Arley titubea cuando le preguntan si perdonaría en público a los asesinos de sus padres; no obstante, con plena convicción dice que los perdona: “Ellos también merecen una segunda oportunidad. Ya mis papás están muertos, así no los perdone no vuelven a vivir”. Esas son las palabras que salen de la boca del hoy adolescente de 14 años.

Luis Arley está a punto de comenzar 9° grado en un colegio distrital de Bogotá en el que, a pesar de algunos que se las dan de malandros, se siente contento. Prefiere las clases de informática a las de biología, monta bicicleta y patineta, y hace las veces de arquero cuando lo invitan a jugar fútbol, aunque no lo hace muy bien. Se ríe apenas confiesa que no es un guardameta talentoso. De hecho, se ríe por casi todo. Luis Arley carga a cuestas la tragedia de ser un huérfano más del conflicto, pero no sabe hacer algo distinto a mostrar su cálida sonrisa. Más impresionante aún, quiere estudiar criminalística, para ayudar a resolver las circunstancias en que la gente muere.

En la casa de su tía Doris, como dicen popularmente, no cabe una aguja. Localizada en el suroriente de Bogotá, sus dos pisos, cuatro cuartos y dos pequeñas cocinas albergan a 12 personas, incluidos hijos y nietos de Doris. A su cargo están su hermana, tres hijos, dos sobrinos y dos nietos. Los viste y los alimenta con las ganancias que le deja su negocio ambulante de tintos y aguas aromáticas, que vende frente a los juzgados de Paloquemao. A las 3:00 a.m. sale de su casa sagradamente, de lunes a sábado, y luego de un trayecto de media hora en bus llega a su puesto de trabajo a preparar las bebidas para tener todo listo a las 5:00 a.m. Si le va bien vende hasta $50 mil, si le va mal no hace más de $20 mil. Su marido la abandonó hace 14 años, así que es ella sola contra el mundo.

“A veces me da mucha tristeza, pero en sí vivo alegre”, dice Doris, cuya cara se nubla cuando manifiesta que le teme más que a nada a morir antes de tiempo, temor que se incrementó después de que le dio un dolor en el pecho tan fuerte que creyó que se infartaba. “Le pido a Dios que me cuide hasta que el último de mis muchachos se pueda valer por sí solo. Mi hija quiere ser chef; la otra, psicóloga; los niños hablan de ser conductores de tractomulas. Ojalá pudiera darles una casa, irme tranquila sabiendo que ellos, aun sin mí, tendrán un techo sobre sus cabezas. Una casa y que todos salgan para adelante: ese es mi sueño”.