¿Un inocente tras las rejas?

La increíble historia de un labriego que por sus apellidos fue confundido con un jefe paramilitar en Antioquia. Hoy purga una pena por el crimen de once miembros de una misma familia. La Corte Suprema de Justicia está revisando el caso.

Luis Felipe Vertel Urango tiene 51 años. En la imagen aparece junto a su hijo Jáder. / Archivo particular

En este país impune, al parecer, hay un inocente tras las rejas. Se llama Luis Felipe Vertel Urango, tiene 51 años y jura ser un simple jornalero. Sin embargo, tiene una condena a 40 años de prisión por haber instigado la muerte de once miembros de una misma familia –los Padilla– en los años 90. En la sentencia de junio de 2007 que lo declaró culpable por estos crímenes, perpetrados en Córdoba y Urabá –algunas víctimas fueron acribilladas, otras degolladas y el resto quemadas vivas en masacres distintas entre 1994 y 1997–, también fue sentenciado Fidel Castaño Gil. El propio Salvatore Mancuso confesó esa salvajada. Hasta hace muy poco, para la justicia no hubo duda alguna de que Vertel Urango era aliado del paramilitarismo. En el expediente se afirma que era vecino de los Padilla en San Pedro de Urabá (Antioquia) y que, para saldar una vieja enemistad, los acusó ante Mancuso y compañía de ser auxiliadores de la guerrilla. Ahí empezó el baño de sangre.

Luis Felipe Vertel Urango fue condenado como reo ausente, pues solo vino a ser capturado en Valencia (Córdoba) el 10 de febrero de 2015. Según él, ese día vino a enterarse de que le endilgaban ni más ni menos que el exterminio de una familia en el Urabá. De inmediato dijo ser inocente, señaló que probablemente lo habían confundido, insistió en que jamás había tenido líos con la justicia, que no tenía idea de quiénes eran los Padilla pues nunca fue su vecino, que solo era un labriego más y que la vida se la había ganado a punta de machete y azadón. ¿Es este hombre, que asegura hoy ser un campesino, el mismo que buscó a los “paras” para que exterminaran a los Padilla? ¿Aquel que, según las víctimas, era su vecino de finca en San Pedro de Urabá? ¿Es realmente Vertel Urango el ganadero resentido que había tenido problemas con esa familia por unas cercas corridas y unas vacas que desaparecieron? Todo parece indicar que no.

La historia

En la ya muy larga historia de la barbarie colombiana, el asesinato de once personas de una misma estirpe –incluida una niña de 9 años– merece capítulo aparte. Todo empezó el 29 de noviembre de 1994, cuando un centenar de hombres armados hasta los dientes llegaron a la finca Las Gardenias, en San Pedro de Urabá, de propiedad del patriarca de esa familia, Alejandro Padilla Guerra. Como no lo encontraron, se llevaron a tres de sus hijos: Valdemiro, Roberto y Estanislao, así como a un trabajador. La periodista Ginna Morelo, en su texto El exterminio de los Padilla, lo contó así de crudamente: “En los altos de las montañas de la Serranía de Abibe, casi llegando a la vereda Fabra, los amarraron, les cortaron la cabeza y dejaron los cuerpos a merced de los gallinazos”. Nueve días después volvieron los asesinos y se llevaron 500 vacas. El viejo Alejandro Padilla y su familia salieron despavoridos y se refugiaron en una vereda en San Pelayo (Córdoba). Quedaron arruinados.

Hasta allá llegaron las autodefensas el 19 de mayo de 1997 a las 10 de la noche. Esta vez sí lo mataron, junto a su esposa Evangelina, sus hijos Alejandro y Animadat, su nieta de 9 años Olfady y un cuñado del patriarca. Las balas atravesaron hasta la Biblia que leía a esa hora la matrona de la familia. Sofanor Padilla, su hijo, de nuevo llenó de denuncias a la Fiscalía, acusó a los “paras” del encarnizamiento y habló de un vecino con el que habían tenido problemas, que era conocido en Urabá como Lucho Vertel (¿o Bertel?). Poco después, Sofanor también fue acribillado. Otro de los sobrevivientes de los Padilla, Vladimiro, contó que Lucho tenía un hijo llamado Derbie y que ambos pertenecían a las autodefensas. Sobre la autoría del paramilitarismo no hay vacilación alguna. Pero la cosa empieza a enredarse con la identificación del vecino incómodo. ¿Era Lucho Vertel o Lucho Bertel? El CTI de la Fiscalía hizo un informe en donde “se individualizaron dos personas con el mismo nombre”.

Al final, gracias a la descripción de rasgos morfológicos entregados por las víctimas, a pesar de algunas contradicciones, la justicia le endilgó estos crímenes a Luis Felipe Vertel Urango. El nombre del otro sospechoso era Luis Gonzaga Bertel Durango. Tan solo una “b” y una “d” en sus apellidos los diferencian: Bertel o Vertel y Urango y Durango. ¿Cuál de los dos fue realmente el aliado de los “paras”? ¿Lucho Vertel o Lucho Bertel? Un enredo fonético que hoy despierta muchas dudas y que está ad portas de resolver la Corte Suprema de Justicia.

La inocencia

Jesús Ignacio Roldán, alias “Monoleche”, exjefe paramilitar, sería testigo clave en este caso. / Archivo

Alfredo Argumedo González es un prestante médico de Valencia (Córdoba) que está empeñado en probar el error de la justicia en este caso. Apenas se enteró de la captura de Luis Felipe Vertel Urango, comenzó a buscar las pruebas de su inocencia. Se conocieron desde niños porque su abuela Mercedes López también crio al labriego. Fue así como contactó al abogado William Francisco Quintero para que revisara el caso. Después de meses de escarbar el expediente y de encontrar inconsistencias por doquier, el abogado Quintero y la defensora pública Paola Petro de la Ossa llegaron a la misma conclusión: Vertel Urango es inocente. Sin embargo, aquella convicción resultaba insuficiente para reabrir el expediente. Tenían que conseguir nuevas pruebas. Buscaron a los Padilla. Muchos siguen escondidos, con miedo. Los fantasmas de la muerte los siguen rondando. Hasta que apareció Virginia Padilla Guerra, hermana del viejo Alejandro, el patriarca.

El abogado Quintero y el médico Argumedo la convencieron del yerro de la justicia y organizaron un encuentro con Vertel Urango en la cárcel Las Mercedes de Montería –donde purga su pena–. Al rompe, Virginia se percató del error, pues ella sí conoció al ganadero que le robó 20 reses a su hermano, el mismo con el que tuvo problemas en el pasado: Luis Gonzaga Bertel Durango, más conocido con el alias de El compadre o, simplemente, Lucho Bertel. Tras la constatación de la injusticia, en marzo de este año Virginia Padilla dio una declaración extrajuicio en la que sostuvo: “El señor a quien visité en la cárcel no es el autor de esos hechos delictuosos”. Tres meses después amplió su testimonio, dijo que vivió en la finca Las Gardenias y que fue vecina de Luis Gonzaga Bertel Durango, de quien supo militaba en las autodefensas. Y para no dejar dudas añadió: “Hago énfasis en que el apellido de este señor se escribe con B, y que su segundo apellido empieza con D. Allí radica la confusión”.

Con semejante evidencia, el abogado Quintero estaba seguro de que podía reabrir el caso. Pero se jugó una carta más, buscar al jefe paramilitar de la zona: Jesús Ignacio Roldán, alias Monoleche, el hombre de confianza de la casa Castaño y mandamás del Urabá. El 25 de julio pasado, Monoleche declaró bajo juramento ante la Notaría Primera de Montería: “Luis Felipe Vertel Urango nunca fue militante de las autodefensas. A este señor, con plena certeza, lo confunden al condenarlo por el delito de homicidio agravado y otros en la familia Padilla Ortega. En su lugar, el verdadero culpable es el señor Luis Gonzaga Bertel Durango, alias El compadre, que perteneció a las autodefensas en la zona de San Pedro de Urabá”. E insistió: “Fue él quien participó en los operativos para asesinar a la familia Padilla en su finca Las Gardenias”. Con una prueba más: Vertel Urango –hoy preso– no tiene un hijo llamado Derbie, sino Jáder, y no es paramilitar como se denunció.

Hace un mes, el abogado William Quintero interpuso una tutela ante la Corte Suprema de Justicia con el fin de reversar la condena contra su cliente. Y adjuntó todas estas evidencias. El caso fue admitido el pasado 8 de noviembre y le correspondió al magistrado de la Sala Penal Éyder Patiño. Todo parece indicar, como dice la primera línea de este texto, que hay un inocente tras las rejas.

“Monoleche”, el testigo

Jesús Ignacio Roldán Pérez, más conocido en el mundo del paramilitarismo como Monoleche, fue durante años el jefe de seguridad de los hermanos Carlos y Vicente Castaño Gil. Sin embargo, confesó ante la justicia que asesinó el 16 de abril de 2004 al máximo jefe de los “paras”, Carlos Castaño, y que lo hizo siguiendo instrucciones del hermano de este, Vicente.

Ingresó a las filas de las autodefensas en 1988, administró varias haciendas de la casa Castaño y, quizá como ninguno, fue el depositario de los secretos de ese clan criminal. Años después, en Justicia y Paz le contó al país cómo los ejércitos privados de los Castaño perpetraron crímenes en todo el país. Hoy es testigo clave para sacar a un inocente de la cárcel.