Venganza de 'Cuco' Vanoy

Enfurecido con un narco que le había incumplido, el jefe paramilitar ofreció $500 millones por su cabeza.

Ramiro ‘Cuco’ Vanoy (izquierda) y alias ‘Don Berna’ fueron extraditados a EE.UU. en 2008. / Archivo - El Espectador
Ramiro ‘Cuco’ Vanoy (izquierda) y alias ‘Don Berna’ fueron extraditados a EE.UU. en 2008. / Archivo - El Espectador

Los hombres del Pelotón Urbano Antiterrorismo, que comandaba el capitán Rogelio Echeverry Palacios, llamaron a la puerta del apartamento 916 de la torre 4 del conjunto Parques del Estadio de Medellín porque, así se había consignado en la orden de operación, allí se escondía Freddy Hernán Berrío Torres, un miliciano de las Farc conocido como El Marrano, y en ese lugar se estaba preparando un atentado en contra de la IV Brigada del Ejército. Tocaron, les abrió Berrío y él y sus tres acompañantes murieron en menos de lo que dura una canción. Ninguno recibió menos de ocho disparos.

Ese episodio ocurrió el 28 de febrero de 2004. La Fiscalía 9 especializada de esa ciudad indagó y archivó: la operación había sido legal. Pero la Fiscalía 15 de la Unidad de Justicia y Paz descifró que estos asesinatos no eran un capítulo aislado y que los muertos no eran sólo cuatro: eran el punto final de una cadena de crímenes cuyo origen era una reunión el 26 de junio de 2002 en Tarazá, en la que Freddy Berrío y su hermano Hugo, con el alcalde y el cura de ese municipio como garantes, le pidieron clemencia al temido jefe paramilitar Ramiro Cuco Vanoy y él se las concedió.

El pecado mortal de los Berrío había sido vender base de coca “pirateada”, escapando a los controles que Vanoy había impuesto desde su llegada al bajo Cauca en 1994. Era más rentable, pero en el bajo Cauca hasta las hojas tenían que pedirle permiso a Vanoy para caerse de los árboles. “Está bien, los perdono —dijo el comandante del bloque Mineros—, pero con una condición: ustedes me tienen que pagar $450 millones”. Freddy y Hugo Berrío, a regañadientes, aceptaron. Pero no acataron. Freddy empezó a vender sus propiedades, que incluían un supermercado, camiones y 70 cabinas telefónicas, y un día, simplemente, salieron del radar.

El 30 de noviembre de 2002 se vencía el plazo para que los Berrío cancelaran su deuda, y ese fue el día en que se cometió el primero de una cadena de cinco crímenes que dejó 11 muertos y culminó con la muerte de Freddy Berrío. Ese día Diego Barrientos, de 30 años, hombre de confianza de Berrío, y uno de sus conductores llamado Norbey Diosa Chica fueron interceptados en un parqueadero. En el acta de levantamiento 073 de la inspección de Policía de Tarazá quedó consignado que ambos presentaban signos de tortura y tenían las manos atadas sobre la cabeza. Fueron hallados en el kilómetro 106, en la vía que de Tarazá conduce a Medellín.

A la mañana siguiente Fabio León Gutiérrez, administrador de las cabinas telefónicas, llamó a Freddy Berrío desde la cafetería La Gran Esquina de Caucasia para contarle lo sucedido. “Salga ya para Medellín, hombre”, replicó el narcotraficante, pero Gutiérrez no tuvo tiempo: mientras pulsaba el botón de colgar el teléfono se dio cuenta de que habían venido por él. Lo obligaron a subirse a una camioneta y al otro día su cadáver apareció en el paraje Corrales Negros, entre Caucasia y Nechí. Su esposa se lo dijo a las autoridades, el culpable era Cuco Vanoy. Pero poco avanzó la investigación.

Dos días más tarde, 3 de diciembre de 2002 según el calendario, tuvo lugar el tercer crimen. Esa vez el turno fue para Hugo Berrío mientras se desplazaba por la variante de Bello a Barbosa en un Montero Mitsubishi plateado. Iba con el conductor Humberto de Jesús Mora Chavarría, porque él no sabía manejar, y en un puente que todos llaman Quebrada La García los encontraron los sicarios motorizados y los acribillaron. Hugo Berrío tenía 31 años. Después de este asesinato, Vanoy le envío un mensaje a Freddy Berrío: “Conmigo no se juega”. Y le puso precio a su cabeza: $500 millones.

Ignacio Roldán Pérez o Monoleche, el mismo que asesinó a Carlos Castaño por orden de su hermano Vicente Castaño, se ofreció a hacer el ‘trabajo’. Diego Fernando Murillo Bejarano, más conocido como Don Berna, puso la ‘Oficina de Envigado’ a disposición de Cuco. Freddy Hernán Berrío Torres era el hombre del bajo mundo más buscado en Medellín y él lo sabía, por eso buscó a guerrilleros del frente 18 de las Farc, esos que habían sido sus socios en Caucasia y Tarazá hasta que Ramiro Vanoy se volvió el amo y señor de esas tierras. Berrío envío guerrilleros a asesinar a Vanoy, pero los asesinados resultaron siendo ellos.

A partir de ese momento no hubo lugar en el que Berrío durmiera más de dos noches seguidas. Al final escogió el conjunto residencial Parques del Estadio como su escondite, porque estaba cerca de la IV Brigada del Ejército y allí, pensó, estaría seguro. En su nueva residencia recibió el 25 de febrero de 2003 —dos meses luego del homicidio de su hermano Hugo— a Wilson Alberto Agudelo y Edilson Lopera Manco. Agudelo era socio en el negocio del narcotráfico y, además, pariente político de Hugo Berrío. Lopera, alias Corozo, era un conductor al que llamaban de vez en cuando para hacer mandados. Ellos dos serían las próximas víctimas.

Al dejar el apartamento de Berrío caminaron hacia el parqueadero donde habían dejado el Montero blanco en que se movilizaban. Allí los abordaron unos supuestos integrantes del CTI de la Fiscalía que primero los requisaron. “Tienen que venir con nosotros”, dijeron acto seguido. Wilson Agudelo iba con su hijo menor, a quien le permitieron dejar en el parqueadero con el vigilante. Agudelo y Corozo fueron encontrados en el corregimiento de San Cristóbal y sus cuerpos delataban que habían sido atados de manos, torturados, golpeados en el cráneo y, finalmente, asfixiados.

Pero faltaba el ‘premio mayor’: Freddy Hernán Berrío Torres. Lo localizaron un año más tarde viviendo en el apartamento 916 de la torre 4 del conjunto Parques del Estadio. Para la justicia aún no es claro cómo fue que un capitán del Ejército, Rogelio Echeverry Palacios, terminó ejecutando a Berrío y a tres hombres que se encontraban con él. Lo que la Fiscalía ha podido establecer es que a Berrío lo registraron como a un guerrillero de las Farc conocido como El Marrano y que, poco después de su muerte, Don Berna recibió de manos de Cuco Vanoy los prometidos $500 millones.

Hace unas semanas, ante un magistrado de control de garantías de Medellín y en teleconferencia desde Estados Unidos, Ramiro Cuco Vanoy aceptó su responsabilidad en esta cadena de crímenes. El magistrado anunció que le enviaría una carta al procurador general preguntándole por qué un delegado de esa entidad tajantemente se había negado a revisar el expediente disciplinario que se había abierto a Echeverry y sus hombres. La fiscal 15 de Justicia y Paz necesitaba esperar a que Vanoy aceptara el delito para solicitar una acción de revisión sobre el proceso de los militares y así lo hizo. Es el turno del organismo para indagar cómo se manejó esa investigación y si acaso merece un nuevo destino.

En Twitter: @dicaduran