La víctima que ha huido por 17 años

Hasta hace tres días vivía en Bogotá, de donde salió a esconderse porque lo volvieron a amenazar.

En julio de 1997, un grupo de paramilitares perpetró una masacre en Mapiripán (Meta). /Archivo y José Álvarez cantando en la Plaza de Bolívar, el pasado 4 de marzo. /Cortesía Cajar

“Mire, si a mí no me han matado es porque Dios no ha dejado que me masacren. La muerte la he tenido tan cerca que le he sentido el frío y el aliento. Yo soy un tipo resistente, pero ahorita estoy desesperado, ahogado, la tristeza me gana. Desde 1997 he huido siempre con el temor de que me maten y eso no es vida. No más, no es justo”, contó José Álvarez, una de los 6’657.985 víctimas que, según la Unidad de Protección, ha dejado más de medio siglo de conflicto.

José dice tener 70 años, aunque su cédula indica que son 62, y lleva a cuestas la tristeza de no poder ver a sus hijos porque, según él, representa un peligro para ellos. “No los voy a poner en riesgo, debo estar lejos y no visitarlos. Andar solo para que a mi familia no le pase nada”, explica. A este campesino y cantante llanero lo acompaña el cansancio de sentirse perseguido desde que los paramilitares entraron a Mapiripán (Meta) en julio de 1997.

Durante cinco días, un centenar de paramilitares sembró la barbarie y el terror en el municipio llanero: perpetraron torturas y asesinatos, lanzaron cuerpos al río Guaviare y dieron la orden de no recoger los cadáveres de las víctimas. Según José, llevaban una lista donde aparecía su nombre. Esa vez se salvó porque no estaba en el casco urbano. “Los paramilitares preguntaban por la gente que tenían en una lista. Yo estaba incluido como El Indio, porque así me dicen. Cuando supe me fui a una maloca indígena, porque mi mujer era indígena, y a los tres días me bajé por el río Guaviare en una canoíta como si fuera pescador. Agarré para Caño Jabón”.

En esta vereda del Meta, José se volvería a encontrar con la sombra paramilitar 11 meses después. El 4 de mayo de 1998, a Caño Jabón llegaron 200 hombres de las autodefensas que, luego de reunir a los pobladores en la plaza principal para escoger a las víctimas, amarraron, desmembraron y torturaron a por lo menos 20 pobladores. Incluso, a algunos les prendieron fuego. En esa ocasión, José salió de Caño Jabón antes del mediodía, que fue cuando los ‘paras’ llegaron. “Esa mañana estuve en el centro tomando tinto y luego agarré para un sitio que se llama La Ladrillera. Cuando los paramilitares empiezan a reunir a la gente, yo me voy a buscar el monte. Ese día también había una lista y si me cogían me mataban”, recordó.

Estas dos masacres inspiraron canciones que José compuso. En ellas, además de recordar a las víctimas, señala que las autodefensas llegaron a estas poblaciones y pudieron masacrar porque la Fuerza Pública les colaboró y lo permitió. El pasado 4 de marzo, en la Plaza de Bolívar de Bogotá, cantó sobre Mapiripán: “Todo por la desidia de un gobierno, de un comandante de brigada que no nos quiso auxiliar y auxilió fue a los paramilitares para que fueran a matar, a matar a nuestros familiares, muy vilmente los llegaron a masacrar y hasta motosierra usaron para podernos destrozar. ¿Dónde estaba el Ejército? ¿Dónde estaba el respaldo?”.

Para José, esta presentación y las canciones que allí entonó fueron las que despertaron una amenaza que había estado silenciosa desde 2006, cuando regresó al Meta luego de estar cinco años deambulando por Colombia. “Vivía de remontar calzado y administraba unas finquitas. Esos años me dejaron en calma, como en el olvido, porque yo no iba a reuniones de víctimas ni nada. Todo se me agravó este año que vuelvo a las reuniones de víctimas y me dejo seducir de la restitución y todo eso. Ahí me volvieron a encontrar”, explicó.

Desde marzo pasado, José tuvo que cambiar de vivienda tres veces en Villavicencio. Luego montó un rancho en zona rural de esta ciudad. Hasta el pasado 29 de mayo, cuando dos hombres llegaron en una moto para asesinarlo. “Estaba cayendo un palo de agua. ¡Bendito el cielo! A las tres de la mañana yo sentí el motor de una moto y no era de las que andan por ahí. La pusieron frente al ranchito que tenía. Me dio tanto miedo que arranqué a correr barranco abajo y a esconderme en el monte. Como no me encontraron iban a matar a los perros de mi vecino, que habían mordido a uno de los tipos. Metieron la moto bien adentro del monte para buscarme, yo veía las linternas moverse, pero no me cogieron”, sostuvo.

Con un pasaje y $100.000 que, según contó José, le dio la Unidad de Protección, pudo llegar a Bogotá. Sin conocerla, pagó hotel como pudo y cuando la plata se acabó tuvo que dormir en la terminal del sur. Desesperado, empezó a tocar música llanera en Transmilenio “porque no me podía dejar morir”, hasta que en uno de esos vehículos se encontró a alguien que lo reconoció. “Era un escolta de los altos militares que estaba el día que yo canté en la Plaza de Bolívar. Me reconoció de una y me tomó una foto con el celular. Luego de eso me empezaron a seguir. Siempre veía a la misma gente”, narró José.

Una amenaza lo hizo tomar la decisión definitiva de irse de Bogotá: “Canta muy bonito, hijueputa, pero si quiere seguir cantando le va a tocar en el infierno”, le dijeron en una llamada anónima. El pasado martes salió por la terminal del sur “sin rumbo fijo”. Pocas personas saben el lugar en el que se encuentra y él prefiere reservarse los detalles. “Siento que la próxima vez no me voy a salvar. Bueno, tal vez no haya próxima vez, porque la última vez que me cogieron en 2001 y me bajaron de un carro, querían quemarme con ácido sulfúrico, pero por error me echaron gramoxone (un químico) en todo el cuerpo. Igual me quemé y estuve muy enfermo, pero sobreviví”.

Hoy sólo le pide al Gobierno que lo repare, pero sin más reuniones de víctimas, porque “eso sólo sirve para que uno tenga a los enemigos encima”. José Álvarez reclama que ha sufrido esta guerra por 17 años y que sólo sueña con una vivienda, donde pueda tener calma, porque está agotado de dejar todo para seguir huyendo. 

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