La violación como arma de guerra

El Espectador reproduce las historias de ocho mujeres que dan cuenta de cómo fueron victimizados los menores en desarrollo del conflicto.

Tras el asesinato de cuatro niños en Caquetá, ocurrido el pasado 4 de febrero, la agenda pública del país ha estado marcada por el rechazo unánime a la violencia contra los niños, las niñas y los adolescentes. Tanto así que, seis días después de la masacre, la Defensoría del Pueblo, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, la Policía y otras instituciones públicas elaboraron conjuntamente un paquete de medidas para enfrentarla. En la otra orilla, las Farc anunciaron que dejarán de reclutar menores de 17 años y que desvincularán de sus filas a los menores de 15. Sin embargo, subsisten bajo un manto de silencio las historias de decenas de niños y niñas que fueron víctimas de violencia sexual en desarrollo de la guerra. No sólo por haber sido accedidos carnalmente de manera violenta, sino porque observaron forzadamente cómo violaban a otras personas o porque fueron concebidos como resultado de una violación.

Un total de 97 casos han sido documentados en los últimos tres años por el Ministerio de Justicia y la Fundación Círculo de Estudios, que en asocio con otras entidades se embarcaron en la tarea de motivar a las mujeres para que denuncien esos delitos. De la información recopilada por esa alianza en distintas zonas del país se desprende que las mujeres desconocen el derecho que tienen sus hijos a ser reparados. Ello pese a que la Ley 1448 de 2011 reconoció como víctimas a los menores que “fueron concebidos como consecuencia de una violación sexual con ocasión del conflicto armado interno” y a que el Congreso reformó en 2014 el Código Penal con el fin de, entre otras cosas, imponer penas a quienes en desarrollo de la guerra realicen actos sexuales en presencia de menores de 14 años.

Según Paula Gaviria, directora de la Unidad de Víctimas, “la entidad se encuentra desarrollando una estrategia para buscar a estos niños y repararlos. La violencia sexual sigue siendo un delito poco registrado, aunque contamos con el aparato institucional necesario para ayudar a reconstruir esos proyectos de vida”. Por ahora, en las bases de datos de la entidad reposan 604 hechos contra la libertad y la integridad sexual de menores entre 0 y 17 años. Para Nohora Álvarez, psicóloga de Círculo de Estudios, la falta de acompañamiento estatal en estos casos, estrechamente relacionada con el bajo número de denuncias, ha agravado los impactos psicológicos tanto en las mujeres como en sus hijos, muchos de los cuales sufren enfermedades físicas y psicológicas. En el caso de aquellos que nacieron producto de una violación, se enfrentan a “familias en las que existen serias dificultades para construir vínculos afectivos y en las que hay demasiada incertidumbre por no saber cómo explicarles quiénes son sus padres”.

Son justamente los relatos de las mujeres los que permiten dar cuenta de los atroces delitos sexuales que han observado los niños colombianos en las zonas de conflicto, además de las situaciones en extremo violentas en que muchos de ellos fueron concebidos. El Espectador presenta ocho de las más de 90 historias de niños, niñas y adolescentes recopiladas por el Ministerio de Justicia y Círculo de Estudios, que constituyen un panorama de cómo los actores armados ilegales truncaron la vida de cientos de familias.

* Todos los nombres de las víctimas fueron cambiados con el fin de proteger su identidad.

1. Linda, desempleada

“Mi familia y yo vivíamos en una finca que se llamaba El Refugio, en el departamento de Magdalena. Una tarde del 27 de julio de 2004 llegaron siete hombres armados, con la cara cubierta. Yo tenía ocho años. Cogieron a mi madre, la golpearon y la penetraron. Mis hermanas y yo observamos esa violación. Fue algo horroroso. Mientras le hacían eso a mi mamá, otros hombres nos tocaban a mí y a mis hermanas, y nos decían que éramos muy lindas... Mi padre intentó defendernos, pero lo golpearon. Nos violentaron de todas las maneras posibles y nos tuvimos que desplazar a Barranquilla. Pero no fue sólo eso. Mi papá quedó muy afectado psicológicamente. A él le da miedo dejarnos salir solas y no nos deja ir a fiestas, ni tener novio. No hemos podido superar lo ocurrido”.

2. Isabel, vendedora

“Ocurrió el 17 de abril de 2002 en el municipio de Plato (Magdalena). Tenía 22 años. Recuerdo que estaba viendo televisión con mi hermano y mi hijo, que en esa época tenía cuatro años. De un momento a otro sonó un disparo. Mi mamá, que estaba en la casa con nosotros, empezó a gritar y mi hermano se escondió en el baño. Yo cogí a mi hijo y lo dejé debajo de una cama. Después, algunos de los paramilitares que habían llegado al pueblo entraron a la casa y amordazaron a mi mamá. Trataba de ayudarla, pero uno de ellos me llevó al cuarto y me tiró encima de la cama donde había escondido al niño. Luego usó mi cuerpo sexualmente. Mi pequeño, a pesar de su edad, salió de su escondite y empezó a golpear con fuerza a ese hombre, que estaba encapuchado”.

3. Camila, modista

“Cuando los paramilitares entraban al pueblo, en las noches, solo se escuchaba el ladrido de los perros. El 4 abril de 2002 habían quitado la luz desde las 6 de la tarde, y cuando pasó todo, llevábamos muchas horas a oscuras. A las 2 de la madrugada del día siguiente, uno de esos hombres armados entró a mi casa y empezó a tocarme. Yo estaba con mis dos hijos, de 1 y 4 años. Entonces, empecé a gritar y a defenderme. Él me tapó la boca, pero como pude lo empujé y abracé a los niños, para protegerlos. Me dijo que si decía algo nos mataba, razón por la cual al día siguiente abandoné Matitas, el corregimiento de Riohacha (La Guajira) donde vivía. Desde entonces sufro de nervios y dolor articular”.

4. Antonia, desempleada

Yo vivía en el Treinta, que es un corregimiento de Riohacha (La Guajira), donde tenía un negocio con mi esposo. Al pueblo empezaron a llegar unos tipos armados, con corte de cabello estilo militar. Esa gente asesinaba a las personas y nos decía que si no nos juntábamos con ellos, nos teníamos que desaparecer del pueblo. En septiembre de 1992 nos desplazamos. Como habíamos dejado todo tirado y el negocio todavía tenía mercancía, volví con mi hija de 14 años a recoger unas cosas. Yo había visto al chofer del bus en el que íbamos para allá, en compañía de esos tipos. Cuando entré al local, escuché un ruido en la puerta. El conductor entró, con una media en la cabeza, pero yo lo reconocí. Entonces empezó a tocarme y, como yo me defendí, me golpeó con la culata de una escopeta. Luego me violó. Solo pensaba en mi hija que estaba ahí, viendo lo que pasaba.

5. Olga, ama de casa

“El 25 de septiembre de 1998, en el sur de Bolívar, una señora me engañó diciéndome que podía tener un trabajo estable para darles de comer a mis hijas. Entonces me llevó a un lugar horrible, donde había hombres armados y personas raspando coca. Los tipos parecían guerrilleros, aunque no los pude reconocer bien, porque me llevaron con los ojos tapados. Luego me amarraron los pies y las manos, me quitaron la ropa y me violaron, dejándome inconsciente. Cuando desperté estaba en un hospital psiquiátrico. Me controlaron y al poco tiempo le dijeron a mi padre que me habían dejado embarazada. Mi esposo se separó de mí, pues no le conté que me habían violado; tenía temor de que me tratara mal. Después me amenazaron para quitarme la niña que nació de esa violación. Mi exmarido le dice a la gente que yo soy una cualquiera”.

6. Érika, desempleada

“Yo permanecí secuestrada por paramilitares bajo el mando de Ramiro Vanoy, alias ‘Cuco Vanoy’, entre 2000 y 2005. Me tuvieron retenida en la finca Casa Verde, del corregimiento La Caucana, en Tarazá (Antioquia). Allí los paramilitares tenían una base y enterraron decenas de cuerpos. Mientras estuve en esa finca fui esclavizada para servicio de los comandantes que se alojaron y apropiaron de esas tierras. También fui obligada a cavar mi propia tumba y recibí amenazas. Uno de mis hijos fue llevado a jornadas de ajusticiamiento, que incluían descuartizamientos, y fue entrenado para manejar y limpiar armas. En 2004 un paramilitar me violó y me dejó en embarazo. Tuve una hija y un año después logré escapar”.

7. Fanny, ama de casa

“En 2000 vivía en el corregimiento Rocha, del municipio de Arjona (Bolívar). En esa época los paramilitares eran los dueños del pueblo. Nosotras fuimos obligadas a cocinar, lavar ropa, recoger los sembrados y matar los animales que ellos se iban a comer. También nos forzaban periódicamente a tener relaciones sexuales. Lo peor era que ni la Policía, ni el Ejército, ni ninguna autoridad, hacían nada; los paramilitares mataban y abusaban de quienes querían. En abril de ese año, luego de que fui violada, quedé en embarazo. Como aún no era legal abortar en esos casos, me vi obligada a tener el bebé. El día del parto me atendieron muy mal en el hospital y me dijeron que me tenía que aguantar el dolor, porque nadie me había mandado a quedar embarazada. Tuve que desplazarme y perdí muchos de mis bienes”.

8. Paola, ama de casa

“Las Auc patrullaban día y noche las calles de Cúcuta (Norte de Santander). El 15 de febrero de 2003, varios paramilitares entraron a nuestra casa. Nos golpearon, nos rasgaron la ropa y, uno a uno, empezaron a tener sexo violentamente con las cinco mujeres que estábamos allí. Nuestras parejas estaban presentes, por lo que también sufrieron daño psicológico. Además, los paramilitares nos amenazaron diciendo que no debíamos contarle a nadie lo sucedido, porque regresaban y nos quemaban. Yo quedé embarazada y, desde el momento de su nacimiento, mi bebé presentó retraso psicomotor. Mi esposo decidió abandonarnos, porque no aceptó que la niña fuera discapacitada. Como nos amenazaron, nos desplazamos a otro barrio de Cúcuta, y tras el abandono de mi pareja tuvimos muchas complicaciones económicas”.