Las voces del drama de los desaparecidos

En un acto privado, 29 familias recibirán los restos de sus seres queridos enterrados como no identificados en los Llanos Orientales.

La búsqueda por fin terminó. Hoy en Villavicencio (Meta), 29 familias que vivieron años de incertidumbre por la desaparición de sus seres queridos, pero con la esperanza de encontrarlos con vida, recibirán una parte de lo que buscaban. En una ceremonia privada, la Fiscalía hará la entrega oficial de los documentos y los restos de las 29 personas que fueron sepultadas sin identificar en cinco cementerios de los Llanos Orientales. Es un acto que, si bien representa un alivio para todas las familias, es incompleto, pues la petición inicial de todos los familiares era recuperarlos con vida.

Este es el primer episodio de entrega de desaparecidos después del acuerdo al que llegaron el Gobierno y las Farc sobre la búsqueda de personas desaparecidas el pasado 17 de octubre en La Habana (Cuba). La mayoría de los restos que se entregarán hoy corresponden a personas que fueron reportadas por el Ejército como heridas en combate. Sin embargo, lo que las autoridades quieren lograr con esta entrega es hacer un homenaje a todas las víctimas, sin importar el bando al que pertenecían.

“Las labores de búsqueda en los cementerios de Colombia es muy complicada por la acidez del suelo y la humedad que hay en el país. La Fiscalía en su trabajo en los Llanos Orientales, ha logrado esta entrega que se acoge a las peticiones de los familiares y que además, las acompañará por primera vez en el proceso de inhumación”, le explicó a este diario el fiscal coordinador de exhumaciones de la Unidad de Justicia y Paz, Álvaro Hincapié. Asimismo, el fiscal resalta el hecho de que en los cinco cementerios municipales del departamento del Meta hay enterrados 2.292 NN.

Para cerrar el ciclo de dolor, las 29 familias llegaron a Villavicencio desde el lunes pasado para participar en talleres de preparación psicosocial dirigidos por el Colectivo Sociojurídico Orlando Fals Borda, y otras organizaciones dedicadas al tema de los desaparecidos. Por eso, en los corredores donde se prepara a los familiares, se viven momentos de absoluta tristeza, pero también de alivio porque después de tantos años de dolor, recibir los restos de sus seres queridos y darles una sepultura digna resulta el mejor de los consuelos. El Espectador habló con cuatro familias cuyas historias representan el drama de las desapariciones en Colombia.

 

Marcos Zamora Caballero, el hermano menor

“Uno no entiende cómo es posible buscar a una persona si nadie lo ayuda a uno. Lo que mi hermano, Fredy Orlando Parra Caballero, estaba haciendo cuando lo desaparecieron era buscar plata para poder seguir estudiando. Lo vimos por última vez en octubre de 2005 cuando nos avisó que se iba para Puerto Gaitán (Meta) a ganarse el dinero que necesitaba para comprarse un aparato que le pedían en la universidad. Aunque nosotros toda la vida hemos trabajado en el campo y somos muy humildes, con su berraquera se ganó una beca en el colegio para irse a estudiar topografía en la Universidad Distrital en Bogotá.

Pero para pasar de semestre le pedían un aparato carísimo, como de un millón y medio y se devolvió a trabajar en la tierra. Consiguió empleo por Puerto Gaitán y eso fue lo último que supimos de él. Pasamos siete años con la expectativa de que un día volviera a golpear a la casa. Mi otro hermano y yo nos fuimos para el Ejército mientras esperábamos que apareciera. Pero no.

En 2013 un funcionario de la Fiscalía llamó a mi mamá para decirle que si quería saber algo de su hijo perdido, tenía que viajar a Villavicencio (Meta) para hablar con él. Pero es que lo que la gente no entiende es que nosotros ni siquiera teníamos para pagar el pasaje. Tuvimos que esperar como cuatro meses para viajar, pero sólo nos alcanzó la plata para llegar a San José del Guaviare.

Allá nos dijeron que a mi hermano lo habían dado de baja en combate el 15 de diciembre de 2007 por un grupo ilegal y que lo habían enterrado como guerrillero. Ahí empezó el ‘vaya para aquí vaya para acá’ de las autoridades. Nos mandaban para Granada (Meta); ahí nos decían que era mejor en Villavicencio; pero llegábamos y nos decían que allá no era.

¿Alguien que me explique uno como busca a un familiar si ni siquiera el Estado le ayuda a uno? Gracias a mi Dios, nos contactamos con la Procuraduría y lo encontramos. Por eso estamos aquí”.

Hugo Darío Maldonado, muerte tras muerte

“La esperanza de encontrar a mi hermano Willians de Arimatea Maldonado Sandoval la mantuvimos viva durante 20 años. Siempre creímos que iba a aparecer en la casa para darnos un abrazo en medio de tanta tristeza porque lo que hemos vivido nosotros en esta vida es la muerte. Asesinato tras asesinato. Éramos 11 hermanos y ya han muerto cinco. Pero a Willians siempre lo esperamos. Esa ilusión de volverlo a ver se nos acabó hace 12 años, pues lo encontraron enterrado en el cementerio de La Macarena (Meta), dizque como un guerrillero.

Pero nosotros somos de Tame (Arauca) y lo primero que nos podrían decir las autoridades es por qué aparece en el Meta. Necesitamos que la investigación sobre su muerte tenga resultados porque, aunque nos van a dar sus restos, de poco sirve darle la cristiana sepultura si no sabemos qué fue lo que pasó.

No entiendo por qué tuvieron que pasar 12 años para que nos lo devuelvan. ¿Será que la tristeza se nos va a acabar algún día? Por lo menos, cuando me lo entreguen, ya tendré dónde rezarle un padre nuestro porque sí, nos lo vamos a llevar para Tame para que esté por fin cerquita de nosotros. Pero de esta entrega hay algo muy importante que no se nos puede olvidar: hay que investigar y tener una claridad de lo que pasó.

Pero además, yo sí quisiera encontrármelos a ellos, a los que acabaron con mi hermano mayor, y de frente exigirles una explicación para entender por qué me lo mataron. Que me den las razones de peso para hacer semejante cosa porque nadie es Dios en la tierra y Él es el único que puede terminar con una vida”.

Dora Alicia Moreno, la esposa

“A Carlos Hernández Vargas lo montaron en un camión del Ejército y se lo llevaron dizque para hacerle una investigación. Eso fue antesitos del primero de enero en Caño Rojo (Meta) cuando nos estábamos bañando en familia en el río para recibir el nuevo año. Lo subieron para el monte y nosotros los perseguimos por detrás. Pero no me lo dejaron ver nunca, sólo pude mandarle alguito de comer para que estuviera tranquilo. Los militares me dijeron que me fuera tranquila a la casa, que ellos no iban a matar a nadie. Les hice caso y el 3 de enero lo llevaron a la plaza de nuestro pueblo, Santo Domingo (Meta), cerca de Vista Hermosa. Ahí lo tuvieron buen tiempo y verificaron que no tenía nada malo.

Él manejaba un carrito de servicio público y lo único que hacía era traernos la plata para que nuestros hijos, en ese tiempo uno de 7 años y la otra de 5, pudieran comer. Cuando ya verificaron su cédula, lo llevaron para la casa y me lo dejaron. Pero me revolvieron toda la sala y las habitaciones. Me repitieron que ellos no estaban allí para matar a nadie y se fueron. Pero al salir de la carretera de la casa, alguien llamó a uno de los militares y el carro dio la vuelta y regresó. Le explicaron a mi esposo que debía ir con ellos para firmar un papel que constatara que no lo habían maltratado.

Ahí lo vi por última vez. Nos fuimos otra vez detrás de ellos hasta que no me dejaron seguir más ya por el monte. Me dijeron que podía venir a recogerlo a las cinco de la mañana del día siguiente. Mentira. Me tocó ir a pedir ayuda a la Junta de Acción Comunal y a la alcaldía y me dijeron que estuviera tranquila pues a Carlos no le podía pasar nada. Mentira otra vez. Esperé otros dos días en la casa sin dormir y nada. Nunca apareció. Me fui a poner el denuncio para ver si alguien me ayudaba a buscarlo. Y hasta ahora lo encontré.

Alguien me dijo que lo habían enterrado al lado de un puente en Villavicencio con otro señor y hasta hoy me van a dar sus huesitos. Quiero saber qué fue lo que le pasó y que además, alguien me ayude a buscar a mi hijo de 13 años que también está desaparecido. A mi tragedia todavía le falta mucho camino”.

María Melba Ruiz, la madre

“Le doy cinco minutos para que se largue o queda aquí con ellos”, fue lo que le dijeron a una de las mamás que fue a reclamar el cuerpo de su hijo y del mío, Emilson Andrés Quintero. Nos avisaron que por los lados de Vista Hermosa alguien había visto una masacre y nueve muchachos estaban tirados en el suelo esperando que alguien fuera por ellos. Pero no pudimos hacer nada. Yo sabía que mi hijo Emilson estaba allá porque había desaparecido 15 días antes y unos vecinos lo habían visto con un grupo uniformado. Ni idea cuál porque por aquí todos visten igual. Lo que me consta de ese día es que aparecieron muertos y a todos les pusieron el chinchorro de guerrilleros.

Toda la tierra es sagrada y si lo enterraron por los lados de El Piñal, cerca de Vista Hermosa, pues allá debía descansar. Por eso fue que no hice nada más, dejé de buscarlo y le pedí a mi familia que dejáramos de hacer bulla con ese tema porque me daba miedo lo que nos pudiera pasar. Pero uno de mis hijos mayores insistió en que teníamos que saber qué le había pasado. Él fue y puso el denuncio, pero ni idea cómo ni en dónde porque yo vivo muy lejos, en un cambuche que se inunda cuando llueve y me toca estar pendiente del reciclaje que puedo recolectar en mi carreta porque a mí nadie me ayuda.

Mi hijo Emilson era el que trabajaba para darme una choza. Pero ya ve lo que pasó. Yo me quedé sola porque mis hijos tienen que velar por los suyos. Y hace un año me llamaron y me dijeron que lo habían encontrado en el cementerio de Villavicencio. Imagínese el dolor que uno puede sentir. Pero al mismo tiempo todo esto es un motivo de alegría porque nos van a dar su cadáver y no lo vamos a botar por ahí. Espero que me acompañen a enterrarlo como se debe porque, aunque ha pasado mucho tiempo, vamos a poder ir a visitarlo y llevarle flores. Una flor no se le debería negar a nadie”.