Yo estuve en la captura de 'Marquitos' Figueroa

Relato de un coronel de la Dijín de la Policía que lideró el grupo que capturó en Brasil al temido Marcos Figueroa, más conocido como ‘Marquitos’, el terror de La Guajira. Pormenores de la operación, en la que se disfrazaron como habitantes de la calle para poder vigilar la residencia en la que se ocultaba el capo.

Todos los capos saben que Brasil es un paraíso. Allá nadie los molesta y para entrar sólo se necesita la cédula. Y además, es el único país en Suramérica en el que no existe la deportación. Uno de sus grandes problemas es que todas sus policías son locales y por Estado pueden llegar a existir 250 con uniformes diferentes. En medio de las pesquisas contra Marcos Figueroa, más conocido como Marquitos, que comenzaron en febrero de 2013, identificamos que el hombre más buscado en el norte del país había llegado a territorio brasileño el 15 de enero de 2014.

Todo se logró después de una serie de interceptaciones a las comunicaciones que sostenían sus ocho esposas y 25 hijos. Pero el punto clave fue cuando ubicamos a Milton Alejandro Figueroa Zapata, alias Norte, su primo, jefe de seguridad y mano derecha, quien también fue capturado junto a Marquitos el 22 de octubre en Boa Vista (Brasil). Norte sostenía constante comunicación con dos correos humanos —también familiares de Figueroa—, quienes seguían dando instrucciones para no dejar caer el negocio.

Fue entonces que entramos nosotros en acción. En Brasil es bastante difícil que se arreste a un extranjero. Primero tuvimos que solicitarle en mayo al Supremo Tribunal Federal —algo así como la Corte Suprema de Justicia— una orden de captura y justificar por qué Marquitos era un objetivo de alto valor para Colombia. Se demoraron dos meses en otorgarla y en evaluar todo el material probatorio. Si Figueroa hubiera tenido una esposa o un hijo brasileño, lo más posible es que la hubiera negado porque no se podía extraditar.

Cuando recibimos la autorización y tras los controles de inteligencia, identificamos que Marquitos no se había movido por Maracaibo (Venezuela) ni estaba en La Guajira —sus dos fortines, ya que su numerosa familia tiene gran injerencia, hasta en entidades públicas—, partimos el 5 de octubre a Brasil. La orden se dio tras evidenciar que desde un número celular en Boa Vista se habían realizado comunicaciones con los correos humanos en Colombia. Arribamos a São Paulo para reunirnos con el grupo especial de la Policía Federal para asuntos de narcotráfico.

Durante dos días les mostramos a los superintendentes —quienes serían aquí los generales— y a los delegados —jefes de las dependencias— todo el material probatorio que se tenía contra Marquitos y explicamos por qué pensábamos que se escondía en Boa Vista. Al rastrear esa línea telefónica, efectivamente las autoridades brasileñas evidenciaron que existían comunicaciones de Norte con Colombia, especialmente con la esposa de Marquitos, quien vivía en Valledupar y en los próximos días iba a ir a visitarlo. Fue entonces que viajamos por más de 12 horas en avión para llegar a Boa Vista. Era más fácil llegar a Europa. Primero nos tocó ir a la entrada del Amazonas, la ciudad de Manaos. Una travesía.

Llegamos entonces a Boa Vista, una ciudad muy pequeña pero con grandes lujos. La temperatura era matadora. Entre 43 y 48 grados centígrados. Uno veía el vapor brotar de las calles. Todo el tiempo había que estar con aire acondicionado. En ese momento estábamos dos miembros de la Dijín y uno de la Dipol, junto a cinco agentes de Policía Federal. Ubicamos la casa de Marquitos en el exclusivo barrio Cacarias, gracias al rastreo de las celdas que establecían el punto exacto del que salió la llamada. Y por las placas venezolanas de los vehículos que ahí se guardaban.

Desde el 9 de octubre comenzamos planear cómo se realizaría la operación de inteligencia. La conclusión fue que nos disfrazaríamos de habitantes de la calle. Yo como coronel que lideraba la operación jamás pensé que me tocaría caracterizar a un indigente. Sin embargo, los agentes federales de Brasil, además de la poca experiencia en estos temas, no podían mimetizarse, por su musculosa contextura física y por sus tatuajes que son característicos de los miembros de la fuerza pública. Con mis otros dos compañeros nos tocó distribuirnos la vigilancia por turnos de ocho horas y utilizar pelucas y un equipo especial que llevamos.

Otra cosa era que los brasileños son muy folclóricos y le huían al calor. Pocas ganas tenían de caracterizar a un habitante de calle. Ellos eran los que se quedaban a dos cuadras de la casa y monitoreaban con binoculares. Pasó una semana y el movimiento era nulo. Solo hacia las 6 de la tarde salía una camioneta que ya teníamos identificada. Sin embargo, no se veía quién la manejaba porque llevaba vidrios polarizados. A esa hora era normal que la gente saliera a comer. Después supimos que Marquitos iba a altas horas de la noche a un gimnasio que quedaba a menos de un kilómetro. No se demoraba más de una hora y media. Era un enfermo por ejercitar sus brazos y su abdomen.

En los turnos de vigilancia identificamos a dos personas que ingresaban por espacios de 15 minutos a la casa en una moto. Eran los encargados de comprar la comida de Marquitos. Al interceptarles las comunicaciones se logró tener más pruebas de que Figueroa estaba dentro de la vivienda. Una semana antes del operativo en el que caería el terror de La Guajira, se vio salir uno de los carros. Regresó en la madrugada del 18 de octubre. Por los seguimientos que se realizaron desde Colombia y por información de los infiltrados, se estableció que era Norte, quien había ido a Maracaibo a recoger a la esposa de Marquitos.

Los brasileños estaban impacientes y querían hacer inmediatamente el operativo. Nosotros, que nos caracterizamos por ser expertos y contundentes, queríamos esperar a ver a Marquitos y así confirmar la hipótesis. Eso jamás sucedió. No podíamos fallar, pero nos arriesgamos. Ese 22 de octubre, el día que ya teníamos planificado el operativo, un carro salió de la vivienda. Nos asustamos, pero tiempo después nos confirmaron que se trataba de la esposa de Figueroa, quien iba a una peluquería. Norte dejó a la mujer en el sitio y regresó a la vivienda.

Era la hora cero. Los dos hombres estaban solos en la casa. A las 4 de la tarde se dio la orden de entrar. Nosotros no podíamos participar del operativo, por lo que sólo grabamos y manteníamos conexión con Colombia a través de WhatsApp. Cuando los agentes federales le preguntaron si era Marcos Figueroa, él estaba asustado. Hasta que nos escuchó hablar y nos preguntó si éramos colombianos, que necesitaba ayuda. Tras identificarnos, resignado nos dijo: “Ya perdí”.

Luego encontramos ese cuarto lleno de velas prendidas, el que decían que era de santería. Nos manifestó que lo tenía porque era creyente y que mientras nosotros necesitábamos un minuto de suerte para capturarlo, él necesitaba una vida entera de suerte para huir.