Yo estuve en la denuncia sobre la muerte de Sergio Urrego

El Espectador reveló el caso del joven de 16 años que se suicidó en Bogotá el 4 de agosto, luego de la discriminación que vivió en su colegio por su condición sexual. Alba Reyes, su madre, escribió una carta en esta edición en la que recuerda la historia detrás de la muerte de su hijo y reitera que quiere limpiar su nombre.

Alba Reyes, madre de Sergio Urrego, quien se suicidó en agosto pasado. / Gustavo Torrijos

Hijo, una vez más intento resarcir tu nombre y tu memoria. Tal vez con el tiempo aprendamos a vivir con el dolor de tu ausencia, ahora no. Ahora todo es grito, tristeza, lucha. Lamentaste no haber leído tantos libros como hubieras deseado, no haber escuchado tanta música como otros, no haber observado tantas pinturas, trazos, fotografías, ilustraciones como hubieras querido, pero fue a través de tus cartas y palabras que dejaste un mensaje claro y una tarea difícil. A tu corta edad pensabas y sentías distinto en una sociedad donde la diferencia no se entiende ni valora. Una donde se llama a los jóvenes “culicagados” sin ver que son ellos los que están tratando de rescatar el mundo.

Tenías razón cuando escribiste: “El odio ha sido el causante de las cosas más perturbadoras y arrogantes de la humanidad”. Peleaste por la igualdad, pese a los desencantos que vivías, por la libertad en todas sus formas, por una con derechos, con libre opinión, culto, elección y decisión. Pero un beso te condenó. Uno que las directivas del Gimansio Castillo Campestre calificaron de “obsceno, grotesco y vulgar”. Un beso te costó amargas citas a psicología, te costó declarar tu orientación homosexual en público, a los 16 años, frente a tus profesores. Un beso fue suficiente para que los padres de tu pareja pusieran una denuncia penal en tu contra por supuesto acoso sexual y te valió una afligida carta antes de quitarte la vida para aclarar que nunca has acosado a nadie, porque consideras que es un acto reprochable. Un beso te acorraló, te empujó al abismo.

Cómo olvidar que a tu velación el colegio no envió ninguna comunicación ni representante, pero sí ordenó la reposición del día a los compañeros que asistieron a la funeraria, dando, además, un discurso indolente a tu suicidio. Mientras todo esto nos sucedía, paradójicamente, la Corte Constitucional declaró exequible la Ley Antidiscriminación.

Cómo entender el reciente fallo del Consejo de Estado, redactado por un amigo del procurador Ordóñez que se ha opuesto a los derechos de los homosexuales, que sostiene sin sonrojarse que el colegio obró con diligencia y no se puede demostrar la persecución que sufriste. La misma que denunciamos cuando vivías ante la Secretaría de Educación de Cundinamarca sin que a la fecha hayan dado una respuesta.

“Educación pública y libertaria” se tituló el escrito que dejaste, el llamado que hiciste. Y es claro que tu tragedia es la de muchos otros estudiantes de colegios con manuales de convivencia retrógrados, estancados en una pedagogía del oprimido y justificados en la autonomía escolar. La intimidación, la humillación y la incitación al maltrato viene de los adultos que no han sido capaces de romper con sus estrechos prejuicios.

Es por eso que la tutela que interpuse para reparar tu nombre también buscaba modificar los manuales de convivencia escolar y la política educativa para que nadie en un futuro pueda ser discriminado por su orientación sexual. Pero el Consejo de Estado la negó porque estás muerto, como si no lo supiera, como si no doliera cada segundo. Cuando vivías denunciamos y no fuimos escuchados, ahora dicen que la justicia no procede porque ya no estás en este mundo. Con el amor que siempre te he tenido quiero decirte que lo único que me mantiene en pie es continuar con tu causa y que en ese camino, pese al vacío insondable que me dejaste, me he sentido acompañada por otros como tú por quienes hay que seguir batallando. Espero que la Corte Constitucional no sea sorda a ese clamor y revise tu caso.

* Madre de Sergio Urrego.