Yo estuve a punto de ser extraditado

En mayo de 2014, EE.UU. solicitó la extradición de Ariel Martínez, conocido como el ‘Carpintero’, un comerciante de madera que fue señalado injustamente de lavar dinero del narcotráfico. Tras cinco meses en La Picota y gracias a la presión de los medios, ese país retiró la solicitud y el gobierno de Colombia le devolvió la libertad.

Ariel Martínez estuvo a punto de ser extraditado a los Estados Unidos por un error judicial. / El Tiempo

Un mes antes de la captura me llamaron de una empresa de telefonía. Me dijeron que había sido seleccionado para participar en el sorteo de dos viajes al Mundial de Fútbol y un televisor. Tres semanas después me informaron que era el ganador de uno de esos premios y que el 18 de marzo tenía que ir a Bogotá, a la sede de la compañía. Me pareció raro y llamé a la empresa; todo era mentira. Tiempo después, atando cabos, me di cuenta de que esas llamadas eran de la Fiscalía, porque me pidieron número de cédula, teléfono y dirección. Yo, que no debía nada, suministré todos los datos. Como no les creí y no quise ir a Bogotá, el 18 de marzo llegaron acá; querían era ahorrarse el viaje hasta San Vicente del Caguán (Caquetá).

Ese día militarizaron el barrio. El Ejército me dijo que estaba siendo capturado por lavado de activos. Hasta risa me dio la brutalidad que estaban cometiendo. Cómo sería de grande el error que yo ni siquiera soy carpintero; los militares me asignaron esa profesión porque me encontraron en un depósito de madera. Ni siquiera sabían que yo solo me dedico a comprarla y a venderla; les faltó hacer inteligencia. De todos modos, me esposaron y me subieron a una camioneta. Más tarde, un avión militar me llevó al aeropuerto de Catam, en Bogotá, desde donde me trasladaron al búnker de la Fiscalía. Ahí estuve diez días, al cabo de los cuales me llevaron esposado y escoltado hasta La Picota.

Ya en la cárcel, solo me dieron una colchoneta sucia. Como sufro de epilepsia y no recibí atención médica, me enfermé. Además, entrar las pastillas que necesito para controlar la enfermedad se convirtió en un problema. Pero póngase a ver que los guardias les dejan ingresar aguardiente y marihuana a ciertos presos. En cuanto a la comida que dan allá, no se la comerían ni los perros. El desayuno eran un café con leche que sabía raro y un pan. El almuerzo, un pocillo de arroz entre crudo y cocido, una papa chunga con gusanos y un pedacito de carne que ni sé de qué parte de la vaca sería. La mayoría botaba eso a la basura. Decidí ocuparme leyendo la Biblia y haciendo manillas y mochilas, pero tampoco me dejaban entrar los hilos.

Lo peor fue la ofensa que cayó sobre mi familia. La primera vez que mi esposa y mis hijas me fueron a visitar a la cárcel, no las dejaron ingresar. Viajaron 15 horas en bus y perdieron la ida. Para volver, tuvieron que hacer otra colecta. Aparte de que uno está privado de la libertad y es inocente, en la cárcel le ponen un montón de trabas y le amargan la vida; es como un castigo psicológico, una tortura. Además, mi hija menor, que en ese entonces tenía 15 meses, se enfermó por culpa de mi ausencia. Mi madre se estaba recuperando de un derrame cerebral y también tuvo una recaída. Fue un perjuicio moral muy duro para todos.

Menos mal el padre Samuel García, de acá del pueblo, me consiguió un abogado. Ellos empezaron a recolectar documentos y, como yo trabajo en un puesto de maderas, revisaron mi registro diario de facturas. La fecha en la que supuestamente yo me encontraba lavando plata en Bogotá, estaba bien clarita en los cuadernos. Sin embargo, nosotros pedimos que se practicaran otras pruebas, pero la Corte Suprema de Justicia nos negó la solicitud. De todas maneras, todo el pueblo recogió firmas para pedir que me soltaran. Gente que me conocía en San Vicente del Caguán y en Casanare hizo colectas para mandarme plata. Mi socio, mis hermanos y mis amigos me colaboraron con la comida de mi esposa y de mis cuatro hijos. Ese apoyo me dio fuerza para soportar lo que estaba pasando.

Otra cosa que me ayudó fue que la gente del patio se portó bien conmigo. Supuestamente todas las personas que están en la cárcel son malas, pero a mí me colaboraron mucho, hasta con plata. Y eso que al principio no creían en mi inocencia, porque me decían: “Deje de llorar, hombre. Usted puede ser inocente, pero si se lo llevan para Estados Unidos lo mejor es que acepte todo, cumpla el tiempo y se devuelva, porque si no le ponen un testigo falso y hacen lo que sea con usted”. Aun así, yo seguí pidiendo que se revisaran las pruebas. Nadie me puso cuidado hasta que la historia estalló en los medios.

El día que dijeron en televisión que el “Carpintero” quedaba en libertad, los dos patios de extraditables hicieron fiesta. Cuando llegué al pueblo, mi familia y la gente me dieron un recibimiento que no ha tenido nadie en la historia de San Vicente del Caguán: se paralizó el comercio, todo el mundo salió con camisetas blancas a darme una bienvenida que no esperé nunca.

Lo que me pasó demuestra que al Gobierno no le importa pasar por encima de la gente inocente con tal de dar resultados. Después de que me capturaron, ninguna autoridad me comunicó nada. Solo el defensor del Pueblo habló un tantico conmigo, pero no más. Peor aún, la justicia norteamericana nunca se retractó y terminó lavándose las manos. Es que entre el gobierno colombiano y el de Estados Unidos se tiran la pelota, como si fueran niños pequeños. Supuestamente son gente seria, mandatarios, ¡y con las que vienen a salir! Ojalá fueran conscientes del daño que nos hicieron. Jamás pensé que las autoridades pudieran llegar a esos extremos.