La agricultura pasa del campo a la ciudad

En cualquier ventana o pared de una casa o apartamento, las personas pueden emprender su propia huerta urbana con comida de buena calidad y sin productos químicos.

Cada una de las 20 localidades de Bogotá cuenta con al menos un proyecto autosostenible para producir humus, verduras, fertilizantes y fungicidas. / Gustavo Torrijos

El olor a perejil y cilantro es lo primero que siente una persona cuando llega a la casa de María Elena Villamil, una mujer apasionada por la agricultura, pero que a pesar de ello no vive en el campo. Vive en el barrio la Perseverancia, en Bogotá, aquel que muchos reconocen porque es en donde cada año se realiza el tradicional Festival de la Chicha.

Entre tiendas, viviendas y restaurantes, al final de un callejón está la casa de María Elena. Lo primero que se ve apenas se atraviesa la puerta es un pequeño terreno cubierto por un plástico, como el de los invernaderos, debajo del cual hay alrededor de 70 especies de plantas: tubérculos, hortalizas y aromáticas.

Por iniciativa propia comenzó hace más de seis años. “Soy chef y trabajaba en un restaurante, pero ya estaba cansada y quería dedicarme a cultivar y a aprender de dónde viene la comida”, dice. Más adelante se alió con el párroco del barrio y luego con el Sena para poder replicar lo aprendido.

Entidades como el Jardín Botánico, la Alcaldía de Bogotá y el Sena realizan constantemente proyectos en las localidades de la ciudad, para enseñarles especialmente a desplazados y familias de escasos recursos a cultivar dentro de la ciudad. Así, las personas puedan producir parte de los alimentos que comen a diario sin tener la necesidad de comprarlos en supermercados a precios elevados y no precisamente de la mejor calidad.

Con 25 personas comenzó la iniciativa en La Perseverancia. En la iglesia se inició con huertas urbanas, es decir, con matas sembradas en camas de madera, mientras que en la casa de María Elena cultivaron papa, arracacha, maíz y algunas aromáticas directamente en el suelo. Pero después de casi un año de trabajo, cuando todos creían que la cosecha estaba lista, el resultado no fue el que esperaban. “No salió ni una sola papa”, cuenta María Elena. “El agrónomo sabe, pero no es adivino”, asegura.

Un ciprés, un pino de más de 10 metros de altura ubicado a la entrada de la casa, se había quedado con toda el agua que Elena y sus compañeros habían regado y con la que durante nueve meses había llovido.

Sin embargo, ya eran muchos los que se habían entusiasmado con el proyecto y la idea continuó. “Yo no quería que nadie sacara plata de su bolsillo para esto y buscamos los medios para lograrlo. El Sena nos siguió colaborando con los insumos y la teoría, pero la madera que ahora necesitábamos para sembrar en camas la tuvimos que buscar. Cualquier tronco o pedazo que veíamos lo reciclábamos y poco a poco logramos comenzar de nuevo”, dice.

Ahora tiene comida de sobra, pero lo difícil según ella ha sido poder convencer a la gente de que compre este tipo de verduras. “Muchos piensan que es muy caro y para una clase exclusiva, cuando en realidad es para todos”, asegura. Por ello, para evitar perder lo que cultiva y con su experiencia como chef, ha sacado provecho de todos y cada uno de los alimentos que tiene a la mano. Ha transformado la quinua en pan y paté, hace antipastos y mermeladas con las plantas, ají de cubios y chuguas, y los helados de todo tipo de verduras, que son para muchos el producto por excelencia.

Además, produce todo lo necesario para que el proyecto sea autosostenible. Los desechos orgánicos que se generan en su casa y en las de los vecinos los reutiliza para hacer el humus y la propia tierra para sembrar las plantas. Ella misma aprendió a obtener las semillas y con eso ya no tiene que comprar insumos. Su misma huerta produce los fungicidas y su labor sólo ha sido aprender de la experiencia para darse cuenta de que plantas como el tabaco con sus hojas pegajosas y el ajo con su olor concentrado son útiles para mantener alejados los insectos que en la mayoría de cultivos se repelen con productos químicos.

María Elena ha transmitido su conocimiento y experiencia a sus vecinos, quienes ya han comenzado a tener sus propias huertas en casa, y recalca que “esta agricultura es muy distinta a la que se hace en el campo. No lo hago para producir masivamente y por eso logro comer durante todo un año de una misma planta de lechuga, y eso es lo que quiero que la gente conozca”.

En Bogotá, la agricultura urbana han adquirido importancia. Pero según ella, a la gente aún le hace falta convencerse de que para hacerlo necesita sólo las ganas. “El mayor impedimento que ven las personas es el espacio, pero siempre les pregunto que si acaso no tienen una ventana. En cualquier parte se puede sembrar y sólo necesita unos conocimientos básicos”, afirma. Por eso entrega su tiempo a enseñarles a los demás. Todos los sábados de 9 a 12 de la mañana dicta talleres sobre compostaje, semillas, fertilizantes y fungicidas. Y para ella, eso es más que necesario para que una persona pueda comenzar con su propia huerta urbana.

 

 

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@EstefaniaAvella

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