Argentina y el sabor a glifosato

Tras la declaración del glifosato como un producto probablemente cancerígeno por la Agencia Internacional para el Estudio del Cáncer, la polémica se extiende de los cultivos ilícitos a la canasta familiar.

La declaración del glifosato como “probablemente cancerígeno” ha desatado fuertes debates en torno a la industria agrícola argentina. / EFE

Lo que me ha sucedido tras seguir de cerca la polémica científica por el uso indiscriminado de agroquímicos y su posible relación con el cáncer, es que ya no me siento tan tranquila cuando le doy un mordisco a una jugosa mazorca.

En Argentina, donde el glifosato es ampliamente usado en la producción de maíz, soya y otros productos, el debate ha sido intenso en torno a este problema. Y preocupante. Cada año los argentinos exportan miles de toneladas de alimentos a diversos países de la región, entre ellos el nuestro.

Según Procolombia, organismo promotor de las exportaciones, en 2014 se importaron desde Argentina 894.150 toneladas de alimentos, que correspondieron a más de US$201 millones. El problema es que la forma de producción en el país austral está siendo fuertemente cuestionada por los grupos ambientalistas tanto nacionales como internacionales. La lista de productos argentinos que comen los colombianos es larga: poroto de soya, aceite de soya, harina de soya, maíz, semilla de girasol, aceite de girasol, trigo, maní, sorgo, cebolla, pera, entre otros.

Colombia decidió suspender las aspersiones del glifosato para acabar con las plantaciones ilícitas de cocaína. Sin embargo, muchos se preguntan qué sucede con alimentos fumigados con el agroquímico. No es un debate fácil. Llueven argumentos a favor y en contra.

Uno de los más recientes en cuestionar la seguridad del glifosato que la industria agrícola argentina pone en sus productos fue el científico Andrés Carrasco, presidente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas de Argentina (Conicet) y jefe del Laboratorio de Embriología de la U. de Buenos Aires. En 2009 presentó un estudio en el que demostró la toxicidad del producto en embriones de anfibios.

Incluso el mismo Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria ha alertado a distintos municipios sobre la existencia de restos de pesticidas (como glifosato y endosulfán, este último prohibido en la Unión Europea por su carácter perjudicial) en las verduras. Así lo consigna el libro Envenenados, del escritor y periodista Patricio Eleisegui.

El “boom” soyero argentino

Viajar por el campo argentino revela al instante cómo opera su sistema productivo. Es un sistema moderno y fructífero. No se ven campesinos labrando la tierra, sólo operarios de monstruosas máquinas que lo hacen todo: preparan la tierra, tiran la semilla y ponen pesticida para que las malezas no atrofien los cultivos.

Ha sido tan lucrativo el negocio de la soya que, de acuerdo con el diario Infobae Argentina, recibió ingresos por US$23 mil millones en 2014.

Sin embargo, a la “sombra del éxito”, como le escuché decir un día a Fabián Tomasi (un entrerriano que se dedicaba a las aspersiones aéreas de agroquímicos y que ahora es un paciente crónico), están las víctimas: operarios, campesinos, habitantes de zonas rurales, y los mismos productores, que son los afectados directos.

La comida que enferma

La alerta lanzada hace unas semanas por la Agencia Internacional para el Estudio del Cáncer (IRAC), filial de la OMS, pareció darles la razón a quienes por años se han declarado afectados, así como a científicos que han intentado demostrar efectos colaterales del pesticida más popular del mundo, producido por la compañía Monsanto.

Gran parte de los estudios científicos llevados a cabo en Argentina sobre el glifosato fueron recientemente detallados en el libro Envenenados de Eleisegui. “El primer relevamiento fue realizado por Raúl Montenegro, biólogo, titular de la Fundación para la Defensa del Ambiente de Córdoba y premio nobel alternativo. El científico comprobó que las verduras, frutas, hortalizas y legumbres suelen tener residuos de plaguicidas fruto de los pésimos sistemas de control que se aplican”, dice el autor.

Por otra parte, Silvana Buján, directora de la organización ambientalista BIOS de Mar del Plata, junto con un equipo de la U. Nacional del Litoral justificaron, mediante la extracción de sangre a un grupo de personas, que no sólo hay presencia de agroquímicos en el organismo por el consumo de los alimentos fumigados con glifosato, sino que tienen también un efecto acumulativo.

En octubre de 2009, otro estudio realizado por científicos de la Universidad Nacional del Litoral y el Conicet reveló restos de endosulfán y glifosato en granos de soya verdes.

En lo que al maíz concierne, el estudio del francés Gilles Eric Séralini, publicado por Environment Sciences Europe el 24 de junio del año pasado, expone los efectos nocivos de alimento contaminados con roundup (glifosato).

Colombia no está exenta

En una de mis travesías por la Argentina pensé: “¿Será que alguno de estos alimentos llega a Colombia?”. Al indagar, encontré que nuestro país es el segundo comprador de la región de porotos de soja argentinos (entre 2013 y 2014 se exportan 139 mil toneladas). Y del maíz transgénico (semilla NK603 de Monsanto) se comercializaron 1’598.341 toneladas entre 2013 y 2014, ubicando a Colombia como primer comprador de este producto en Latinoamérica.

Así las cosas, la mazorca y el poroto de soja o raíces chinas (como las llamamos comúnmente) que se venden en supermercados y se sirven en la sopa muy posiblemente contienen residuos del agroquímico, cuyo consumo sostenido a largo plazo podría ser potencialmente cancerígeno.

*La autora contactó a la empresa Monsanto para conocer su opinión sobre estos estudios, pero no recibió respuesta.