Biodiversidad urbana, ¿una contradicción necesaria?

Contrario a lo que se cree, las grandes capitales del mundo cuentan con una rica diversidad biológica. Los ecosistemas que allí se encuentran mejoran la salud de las personas y combaten el cambio climático.

¿Existe biodiversidad dentro de la ciudad? ¿Acaso el cemento no riñe con la naturaleza? ¿Puede pensarse la diversidad biológica como algo urbano? Para muchos, “biodiversidad” y “ciudad” son como el agua y el aceite. Pero cada día un gran número de científicos, diseñadores, arquitectos e ingenieros se unen para crear un desarrollo que vaya de la mano con la naturaleza, viéndola como una aliada y no como un estorbo.

El mundo es cada vez más urbano. Si las tendencias actuales continúan, se calcula que la superficie urbana se triplicará entre los años 2000 y 2030 y la población urbana se duplicará, pues pasará de casi 3.000 millones de habitantes a casi 5.000 en ese mismo lapso.

Esta expansión urbana echará mano de los recursos naturales, entre ellos el agua y las tierras agrícolas; se producirá en regiones de baja capacidad económica y será más acelerada en zonas con alta riqueza biodiversa, como lo aseguró el informe Perspectiva de las ciudades y la diversidad biológica, publicado en el 2012. Y esta afirmación no es descabellada. Históricamente, las regiones con ecosistemas más ricos han atraído los asentamientos humanos y fueron la cuna del comercio.

Por sorprendente que parezca, existe evidencia científica de la riqueza natural que se asienta en grandes polos urbanos: más del 50% de las especies florales de Bélgica se encuentra en Bruselas, el 65% de las especies de aves de Polonia se producen en Varsovia, y un estudio realizado en 61 jardines de la ciudad de Sheffield (Reino Unido) encontró 4.000 especies de invertebrados, 80 de líquenes y más de 1.000 especies vegetales.

Ciudades como Bombay (India), Estocolmo (Suecia), Nairobi (Kenia), Ciudad del Cabo (Sudáfrica) y Tucson (Estados Unidos) cuentan con áreas protegidas dentro o cerca de sus límites urbanos que cuentan a la hora de sumar especies importantes a su biodiversidad.

Además, los ecosistemas urbanos mejoran la salud y el bienestar de los seres humanos al reducir la contaminación auditiva y atmosférica. “Más que complementarios y secundarios, son vitales en actividades culturales, de salud física y mental, identidad de lugar y áreas que se pueden convertir en capital social al compartir intereses comunes”, aseguró María Angélica Mejía, investigadora del programa de gestión territorial del Instituto Humboldt.

De hecho, en Sacramento (California) los residentes de la ciudad menores de 65 años que hacen ejercicio en parques gastan 250 dólares menos en medicinas que los inactivos. Otros estudios han demostrado que la proximidad a los árboles puede reducir el asma infantil y las alergias.

Por otro lado, las ciudades son responsables del 70% de la emisión de gases de efecto invernadero. Por eso, las coberturas verdes como techos y paredes, los paisajes urbanos, los separadores naturales, los antejardines de las casas, los campos verdes de colegios, universidades y clubes (aunque su acceso social sea restringido) y los parques cumplen funciones importantes de adaptación y mitigación del cambio climático, porque aumentan el almacenamiento de carbono.

Estas infraestructuras blandas también regulan los microclimas de las ciudades al dar sombra con sus árboles, filtran las aguas lluvias y absorben el smog y el exceso de polvo. Los techos verdes, por ejemplo, pueden retener entre el 70 y el 80% del agua lluvia en verano y entre el 10 y el 35% en invierno. Los datos del Reino Unido indican que un aumento de 10% en la cubierta de las copas de los árboles en las ciudades disminuye de 3 a 4°C la temperatura ambiente, reduciendo así la energía utilizada por el aire acondicionado.

Como lo dijo David Maddox en su blog The Nature of Cities, que resalta las mejores iniciativas en gestión de biodiversidad dentro de las ciudades, “la naturaleza urbana es una conversación que se relaciona directamente con debates críticos de hoy en día sobre la habitabilidad, la sostenibilidad y la capacidad de recuperación de los asentamientos humanos en todo el mundo. Se trata de personas, procesos sociales y ecológicos, el espacio entre los edificios y los edificios mismos”.

A nivel global ya existe el Convenio de Diversidad Biológica, firmado por 193 partes. Sin ir muy lejos, en Colombia opera la Política Nacional de Biodiversidad, adoptada por Bogotá y Medellín, siendo esta última la única ciudad que acogió sus nuevas bases técnicas y para este año arrancó un plan de acción con ejercicios piloto que la materializan.

Para Luis Germán Naranjo, director de conservación de WWF, en el país ha habido ejercicios puntuales que rescatan la biodiversidad, como el caso de Bogotá, con la recuperación de los humedales urbanos; Barranquilla, con el rescate de la ronda del río Magdalena, que aunque no tenía como primer propósito la protección de la biodiversidad, ha acercado a la gente a la riqueza biológica de los hábitats ribereños, y Montería, con la revitalización de la ronda del río Sinú.

Sin embargo, “yo diría que el manejo que se hace desde el punto de vista urbanístico para proveer de biodiversidad a las ciudades en Colombia es muy precario. Los parques, por ejemplo, son vistos como espacios de recreación, pero no como ecosistemas que mejoran la calidad del aire o como hábitat de especies de fauna y flora”, remató Naranjo.

Patricia Bejarano, gerente de planificación y uso del suelo de Conservación Internacional, opina que en Colombia la vinculación de la biodiversidad en las ciudades apenas empieza. “Durante mucho tiempo en el país el tema de la biodiversidad y los beneficios que ésta ofrece no se tuvieron en cuenta para la planeación urbana, sino cuando los problemas ambientales se hicieron más evidentes y en los escenarios mundiales el tema fue considerado relevante. En la actualidad, ciudades como Bogotá, Medellín y muy recientemente Montería han mostrado algunos avances en la recuperación de ecosistemas y su entorno regional, que han sido posibles con la vinculación del tema ambiental en los Planes de Desarrollo”.

Bejarano aseguró que quizás la fórmula para la sostenibilidad es vincular la biodiversidad con el desarrollo. Esto se ve en la restauración de quebradas como Las Delicias, Morací, La Vieja y Aguas Calientes, que hoy son visitadas por los ciudadanos y valoradas como patrimonio ambiental y cultural de Bogotá. “En Bogotá ha sido interesante que la recuperación de quebradas ha permitido que los ciudadanos comprendan la verdadera importancia de los ecosistemas, no solo para prevenir y mitigar riesgos, sino para mejorar la calidad de vida. Prueba de esto ha sido la resistencia de la mayoría frente a proyectos de construcción en los cerros orientales”, sostuvo.

Así que las ciudades deben leer su desarrollo desde los lentes ecosistémicos: “que no por ser biodiversidad dejen de lado lo gris, ni que por ser urbanos dejen de lado lo verde”, concluyó María Angélica Mejía, del Instituto Humboldt.