Catálogo de nuestros desastres naturales

En una publicación de la Academia Colombiana de Ciencias, el geólogo Armando Espinosa reconstruye los principales fenómenos naturales que han afectado al país en los últimos 500 años.

Armando Espinosa, autor de ‘Enciclopedia de desastres naturales históricos de Colombia’. / Gustavo Torrijos

En 1581 se desbordó el río Bogotá y destruyó a Tocaima. En 1805 un sismo acabó con Honda. Y el volcán nevado del Ruiz hizo erupción en 1595 y en 1845, antes de la reciente tragedia de 1985. Sismos, erupciones volcánicas, deslizamientos, desbordamientos de ríos, fenómenos atmosféricos e impacto de meteoros, son los principales eventos naturales que han afectado a Colombia en los últimos 500 años. Sus descripciones se encuentran en la Enciclopedia de desastres naturales históricos de Colombia, presentada durante la celebración de los 80 años de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Son siete volúmenes de historia y bases de datos sobre el tema, que su autor, el geólogo Armando Espinosa, compiló en un DVD, pero que podrían llegar a ser 30 porque el trabajo —iniciado hace 25 años— no ha terminado y continuará “hasta cuando Dios me lo permita”.

Su trabajo permite, además, hacer un recorrido interactivo por la historia sísmica del país, en el que es posible hacer búsquedas por fechas, regiones, ciudades e intensidades. “De cada sismo se encuentra información de prensa, de archivos, de revistas, sobre los daños, los efectos sociales y políticos... todo”, dice.

Para lograr su obra, Espinosa se convirtió en un ratón de biblioteca. Consultó en el Archivo Nacional, en los archivos y bibliotecas regionales, libros de historia y colecciones de prensa nacionales y regionales, empezando por el “Aviso del terremoto” publicado en 1785, considerado el precursor del periodismo en Colombia y además pieza clave para los estudios sobre sismicidad. El lector lo puede encontrar transcrito y analizado. “La prensa es un excelente documento histórico”, dice, explicando que la información sobre sismicidad del siglo XX se basa principalmente en archivos de prensa y la de los siglos anteriores en archivos históricos.

Describe y analiza sismos y erupciones volcánicas e incluye la bibliografía utilizada. Las erupciones del volcán Galeras aparecen desde 1580 y los terremotos en Popayán desde 1566, en 1736 y en 1751. Del mítico “tiempo del ruido” de Bogotá entrega información de lo sucedido la noche del 9 de marzo de 1687, cuando un estruendo que duró entre 15 y 30 minutos aterrorizó a su población, sin que haya evidencia de movimientos del suelo, ni de daños. Y del terremoto que ocurrió en 1785 cuenta que sus máximos efectos se concentraron en el borde oriental de la sabana de Bogotá.

Un capítulo está dedicado exclusivamente al volcán nevado del Ruiz. Dice que hay registros de la erupción que tuvo lugar en la mañana de un día de 1595 y, citando a fray Pedro Simón, así lo describe: “... habiendo salido el sol muy claro y despabilado, a dos horas de su luz, que sería como a las ocho, salió de este volcán un tan valiente, ronco y extraordinario trueno, y tras él otros tres no tan recios que se oyeron en distancia de más de 40 leguas...”.

Espinosa dice que usó un lenguaje sencillo porque su trabajo está dirigido a estudiantes, autoridades, socorristas y periodistas, y espera que a través de estos grupos “la sociedad aprenda a vivir con los fenómenos naturales”. También es útil para la propia comunidad científica. “Es un material de consulta importante para lo que hace hoy en día el Servicio Geológico Colombiano”, dice su directora técnica, Marta Calvache. Las referencias y descripciones del volumen sobre volcanes, que ya había sido editado como libro impreso, han sido “muy valiosas”, agrega.

“En Ingeominas aprendí que el científico tiene una responsabilidad social enorme”, cuenta Espinosa, quien trabajó desde Popayán en esta institución, luego pasó a la Universidad del Quindío y hoy es además miembro de número de la Academia de Ciencias. “Los terremotos han tenido un impacto social enorme, porque las zonas se reconstruyen, pero los daños sociales quedan”.

El siguiente volumen versará sobre las enseñanzas dejadas por los desastres naturales ocurridos en Colombia. “La educación es el objetivo de la prevención; es necesario llegar a los niños, pero no lo hemos logrado porque no hemos formado a los maestros”, asegura. Luego del evento del Ruiz en 1985, destaca la creación del Sistema Nacional para la Prevención y Atención de Desastres. “Yo le diría al presidente Santos: impulse el sistema y póngalo a funcionar con todos sus componentes”.

Por su parte, dice Calvache, el Servicio Geológico Colombiano “ha tenido un gran apoyo económico en los últimos años para modernizar las redes vulcanológicas y sismológicas”. Pero “uno siempre quiere estar mejor”, dice. “Yo creo que mientras más avancemos en investigación, sabremos que menos sabremos, porque entendemos mejor la problemática y su complejidad”.

Con esas redes se obtiene el dato, materia prima para analizar, comprender los fenómenos, evaluar la amenaza, llegar a conclusiones y nutrir las alertas tempranas. “Una mejor comprensión de los procesos geológicos sirve para la gestión del riesgo”, dice, lo que significa salvar vidas. “Los recursos económicos al final resultan. Pero los recursos humanos son más difíciles. Tenemos grandes deficiencias”.

Según reciente estudio del Banco Mundial —entidad que ha apoyado a Colombia en este tema—, “invertir antes de los desastres en infraestructuras y edificios para los países en desarrollo conllevaría un ahorro de hasta el 50%”. Pero falta más decisión. Ricardo Lozano, exdirector del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (Ideam), dice que esta entidad no cuenta con los recursos suficientes para producir buena información. “Ni siquiera puede tener profesionales en las regiones... y para usar los recursos se necesita información”.

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