Mónica Ramírez, cinco años trabajando para devolver churucos a su libertad

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Como parte de su tesis de doctorado en la Universidad de los Andes y en colaboración con múltiples corporaciones autónomas, la bióloga ha realizado tres procesos de reintroducción a su hábitat natural de una de las especies de primates más grandes y amenazadas de Colombia.

Una de las imágenes más antiguas que tiene de su vida es verse corriendo por el bosque, con sombrero y binoculares, persiguiendo monos. La bióloga de la Universidad de Caldas Mónica Ramírez no tiene muy claro por qué desde pequeña soñó despierta con ese escenario. Pero lo que sí sabe es que dedicarse a los primates era uno de sus deseos más profundos. Su última obsesión, que es también su tesis de doctorado que acaba de sustentar en la Universidad de los Andes, es lograr que los churucos (Lagothrix lagotricha), una de las especies de primates más grandes de Colombia, vuelvan a pasearse en su entorno natural tras pasar años en cautiverio. (El mapa de primates que 120 personas ayudaron a construir)

A los churucos ella los describe como animales carismáticos, peludos, que terminan atrayendo a las personas. Además de estar catalogados como vulnerables y, en algunas poblaciones, como críticamente amenazados por la UICN por fenómenos como la deforestación, la gente los caza frecuentemente. Matan a las hembras para comerse su carne y se quedan con su cría como mascota. Pero los churucos, que de adultos pueden pesar entre ocho y diez kilos, y tener el tamaño de un niño de seis años, están programados para moverse en mayores extensiones. Su hogar, distinto a una casa humana, debería medir hasta unas 400 hectáreas, pues pueden recorrer más de dos kilómetros balanceándose entre rama y rama en un solo día. “Cuando son adultos la gente los sacrifica o abandona, pero en el mejor de los casos los entregan a las autoridades ambientales creyendo que se acaba el problema”, comenta.

En cautiverio, no sobra decirlo, los animales sufren. En 2016, cuando por primera vez empezó a estudiar churucos que no eran silvestres, con los que había trabajado durante siete años, la bióloga se encontró con que algunos de ellos tenían todas las señales de un estrés invivible: hacían movimientos repetitivos dentro de las jaulas e incluso se automutilaban, mordiéndose o arrancándose el pelo. Ante eso, lo que ella lleva haciendo desde hace cinco años es recorrer el país y las distintas corporaciones autónomas ambientales para ver cuáles de los monos que llegaron a estas sedes tienen las características para volver a vivir en libertad.

“Empezamos a contactar a las corporaciones para saber cuáles tenían churucos y les hacíamos visitas para valorar al animal, porque hay monos que están improntados, muy acostumbrados a la gente, y tendrían un índice de supervivencia muy baja tras la reintroducción”. Así, recorriendo el país, logró tener un grupo de 11 churucos para ser rehabilitados en las instalaciones del Centro de Atención y Valoración de Fauna Silvestre de la Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena. Algunos de los animales fueron transportados por tierra, en guacales, y con un equipo de médicos veterinarios y biólogos que los hidrataban y vigilaban por el camino.

El siguiente reto fue lograr que los churucos se conocieran y socializaran entre ellos. En libertad estos monos viven en grupos de desde ocho a 40 individuos, por lo que era necesario liberarlos juntos para que sobrevivieran. Ramírez y su equipo, entre los que estaban varios estudiantes de pregrado y maestría de los Andes dirigidos por el doctor Pablo Stevenson, lo hicieron paso a paso. Por ejemplo, juntaban los guacales en los que venían los monos para que se fueran oliendo y reconociendo sin hacerse daño. También cuando llegaba un nuevo mono al centro de rehabilitación, que es básicamente una jaula mucho más grande y con árboles y espacio para hacer actividades naturales, lo ponían en la jaula, pero dentro del guacal, para que se fueran adaptando. (Acá: El centro de investigación que buscan revivir en la selva )

Cinco meses después, que para entonces era agosto de 2017, el equipo de Ramírez y el personal veterinario de la CAM consideraron que solo seis de los 11 churucos estaban en capacidad de volver a su hábitat natural. Los liberaron en el corredor biológico Guacharros Puracé, en el sur del Huila. “El sitio ya estaba estudiado para evitar que los volvieran a cazar y asegurar que estuvieran las especies de frutas que ellos comen, aunque también les poníamos unas plataformas de alimentación para ayudarles en el proceso”, comenta la bióloga. “Los liberamos con collares de telemetría para que, si se dispersaban, les pudiéramos hacer seguimiento”. Tanto en el período de rehabilitación como en el de reintroducción los monos eran monitoreados de 6 a.m. a 6 p.m. Cuánto tiempo descansaban, qué tanto socializaban con los demás individuos y cómo estaban sus heces. (Lea: ¡Monos a la vista! registran fauna silvestre en el Huila)

Todo el proceso de recolectar a los monos, ver los que son aptos, dejarlos en rehabilitación por cinco meses y liberarlos lo ha repetido ya tres veces. Las últimas dos fueron en 2018 y en 2019, con una tanda de seis y tres churucos que, esas veces, fueron reintroducidos en las Reservas Naturales Rey Zamuro-Matarredonda, en el Meta. La financiación, que es uno de los puntos más débiles de la ciencia, la ha logrado a través de Colciencias, Margot Marsh, la Universidad de los Andes y el apoyo de corporaciones como la CAM y Cormacarena, entidades con las que han trabajado de la mano. No obstante, en estos procesos se ha logrado articular un trabajo entre muchas otras autoridades ambientales que han sido fundamentales para este proyecto, comenta Ramírez.

Heces, claves para conocer a los churucos

Ramírez habla con cariño de su trabajo. A los churucos les dice sus “miquitos” o “peluditos”, y a cada uno lo recuerda con su nombre y una anécdota detrás de su liberación. Yara, por ejemplo, es una hembra que fue liberada la primera vez, pero se quedó sin amigos, por lo que la recapturaron y la reintrodujeron con la segunda tanda. Lena nunca logró subirse a un árbol y tocó dejarla de nuevo en cautiverio. Miacela, una hembra adulta, se quedó sola por mucho tiempo, pero después fue quien enseñó a los nuevos cómo vivir en el bosque.

La vida de Ramírez se convirtió también en la vida de los churucos. Si a ellos se les caía el pelo, a ella también. Por cada mono que no podía ser liberado, o moría en el proceso, ella solo recuerda llorar con mucho dolor. “No fue fácil. Hay un estimado de que la tasa de éxito de los procesos de reintroducción varía entre el 11 y 50 %, que es bajito. Y nuestro caso no ha sido la excepción”. En medio del estrés de ella, y como una bonita coincidencia, Ramírez se puso la misión de investigar qué tan estresados estaban sus churucos. A través de las heces de estos, que llevó en unas disoluciones para analizar en Alemania, pudo ver los niveles de cortisol de los monos.

“Encontré que, en condiciones iniciales de cautiverio, en espacios pequeños, el nivel de cortisol es bien elevado. En rehabilitación se bajó y cuando los liberábamos se disparaban porque están sometidos a muchos estímulos estresantes en el proceso. Pero la idea es que el nivel de cortisol se estabilice, aunque quizá no más abajo del nivel que tenían en el centro de rehabilitación, pero se sabrá con el tiempo”, explica.

Además, las heces de los churucos le han servido para conocer otro rol clave que esos monos cumplen en el ecosistema: el de dispersar semillas que son del tamaño de un mamoncillo. “Si removemos del bosque a los churucos no solo nos estamos quedándonos sin esta especie, sino que también estamos haciendo que desaparezcan árboles y plantas que tienen semillas grandes que solo son capaces de subsistir cuando hay churucos”, cuenta. (Lea: Listo el primer atlas de primates de Colombia )

Aunque Ramírez ya presentó su doctorado, después de sortear todos los obstáculos burocráticos que implica hacer una reintroducción en Colombia, piensa seguir con este plan a largo plazo. Junto con su equipo de trabajo, quiere crear una fundación para primates colombianos en vía de extinción y lograr que esa tasa de éxito de reintroducción sea cada vez más alta.

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