¿Cuál es la huella de la comida que llega a nuestra mesa?

Para suplir la demanda de alimentos se utiliza el 34 % del suelo disponible y el 69 % del agua dulce del planeta. Su producción es responsable de entre un 24 % y 30 % de las emisiones de gases de efecto invernadero. Estas son algunas alternativas para reducir ese impacto.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), las emisiones globales de gases de efecto invernadero asociadas con pérdida y desperdicio de comida son el 8 % del total de ellas.Getty Images

En la actualidad, en el mundo habitan casi ocho mil millones de personas, quienes representan una demanda continua de alimentos. ¿En algún momento se ha detenido a pensar cuáles son las implicaciones de producir esa comida que llega a la mesa? De acuerdo con el Observatorio Hambre Cero, de la facultad de Economía de la Universidad Externado, se requiere el 34 % del suelo disponible y el 69 % del agua dulce del planeta para su elaboración. (Lea: El desperdicio mundial de alimentos es peor de lo que pensábamos)

La producción de alimentos es responsable de entre un 24 y 30 % de las emisiones de gases de efecto invernadero, las principales causas del cambio climático. Si a estas cifras le sumamos que para 2050 seremos cerca de diez mil millones de personas, el desafío es claro: ¿cómo alimentarnos sin modificar el uso del suelo o modificar los ecosistemas naturales como se hace en la actualidad? No necesariamente se trataría de producir más, sino de aumentar la disponibilidad, ya que el 30 % de los alimentos producidos se pierden o desperdician a nivel mundial.

Si la naturaleza nos hiciera pagar la factura total del despilfarro de alimentos, nos cobraría $1 billón al año. Los desperdicios son la principal causa de ese dinero, sobre todo porque una vez en el basurero continúan generando emisiones de gases de efecto invernadero y produciendo daños relacionados con el cambio climático. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), las emisiones globales de gases de efecto invernadero asociadas con pérdida y desperdicio de comida son el 8 % del total de ellas.

Y es paradójico, porque se supone que el mundo es capaz de elaborar lo suficiente para alimentar a todos sus habitantes, pero 815 millones de personas se acuestan cada noche sin un plato de comida. Simultáneamente, hay países en los que más del 70 % de la población adulta padece obesidad o sobrepeso. Para encontrar el punto de equilibrio, es necesario convertir la producción actual en una más sostenible, reducir al menos a la mitad las pérdidas o desperdicios, evitar que la producción de alimentos sea una amenaza a los ecosistemas y generar un cambio en los patrones de consumo. (Puede leer: Así sería el nuevo etiquetado de la comida chatarra en Colombia)

Pero, ¿cómo hacerlo? Lo primero es conocer la huella que genera lo que comemos. Elegir entre comprar 1 kilo de naranjas importadas o unas locales, es una acción más importante de lo que pueda imaginarse. Los productos alimenticios importados pueden recorrer más de 5.000 km para llegar a la mesa y en su recorrido producir mayores emisiones de gases de efecto invernadero. Por ejemplo, en Colombia, el 5,6 % de los alimentos importados son frutas y verduras. De acuerdo al inventario nacional de Gases de Efecto Invernadero del país, uno de los sectores que más emisiones produce es la agricultura, con un 22 %.

Por eso, antes de llevar un plato a la mesa es fundamental entender cuál ha sido el proceso que hay detrás, qué recursos naturales se necesitan para producirlos y cómo se podría reducir esta huella de carbono.

El cambio climático ya repercute sobre la producción de alimentos

Los diez principales cultivos del mundo (cebada, mandioca, maíz, palma de aceite, colza, arroz, sorgo, soya, caña de azúcar y trigo) representan el 83 % de todas las calorías producidas en las tierras de cultivo. Por eso, comprender cómo el cambio climático puede afectarlos se convirtió en una tarea necesaria. Una investigación dirigida por la Universidad de Minnesota evaluó el impacto potencial del cambio climático observado.

El análisis publicado en PLOS ONE recopiló los datos de estos diez cultivos desde 1974 hasta 2013, e hizo proyecciones de su rendimiento en las zonas del planeta donde se siembran. Los autores señalan que, entre los primeros resultados, “encontraron que la temperatura de la temporada de crecimiento, en todas las áreas cosechadas para los diez principales cultivos mundiales, aumentó de 0,5 °C a 1,2 °C”. Además, descubrieron que los cambios en las lluvias durante la temporada de crecimiento se han hecho cada vez más variables. (Podría leer: Mejor un desayuno bien "trancao" que una cena abundante)

La investigación también encontró que los impactos del cambio climático en la producción mundial de alimentos no es igual en todos los continentes. En Europa, África del Sur y Australia los impactos son generalmente negativos, en América Latina, positivos, mientras que en Asia, América del Norte y Central, resultan ser mixtos.

Los investigadores crearon una base de datos con la información disponible sobre áreas cosechadas, rendimiento, clima y temperaturas a nivel nacional en más de 20.000 unidades político-administrativas a nivel subnacional. Después, elaboraron modelos estadísticos que relacionan los rendimientos de los cultivos con el clima observado en cada unidad política desde 1974 hasta 2008.

"Este es un sistema muy complejo, por lo que un componente cuidadoso de modelado estadístico y de ciencia de datos, es crucial para entender las dependencias y los efectos en cascada de cambios pequeños o grandes", dice el coautor, Snigdhansu Chatterjee, de la Facultad de Estadística de la Universidad de Minnesota.

 
 

 

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- Redacción Medio Ambiente

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