De los “hippies” ambientalistas a los activistas que están cambiando la política

El documental “Cómo cambiar el mundo”, que cuenta el nacimiento de la organización ecologista Greenpeace, fue presentado ayer en el Parque Explora y sirvió de excusa para abrir el debate sobre cuál es el papel del activismo ambiental en el planeta.

Silvia Gómez es la directora de Greenpeace en Colombia. / Óscar Pérez

El documental How to Change the World (Cómo cambiar el mundo) fue dirigido por el británico Jerry Rothwell y estrenado en el festival de Sundance en 2015. En el filme, el director cuenta el nacimiento de la organización ambiental Greenpeace, una historia que empezó en Canadá y después se expandiría a más de 40 países. La historia es el retrato íntimo de un ecléctico grupo de hippies, fotógrafos, camarógrafos, músicos y científicos, que a finales de la década de los sesenta se unieron para frenar los experimentos de bombas nucleares que Richard Nixon hizo en Amchitka, Alaska.

Bob Hunter era un periodista de Vancouver (Canadá) y dirigía este grupo de “aventureros” que más tarde se enfrentarían, con pequeños botes, megáfonos y pancartas, contra inmensos buques rusos que cazaban ballenas en las costas de California. Su misión en Amchitka había fracasado. Pero la idea de capturar imágenes poderosas en cámaras de video viajaría después por los noticieros del mundo. Hunter estaba convencido de que las cámaras eran las armas más efectivas de la revolución. De hecho, planeó tanto su estrategia de que la naturaleza fuera protagonista y logro que esa toma de un arpón lanzado por los rusos, que impacta el lomo de una ballena y apenas roza las cabezas de los activistas fuera el comienzo del movimiento ecologista mundial.

Justamente el activismo ambiental fue el tema que convocó a Silvia Gómez, directora de Greenpeace en Colombia, y Ana Sofía Suárez, directora de campañas para Latinoamérica de Avaaz, en el marco del Hay Verde de Medellín, una extensión del Hay Festival de Cartagena. La Fundación Ambulante Colombia organizó el evento de ayer que quiso abrir el debate sobre el rol del medioambiente en la toma de decisiones.

Como le contó Gómez a El Espectador, Greenpeace desempacó sus maletas en Colombia apenas hace dos años, y su foco principal ha sido evitar la minería de carbón en los páramos, algunos de los ecosistemas más estratégicos para el país, pues proveen el 70% del agua a la población andina. “Estamos pasando por un momento climático único, en el cual no podemos dejar de lado los ecosistemas estratégicos. Hagan minería en otra parte, pero no en los páramos de donde sale el agua”, aseguró Gómez.

Actualmente, en zona de páramos en Colombia existen 360 licencias ambientales y títulos mineros. Greenpeace ha recogido 80.000 firmas que sirven para ejercer presión sobre los políticos. Esa cifra bastaría para llenar dos veces el estadio El Campín en Bogotá y es imposible, según Gómez, “que un Congreso archive una ley de estas magnitudes, e imposible que un congresista no les pare bolas a 80.000 colombianos”.

Por eso, el objetivo del activismo es, en esencia, hacer ruido y tener incidencia en las políticas públicas. Como explicó la mexicana Ana Sofía Suárez, directora de campañas de la red mundial Avaaz, que tiene 42 millones de miembros en todo el planeta y cuyo objetivo es la movilización ciudadana, “antes era loco quien creía en el cambio climático, ahora es loco el que cree que el cambio climático no existe”, dijo a El Espectador. “Yo quiero que se pase eso a la política y que sea loco el político que cree que el cambio climático no es parte de la agenda central”, remató.

La organización Avaaz, por ejemplo, organizó las marchas del 28 y 29 de noviembre del año pasado en 175 países, cuando salieron a las calles 785.000 personas en todo el mundo en la que fue considerada la movilización contra el cambio climático más grande de la historia. También se jugaron varias cartas antes de la Cumbre Climática de París para presionar al grupo de países G7 a que lograran un compromiso de emisiones 0 para 2050. Por último realizaron una campaña para proteger el corredor de la Amazonia que conecta a Venezuela, Brasil y Colombia, donde 930.000 personas firmaron un documento para llevarlo a la lupa internacional.

Así que, las dos ponentes revelaron que el medioambiente implica un costo político muy alto si se deja de lado. Por ejemplo, la protesta de Greenpeace contra la Shell, una de las petroleras más importantes del mundo, tuvo impacto cuando más de tres millones de personas estuvieron en desacuerdo con que perforaran los casquetes polares en busca de pozos. La Shell, entonces, decidió retirar la misión porque le pesaba más en su imagen que tantas personas se opusieran.

Estas movilizaciones y más, como la de escribirles cartas a los presidentes denunciando un crimen ambiental, firmar documentos para respaldar u oponerse a una acción particular y hacerla llegar al Congreso, hacer actuaciones que demuestren, de forma cómica y cruda, el desplazamiento de los osos de anteojos por toda una ciudad, y las imágenes y videos que hicieron cambiar de opinión al primer ministro de la India, Narendra Modi, uno de los grandes opositores al acuerdo climático en París después de las inundaciones sin precedentes que tuvo la ciudad de Chennai, demuestran, como dijo Suárez, que el activismo ya no es exclusivo de los activistas y que las barreras se están difuminando.

También lo resaltó Gómez al recalcar que se debe trascender la idea de que el activismo lo hacen un puñado de hippies, locos o extremistas. “Los de Greenpeace en sus inicios tuvieron que tocar fondo para volver a deconstruir la cosa y ponerla en práctica”, dijo Gómez. “Los crímenes ambientales los tenemos que considerar como de lesa humanidad. No acepto la violación infantil, de la misma manera que no acepto la minería en paramos. Entonces presiono, participo, comparto, me siento dueño, hago algo para que no suceda”, concluyó.

El activismo puede existir con múltiples temas. El ambiental, según Gómez y Suárez, tiene detrás investigación, cifras, diagnósticos y campañas. Entonces, no se limita a los ecologistas y toca a académicos, científicos, indígenas y negociantes.