Crónica en el Amazonas

Doce horas de yadiko

Uno de los bailes más importantes para los indígenas uitotos está siendo rescatado del olvido. Más que una danza, la ceremonia es el momento para resolver los problemas que preocupan a la comunidad.

El baile del yadiko es propio de los indígenas uitotos y se baila sobre un pesado palo pintado como una boa, dependiendo del momento del año. / Angélica Cuevas

Esta no es la historia de un baile que está a punto de desaparecer. Es la historia de un baile que renace.

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Son las 6 de la tarde del 1° de diciembre. Los hombres, sin camisa y con el torso pintado de negro, se acercan al palo de chontaduro pintado como una boa que atraviesa la maloca de la comunidad de Puerto Berlín, en Caquetá. El pie derecho de todos empuja el palo hacia el suelo una y otra vez mientras el cantante se apoya en una vara con cascabeles de semillas de cumare. Suda a goterones y comienza a cantar en uitoto sobre los espíritus de osos hormigueros, culebras y tigres. Mientras, otros 20 empujan el palo que golpea, golpea, golpea, golpea la tierra. Los ojos se les cierran a algunos mientras apoyan el cuerpo sobre las varas que evitan que les gane el coletazo de la boa.

Sólo tienen un paso: sudar y golpear, mientras la boa va haciendo un hueco en la tierra que en los mejores bailes alcanza el metro de hondo.

Las mujeres con la cara pintada con jɨzate y jɨgybe (dos plantas que ellas pilan y untan para pintar de negro a todos desde la noche anterior), se toman de las manos y se mecen con la pierna derecha al frente y la izquierda atrás. También tienen un solo paso frenético. El resto se suma, levantan la tierra seca de la maloca a ritmo del retumbe que, según dicen, se escucha perfecto a cinco kilómetros de ahí.

Cuando se acaba la canción, los hombres se llenan el cachete de mambe, polvo de coca que resulta de tostar, moler y cernir la hoja sagrada. Las mujeres chupan ambil, una pasta negra de tabaco y “sal de monte” sacada de cortezas. Canta otro grupo, duermen esporádicamente en las hamacas y vuelven al ruedo. Así será durante las próximas 12 horas de yadiko, un baile uitoto tan antiguo como la gente del mundo.

Maloca de Puerto Berlín. Resguardo Puerto Zábalo Los Monos. Juan Gabriel Soler

Para llegar a la comunidad de Puerto Berlín, en el resguardo Puerto Zábalo Los Monos, Amazonas, hay que salir desde Puerto Leguízamo, a orillas del río Putumayo, y recorrer una hora en carro por lo que parece ser el andén más largo y roto de Colombia, que conecta Putumayo y Caquetá. Así se llega a La Tagua, Putumayo, a orillas del río Caquetá. En un motor 150 [caballos de fuerza], un lujo, se esquivan los troncos caídos sobre las aguas doradas del río.

El fin de los maizales a la margen del río marca la entrada a territorio indígena. Cinco horas después, se llega a Puerto Berlín. Pero cinco horas no son nada. Para los que viven aquí, el viaje tarda días enteros a bordo de un peque: una guadaña con hélices adaptada al bote que imita más o menos a un motor. Ese viaje lo hicieron unas 150 personas de las 12 comunidades y asentamientos del resguardo, algunas a casi un día entero de distancia, y llegaron a la maloca de Puerto Berlín para entregarse al yadiko.

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Las cuatro vigas que sostienen la maloca de la comunidad de Puerto Berlín siguen frescas por la pintura blanca y roja, colores de clanes uitotos. Cada viga húmeda representa un baile: de la fruta, de la tortuga charapa, de la cacería y del yadiko. Cada una sostiene esta casa, y cada baile es una manera de organizar y controlar más de 400.000 hectáreas de resguardo, tanto política como espiritualmente.

“Cuando lo hacemos yadiko es para proteger a la gente de las enfermedades producidas por animales como boas o peces, prevenir males y purificar ambiente”, dice Ignacio Kiriateke, o Nacho, el dueño del baile del yadiko, y una de las dos personas en todo el resguardo que guardan el conocimiento para hacer uno. Por el ladito celebran Navidad, Día de la Madre y Día del Amor y la Amistad.

El otro es Reinaldo Ruiz y vive en Los Monos, la comunidad más cercana a Puerto Berlín. Ahí le enseña a sus hijos todo lo del yadiko. Aquí no. No ha enseñado el yadiko a los suyos y, por ser un baile heredado, sólo alguien que comparta su sangre. Cuando habla del tema, se pone ansioso. Tiene miedo. No es tanto que el yadiko pueda acabarse, al fin y al cabo él está vivo, pero ya ha pasado antes con otros bailes.

Camilo Andrade, un antropólogo que lleva trabajando en esta comunidad desde 2012, cuenta que bailes como el del canangucho se perdieron en la huida y muerte de los sabedores asesinados entre 1890 y 1932, cuando los indígenas uitotos fueron masacrados (unos 80.000, según el Centro Nacional de Memoria Histórica) y otros pocos huyeron por el río Caquetá y Putumayo para sobrevivir a la bonanza cauchera.

Para hacernos una idea, hoy en el resguardo Puerto Zábalo Los Monos hay 1.094 personas repartidas en 244 familias. Thomas Whiffen, un viajero alemán que llegó al Putumayo a principios del siglo XX, calculó que había entre 30.000 y 80.000 uitotos.

En términos prácticos, un baile de estos reencuentra a las comunidades que están separadas por la geografía. El yadiko es un baile para animarse y para reproducir el buen vivir. “Los golpes del palo imitan a la copulación”, dice Andrade, y la gente le cumple al baile en las chagras [los cultivos que administran las mujeres], en cabañas y matorrales. La boa danza y la gente se cura, y se hace más gente.

Ignacio Kiriateke, Nacho, Faitofiama. Foto de Angélica Cuevas

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Según cuenta Nacho, durante los ochenta y los noventa no se hizo baile de yadiko. Sí los otros cuatro. Su abuelo Antonio, en ese entonces el dueño del baile de la boa, estaba vivo. “Problemas, problemas en el territorio”, dice Nacho.

Entre 1970 y 1990, el medio río Caquetá vivió la bonanza cocalera, y muchos, sobre todo los que tenían tierra, empezaron a depender de la coca para poder acceder a aceite, jabón, medicamentos, mercado. “Muchos abuelos tenían coca y como en esa época no había tantos colegios dentro del territorio, con la plata mandaron a sus hijos a estudiar a Florencia, Bogotá o Leguízamo”, cuenta Luz, una mujer del resguardo.

En 1988, el gobierno colombiano en cabeza de un sudoroso Virgilio Barco entregó 211.480 hectáreas de resguardo en un acto público en La Chorrera, Amazonas. “Saludó por el megáfono en uitoto y dijo: ‘esta tierra se la devuelvo a ustedes’. Pucha, el público se paró a aplaudir. Pero en esa época estábamos peleados, los abuelos se morían, como 10 en un año. No alcanzábamos a dimensionar”, dice Luis Alberto Friagama, de la Asociación de Cabildos Indígenas del Caquetá (Acibac), una de las organizaciones afiliadas al resguardo.

 devolvieron a sus resguardos después de otros tres días y tres noches de río, y llegaron con la noticia de que estrenarían por fin el territorio que habitaban hace ya años. “Ahora todo esto era nuestro a ojos del gobierno colombiano”. Todo era suyo para repartir según ¿los límites tradicionales? ¿los nuevos asentamientos? ¿Los árboles que crecen en el monte?

Toda esa tierra que aún no terminaban de conocer, ni de saber en dónde sí o no plantar, ni qué pedacito era de qué familia. Toda esa tierra que había pasado por las caucherías, la bonanza marimbera, los ejércitos legales, ilegales y gringos, las balsas mineras, los madereros. Todo era suyo.

Por otro lado, el frente 14 de las FARC hizo presencia entre 1999 y 2004, así como el Ejército colombiano desde 1980, y el gringo entre 1993 y 1996, como parte del Plan Colombia. Y bueno, entre decidir qué autoridad es la que llevará el mando frente al Estado, quién recoge la plata y quién manda puertas para adentro, si el la tradición, el de las armas, o el de la plata, el abuelo Antonio, antiguo dueño del yadiko, dejó de bailar.

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Tuvo que quemarse la maloca tres veces, pero el baile volvió en 1993.

A sus 20 años, Nacho estudiaba para ser sacerdote en el Seminario Intermisional San Luis Beltrán, en Medellín, pero su abuelo lo convenció de que el yadiko sería su iglesia. Se sentaban en la maloca a mambear, y a las 2 de la mañana, cuando el abuelo Antonio terminaba de hablar, Nacho se iba poseído por una maña de monje copista y apuntaba todo hasta las 4 a.m. A las 5 ya debía estar despierto.

Cinco años después de que se volvió el yadiko a Puerto Berlín, el abuelo Antonio, que tenía 74, salió como siempre a bolear machete al maizal, pero una culebra talla equis lo tumbó para siempre. “Pero alcanzó a ponerme nombre tradicional. Faitofiama me llamó, significa astilla de árbol de mochilero”, cuenta Nacho.

Así se volvió dueño del baile por herencia y en gobernador del resguardo por voto popular. La maloca pasó a manos de su tío Máximo y por lo menos una vez al año, hay yadiko.

Solo los hombres pueden tocar el palo de yadiko. Las mujeres responden los cantos, pero solo unas pocas (casi todas adultas) saben cómo hacerlo. Foto de Angélica Cuevas

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Para un “propio yadiko” (el de 800 personas) hay una preparación. Quince días antes, las mujeres sacan yuca de la chagra para hacer tamales, casabe (una torta de almidón) y caguana. Los hombres pescan, hacen mucho mambe para que no falte. A la medianoche, Nacho hace ambil. A las 3 a.m. consagra la caguana (un líquido de almidón de yuca infaltable en las malocas) durante dos horas y a la noche del día siguiente, sin haber dormido, se embarca con una oración de 47 minutos en la boca para contarles a Los Monos lo que va a pasar el día del baile.

Esa noche el río Caquetá se serena, y solo cuatro personas y él, decorado con una corona de plumas de loro y los brazaletes que le heredó su abuelo, surcan el río. Tendría que tener puesto el collar de colmillos de tigre que le heredaron, pero todavía no tiene el poder de su abuelo, todavía no lo alcanza.

Faltando tres días, los bailadores empiezan a llegar llenos de las viandas que les mandaron traer para cambiar por ambil para entregarse a 12 horas de sudor y golpe en la maloca de sus anfitriones.

 

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Elmerson Nonokudo, un joven de 30 años hijo de cacique, que vive en el asentamiento de Las Delicias (de 49 personas) es uno de los que quieren seguir la tradición de los bailes. Aunque en su comunidad se volvió a bailar hace 14 años, en marzo hará su propio baile de frutas. “Por ahora, lo que lideran son los dueños de bailes porque hacen por [el resguardo] Puerto Zábalo”, dice Elmerson.

Así han ido resolviendo. El Plan de Manejo Ambiental que la comunidad construyó durante 2 años, y que echó a andar el año pasado, determinó que no se haría más minería ni explotación de madera para el comercio, y puso a los bailes como uno de sus pilares. Ese proceso de concertación empezó con un yadiko en la maloca de Puerto Berlín como el del 1 de diciembre, que entre otras cosas, celebró que 36 chicos del resguardo se graduaron de la Universidad de Los Andes en un programa de Fortaleza y Gobernanza que arrancó en 2016 y que contó con el Departamento Nacional de Planeación y la ONG ACT.

Elmerson es docente de su comunidad, por la noche oye las historias de su papá y luego comparte con sus estudiantes. Uno de ellos ya se sabe todas las canciones, otro se está aprendiendo los bailes. Foto Angélica Cuevas

Por ejemplo, en julio de este año, la Agencia Nacional de Tierras aprobó la extensión del resguardo para un total de 413.110 hectáreas. Al resguardo vecino, Monochoa, quedó en 154.790. Así conectaron los resguardos con el Parque Nacional Natural Chiribiquete con el Predio Putumayo. Los más de 10 millones de hectáreas protegidas bajo distintas formas en esa zona están por caracterizarse. Según Nacho, la zona de ampliación la conocen algunos abuelos, pero falta trabajo para poder controlar ese territorio: “Tenemos que visitar, saber qué árboles hay allá, saber quién va a controlar ese territorio con el mandato de los abuelos”. La misma zona desconocida, cerca del río Caguán y de la franja de inicio del Chiribiquete, es uno de los núcleos de deforestación que el IDEAM identificó y que persiste desde 2013, como para hacernos una idea de lo que se les trepa pierna arriba.

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El baile de la boa termina con la salida del sol. A las 4:30 de la mañana se baila poco, como si la gente guardara fuerzas para soportar lo que sigue. 20 hombres montan la pierna en el yadiko. Todos, los ciento y pico que asistieron, mambeados, trasnochados y sudando se enredan en una última danza que entra y sale de la maloca hasta que marcan las seis.

A las ocho de la mañana, desguindan las hamacas, despiertan a los niños y se pierden contentos, reptando en sus botes por el río Caquetá.

Foto Angélica Cuevas

*Infoamazonia.org es una alianza periodística entre Amazon Conservation Team, Dejusticia y El Espectador.