Biodiversidad colombiana

Dos guayabas y un madroño

Una de las frutas menos conocidas de Colombia fue desplazada al olvido por una parienta asiática.

Madroño, una de las frutas más exquisitas de Colombia. / Cortesía

¿Madroño?  ¿Eso qué es? ‒me preguntó sorprendida una amiga cuando la invité a conocer una de las frutas más exquisitas de mi finca. La llevé entonces a descubrir el fruto directamente en la planta y allí tuvo su segunda sorpresa. ¡Guaau!  -ladró maravillada, al ver el árbol de copa densa, perfectamente cónica y muy oscura, que empezaba casi desde el suelo. 

Fue necesario zambullirnos en el espeso follaje para descubrir los frutos ocultos. Explorar la copa de un árbol de madroño es como bucear en un arrecife de coral, no sólo porque hay que sumergirse en un nuevo mundo, sino por el color amarillo encendido de sus frutos y la textura rugosa de su cáscara. Al ver las apretadas ramas cargadas de frutas, los ladridos anglófonos de mi amiga se hicieron más enfáticos. ¡Guau, reguau, requeteguau!  ‒exclamaba sin parar.

Pero el éxtasis de su descubrimiento llegó cuando probó el primer madroño. El modo fácil y limpio como se rompe la cáscara entre las manos, la cantidad moderada de pulpa que tiene cada fruto y su sabor dulce y delicadamente ácido la cautivaron de inmediato, como han cautivado a todo aquel que conoce esta fruta extraordinaria. Estuvimos durante una hora sentados al pie del árbol, disfrutando como niños de las pilas de frutos que obteníamos durante nuestras inmersiones en la densa copa.

El madroño se ha cultivado por siglos en los trópicos americanos como un árbol ocasional y nunca ha sido particularmente común ni se ha producido en plantaciones. Además, la cosecha es estacional, por lo que es difícil encontrarlo durante la mayor parte del año. Así que a pesar de ser una de las frutas más deliciosas de Colombia, raras veces se ve en los mercados, y muchas personas, al igual que mi amiga, solo lo conocen de nombre, a través de la música popular.

Se hizo célebre en 1950 con el pícaro porro Ya voy Toño, de Darío Monsalve y su conjunto, un clásico navideño que aún hoy se oye por ahí de tanto en tanto: la historia del hombre que no se puede casar por pobre, pues no tiene más que el ombligo, dos guayabas y un madroño. Un tema tan exitoso, que muchos años después tuvo su seguidilla en la canción del paisa Gildardo Montoya ¿Te casaste Toño?, grabada desde entonces por varios grupos y más conocida hoy en día que su precursora.

Así que para muchas personas el nombre madroño está más asociado a las canciones picarescas, que a la exquisita  fruta. Los españoles lo llamaron así por su cáscara rugosa, que evoca al madroño ibérico, el fruto rojo de un arbusto común en la península. Es el que aparece representado en el escudo de Madrid, con una osa apoyada contra su tronco. Pero el parecido entre los dos madroños no va más allá de la cáscara. El interior del fruto y el sabor de su pulpa no guardan ningún parecido y las dos especies no están emparentadas.

Hay entre nosotros, en cambio, otros seis parientes cercanos del madroño, todos ellos de copa densa y frutos parecidos, aunque  de cáscara lisa. Algunos también son llamados madroño, especialmente en la zona andina, mientras que en la Amazonia se conocen con el nombre de bacurí. Al igual que su pariente rugoso, todos son escasos en cultivo y todos tienen frutos de delicado sabor.

Por este sabor exquisito y sutil, el madroño merecería en verdad un mejor puesto entre nuestras frutas más apetecidas. Pero nadie es profeta en su tierra. Mientras el rugoso fruto va cayendo poco a poco en el olvido, un hermano suyo de origen asiático, el mangostino, se ha hecho popular en Colombia, a donde llegó a mediados del siglo XIX. Curiosamente, el mangostino entró al país por Mariquita, justo el lugar donde Humboldt había descubierto el madroño en 1801. Y fue en el norte del Tolima donde prosperó y se extendió el mangostino, hasta alcanzar niveles de exportación. Y se ha ido difundiendo por el país hasta llegar a ser más familiar que su pariente colombiano. A tal punto, que cuando les describo el interior del madroño a personas que no lo conocen, a menudo me dicen: ¡Ah, como el mangostino!

A pesar del cercano parentesco entre el madroño y el mangostino, sus frutos son bastante diferentes. En vez de la forma elipsoidal y la cáscara rugosa y amarilla del madroño, el mangostino es casi esférico aunque un poco achatado, y su cáscara es lisa y de un color violeta profundo. Su pulpa tiene también la delicadeza del madroño, entre dulce y ácida, pero es más abundante. Sin embargo, yo de buen agrado prefiero la menor cantidad de pulpa del madroño, por el placer de disfrutar el hermoso color amarillo vivo y la exótica textura de su cáscara, en vez de la aburrida y lúgubre del mangostino. 


* Ingeniero agrónomo de la U. Nacional y Ph.D. en Ciencias de la U. Aarhus, Dinamarca.