Economía circular: medicina para un planeta enfermo

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La manera en que el mundo moderno consume enferma a los ecosistemas de los que depende la humanidad. Ahora, los países empiezan a adoptar transformaciones en sus modelos económicos. ¿Cómo va Colombia?

Todo lo que consumimos tiene un origen y es justo allí donde está la clave para transformar los modelos económicos actuales. La producción moderna debería demandar menos recursos naturales y apostarle a incorporar más materias primas resultantes de otras cadenas productivas, como en la naturaleza.

Cuando un árbol muere, su tronco y sus ramas se convierten en el alimento de innumerables organismos y microorganismos. Primero, en la madera muerta crecen variadas especies de hongos, perfectamente especializados para cada una de las fases de descomposición del árbol. Luego, las bacterias, los escarabajos y las larvas penetran el tronco. La madera se vuelve más abierta y húmeda, lo que atrae a piojos y milpiés, y a depredadores y parásitos, como moscas y avispas. Unos años después, la lluvia acelera el proceso de descomposición de la madera, y en esta fase, aparecen las lombrices de tierra y los insectos, que ayudan a que, eventualmente, el árbol se vuelva abono orgánico para el resto del bosque.

En la naturaleza nada es desperdicio. Un sistema bastante opuesto al de la sociedad moderna, que construye su economía a partir de una estructura lineal: comprar, consumir, tirar a la basura. Un celular, los envases y empaques de la comida o la demolición de un edificio, cuando se han usado (o incluso antes de cumplir su vida útil), se convierten en residuos que se acumulan durante años en los botaderos de basura.

La economía circular plantea transformar este modelo para “que los productos de hoy sean los recursos de mañana, formando un círculo que fomente la prosperidad en un mundo de recursos finitos”, según la definición de la Fundación Ellen MacArthur, creada en 2010 con el objetivo de acelerar la transición a esta nueva economía. Como en el ciclo del árbol, en este modelo se deberán aprovechar los materiales al final de las cadenas de valor de los productos, lo que reduce la demanda de los recursos naturales y la presión sobre los ecosistemas.

“¿Cómo lograr que los recursos naturales extraídos para bienes y servicios vuelvan a entrar en las cadenas de consumo?”, pregunta Juan Bello, jefe del Programa de Medio Ambiente de la Organización de Naciones Unidas de Colombia y punto focal para Ecuador y Perú. “En vez de extraer y botar, pasamos a un modelo en el que reutilizamos y aprovechamos”, agrega.

La urgencia de esta transición reside en que, durante las últimas décadas, la tendencia en los patrones de consumo demanda —cada vez más y de manera más agresiva— la extracción de agua, energía y los recursos necesarios para la fabricación de materiales. Con una población mundial en aumento y la generación de altas tasas de residuos, los actuales sistemas de aprovechamiento y disposición final son incapaces de hacer una gestión eficiente.

Es un modelo insostenible. “No es lógico. La cantidad de materiales que hay en los botaderos de todo el mundo es inimaginable. Incluso metales preciosos como piezas de oro usadas en aparatos electrónicos. Nuestro modelo económico actual es irracional para un planeta donde los recursos son finitos”, afirma Bello. Ahora, en plena recuperación económica pospandemia, es clave que los países conozcan los beneficios que ofrece la economía circular.

La presión que los patrones de consumo generan sobre los ecosistemas y su impacto en la salud del planeta llevaron a que países como Japón, China, Corea, Holanda y Escocia dieran los primeros pasos en la implementación del modelo circular.

Y en esa línea, en 2019, Colombia lanzó su Estrategia Nacional de Economía Circular. Álex Saer, director de la Dirección de Asuntos Ambientales y Sectorial Urbana del Ministerio de Ambiente, quien lidera la estrategia, cuenta que después de realizar 19 talleres regionales en todo el país, en un proceso articulado con los ministerios y sectores, lograron la hoja de ruta en la que se encaminará el país en la siguiente década.

El primer paso: fijar el rumbo

Con la consolidación de la estrategia de economía circular, el país le apunta a mejorar la productividad de los sectores económicos y “generar una nueva cultura de consumo, al mismo tiempo que promover un uso mucho más eficiente de los recursos del país para disminuir la presión sobre ellos”, afirma Saer.

La estrategia prioriza los materiales industriales, como aparatos electrónicos y eléctricos; los envases y empaques, como plásticos de un solo uso; la biomasa, como residuos orgánicos de cosechas y de plazas de mercado y domicilios; las fuentes de energía con la promoción de renovables, el uso del agua y los materiales de construcción y demolición.

La línea de envases y empaques es prioridad, dada la crisis ambiental desatada por la contaminación de los plásticos en los ecosistemas marinos. El Gobierno nacional, de la mano con la industria y los sectores, trabaja para lograr la implementación de soluciones en los eslabones de las cadenas de producción. Por ejemplo, la norma de responsabilidad extendida del productor busca que las empresas recuperen el 30 % —de aquí a 2030— del material que distribuyen en el mercado.

Pero todos deben estar involucrados. Victoria Almeida, gerente de Comunicaciones para América Latina de la Fundación Ellen MacArthur, señala que “la colaboración de los sectores es clave para avanzar en esta transformación. Los gobiernos juegan un rol muy importante, estableciendo una visión común y ambiciosa para alinear esfuerzos e inversiones. Colombia, Chile, China y Francia tienen mapas estratégicos y hojas de ruta”. Un avance que tiene al país como pionero en Latinoamérica.

Colombia lidera en la región, pero sus desafíos son grandes

Cada vez más, los sectores económicos adoptan la visión de la circularidad en el país. “Es un avance impresionante”, asegura Bello, “pero hoy todavía es más barato extraer recursos de la naturaleza que recuperar los materiales y ponerlos en las cadenas de producción. El subsidio a la industria de hidrocarburos, por ejemplo, hace que el plástico virgen sea más competitivo que el reciclado”, agrega. Eso es parte de lo que el país aún tiene por resolver. Desde el Gobierno, Saer reconoce que “muchas de las normas actuales responden a una economía lineal. Nuestro mayor desafío es la innovación normativa para eliminar las barreras hacia una economía circular”.

Entre las reglamentaciones que chocan con el nuevo modelo económico está la del servicio público de aseo, cuyo esquema de cobro incentiva a disponer los residuos en los rellenos sanitarios, lo que impide que materiales que se pueden aprovechar retornen al sistema productivo, entre ellos plásticos y residuos orgánicos.

Además, es indispensable que “todos los actores de la economía se comprometan con esta transición”, asegura Almeida. Las empresas deben cambiar sus modelos lineales de negocio, un proceso que requiere inversión, tecnología, innovación e investigación. Es necesario diseñar los productos para que, al disponerlos, puedan ser utilizados en nuevos materiales. Además, es clave que el Gobierno nacional trabaje con el sector financiero, con créditos para las pequeñas y medianas empresas que trabajen en el cierre de ciclo de los materiales, las cuales presentan una enorme desventaja frente a la productividad de las grandes industrias.

Adicionalmente, Bello señala que las universidades y los institutos de investigación, liderados por los ministerios de Ciencia y Tecnología, y de Educación, deben adoptar los nuevos conceptos en sus cátedras. “¿Qué están haciendo al respecto? Las universidades deben pasar la página de la enseñanza de los viejos modelos y adoptar las nuevas formas de funcionar”.

Sin embargo, es claro que de los últimos actores en la cadena productiva depende una de las condiciones más relevantes para asegurar la reutilización de los materiales: la disposición de los residuos finales. En los consumidores recae la enorme responsabilidad de que los productos se dispongan apropiadamente para que los recursos naturales del país sean aprovechados de manera más eficiente y así disminuir la presión sobre los ecosistemas. Una tarea que, aunque parece sencilla, los colombianos están lejos de realizar.

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