La contaminación amenaza los ríos andinos

El agua que estamos poniendo en riesgo

Gracias a una perfecta articulación natural entre los páramos, los bosques y las planicies, los ríos nos brindan agua para beber y consumir todos los días; sin embargo, estos ecosistemas son cada vez más vulnerables debido a las graves consecuencias de nuestras actividades y desechos que, además, ponen en riesgo la cantidad y calidad de este preciado recurso y su biodiversidad asociada.

El río Magdalena, el más importante del país, genera el 80 % del PIB nacional, el 70 % de la energía hidráulica y el 50 % de la pesca de agua dulce. / Cristian Garavito - El Espectador

“Por lo único que quisiera volver a ser niño es para gozar de aquel viaje”. Así lo escribió Gabriel García Márquez —uno de los más grandes e importantes autores colombianos— muchos años después de su primer viaje por el río Magdalena en 1943. El escritor, por supuesto, hacía referencia al gran río que recorrió muchas veces en su época de estudiante, cuando se desplazaba de su pueblo natal, Aracataca, hasta Puerto Salgar, en una travesía para llegar a Zipaquirá. Una travesía que las nuevas generaciones solo pueden revivir por medio de la historia del país y de los cuentos de sus abuelos. (Lea: Una patente colombiana para limpiar el agua con ultrasonido)

El Río Grande de la Magdalena —bautizado así por el conquistador español Rodrigo de Bastidas—, que corre por las cordilleras Central y Oriental del país, nace en pleno corazón del Macizo colombiano y ha sido el eje de desarrollo nacional y el punto de unión de los extremos del país. En sus riberas se crearon las primeras ciudades y a su alrededor prosperó la economía colonial; además del surgimiento de los “vapores”, embarcaciones que navegaban por el Magdalena y trasladaron a miles de pasajeros y toneladas de mercancía, permitiendo la comunicación entre la costa Caribe y el interior del país.

Esa, precisamente, ha sido su principal función: unir los distintos paisajes, poblaciones, culturas, actividades económicas y la riqueza natural del país que se encuentra en sus más de 1.500 km de extensión. Hoy, 32 millones de personas dependen de esta arteria fluvial que nace a 3.327 metros de altura en el Páramo de las Papas, en el Parque Nacional Natural Puracé, donde se origina la laguna de la Magdalena, que le da su nombre. Allí, en el departamento del Huila, inicia su camino el majestuoso río que, alimentado por más de 500 afluentes, atraviesa 128 municipios y 13 departamentos.

El Magdalena es el río más importante del país. Genera el 80 % del PIB nacional, el 70 % de la energía hidráulica y el 50 % de la pesca de agua dulce. Parece obvio, pero a muchos se les suele olvidar que el agua es el recurso que mantiene estas cifras y toda la economía a su alrededor. Por eso, es tal vez el mejor ejemplo para entender de qué depende la disponibilidad de este líquido vital para nuestra supervivencia.

Como el Magdalena, los ríos andinos en Colombia nacen de los páramos. Son estos ecosistemas los encargados de recoger cada gota de agua que proviene de la neblina, lluvia o deshielo para empezar el proceso de transporte. En este proceso intervienen después los bosques, que recolectan el agua y la trasladan hacia las quebradas y los ríos de una manera dosificada, un proceso al que se le conoce como regulación hídrica.

De este trabajo en equipo depende el abastecimiento de agua de las principales 14 ciudades del país; es decir, del 70 % de la población colombiana. El páramo del Parque Chingaza y los ríos que allí se forman, por ejemplo, proporcionan cerca del 80 % del agua potable en Bogotá. La mayoría de los habitantes de Cali consumen agua proveniente del río que lleva su nombre y del río Cauca. El río Sinú es el encargado de proveer agua a los monterianos y el mismo río Magdalena abastece a Barranquilla. (Le puede interesar: Tribunal del Tolima otorga derechos a tres ríos y detiene la minería de oro)

La provisión de este recurso vital en el país está completamente ligada a sus ríos; de su buena salud dependen tanto la cantidad como la calidad de agua que consumen los colombianos. Claro, antes de que el agua llegue al consumidor final, las empresas de acueducto y alcantarillado se encargan de potabilizarla; es decir, tratarla para que cumpla con óptimas condiciones físicas, químicas y biológicas, convirtiéndola en un líquido sin olor, sin color, sin sabor y libre toxinas, bacterias y patógenos.

Si esta limpieza es necesaria, entonces ¿por qué debería importarnos la calidad del agua que transporta nuestros ríos? Primero porque tiene consecuencias directas para nuestra supervivencia y nuestro bolsillo. Cuantos más procesos se deban hacer para purificar el agua, se puede cortar su suministro o mayor será el costo del recibo por el cobro de este servicio. Segundo, muchas comunidades rurales toman este recurso para regar sus cultivos y se alimentan directamente de sus fuentes hídricas; además, la pesca sigue siendo uno de los principales medios de subsistencia para muchos de ellos.

Los ríos que no fluyen

Nuestros ríos agonizan por la contaminación, los asentamientos humanos inadecuados y una deforestación descontrolada. Si tomamos el ejemplo del también denominado río de la patria, los problemas empiezan desde su nacimiento debido al mal uso del suelo y la transformación de los páramos, que están afectando su vocación natural: la producción de agua. (Podría leer: Senado aprueba ley que prohíbe plástico no reciclable en San Andrés)

Se estima que a 36 km de su nacimiento ya enfrenta problemas de contaminación. Más de 200 municipios a orillas del Magdalena vierten sus aguas residuales directamente al río. Otra de sus grandes problemáticas es la sedimentación, pues al eliminar sus bosques aledaños se están quitando los ecosistemas encargados de dosificar la cantidad de agua, permitiendo que arrastre todos los suelos que encuentra a su paso. De acuerdo con el libro ¿Para dónde va el Magdalena?, producido por Fescol y el Foro Nacional Ambiental, el Magdalena transporta hasta 184 millones de toneladas de sedimentos al año; gran parte llega a su desembocadura, en Bocas de Ceniza.

Debido a la mala salud del río, la pesca ha disminuido un 90 % desde 1970, según el Informe Colombia Viva, de WWF. Especies de peces con valor comercial como el bocachico del Magdalena (Prochilodus magdalenae) o el bagre rayado (Pseudoplatystoma magdaleniatum) prácticamente han desaparecido y están en peligro crítico de extinción.

Eso sin contar la cantidad de metales pesados que están alterando de manera permanente la vida de estos afluentes y de todos los que nos beneficiamos con sus recursos. Como lo asegura una noticia de este diario, en el país, más de ochenta ríos están contaminados con mercurio, afectando 21 departamentos y cerca de 400 municipios. (Puede leer: Ahogados en mercurio)

La pérdida de los bosques de galería o de ribera, la minería, la falta de ordenamiento territorial y el cambio climático explican por qué Colombia dejará de ser una potencia hídrica si no se preocupa por mantener la continuidad de sus ríos, su salud y su capacidad de amortiguar crecientes y sequías, así como de retener sedimentos. Por eso no estaremos exentos de una problemática aun más grave: la escasez de agua.

 
El ciclo del agua
El Espectador