Se estima que hay menos de 200 ejemplares en Colombia

El águila (casi extinta) que murió a manos de Corpocesar

Hace más de un año un campesino le entregó a esta corporación una hembra de águila real de montaña. A pesar de confirmar su buen estado no fue liberada. Su cautiverio esconde una serie de irregularidades.

Foto del águila real de montaña tomada en marzo, dos meses después de llegar a Corpocesar. Todavía un juvenil. Cortesía Fundación Águilas de los Andes

La necropsia dice que el águila llegó el 2 de enero de 2018. Era una hembra real de montaña, especie considerada en peligro de extinción. Tenía ocho meses cuando un campesino de San José de Oriente, un pueblo enclavado en la Serranía del Perijá, la entregó a la Corporación Autónoma Regional del Cesar (Corpocesar). Sin traumas ni disparos, ninguna herida. Era apta para la libertad, pero la mantuvieron en cautiverio. Un año de enredos después murió.

En un video de Corpocesar, publicado en Twitter, se le ve recién llegada. Todavía con plumas blancas, un color que suelen perder al mudar a adultas. Estaba encerrada en un cuarto blanco con baldosas y un pequeño tragaluz en el Centro de Atención de Valoración de Fauna y Flora Silvestre (Cavff) en Valledupar. Un espacio de menos de 25 metros cuadrados enfriado a punta de rociadores de jardín. Volaba de una percha a otra.

Al ver el video, los expertos en aves rapaces de la Fundación Águilas de los Andes contactaron a Édgar Patiño, director de la Red de Fauna del Cesar y encargado del Cavff. Acordaron que la corporación pagaría sus tiquetes, los científicos la revisarían y acompañarían el proceso hasta liberarla. La visita tardó hasta junio, para entonces iban seis meses de cautiverio sin justificación técnica.

Por fortuna el animal no se había acostumbrado a los humanos, lo que podía haber estropeado la liberación. Su reacción, por el contrario, era huir en cuanto intentaban atraparla. El plumaje ya mudaba a subadulto y estaba bien de peso. Por eso la bióloga Ana María Morales recomendó trasladarla a un recinto más amplio, para que pudiera moverse y así recobrar musculatura. Una semana sería suficiente para soltarla a su hábitat natural; no obstante había un “pero”.

Izquierda: registro de la revisión hecha por los expertos en aves rapaces de la Fundación Águilas de los Andes en junio. / Derecha: fotografía tomada en mayo, cuando su plumaje empezaba a mudar. Créditos: Corpocesar. 

“Nuestro interés principal es obtener información de cualquier especie”, dice Patiño al preguntarle por qué no la soltó como aconsejó la experta. Su intención era implantar un rastreador satelital en el águila. Este elemento se asemeja a un morral y reportaría todos los movimientos del ave desde la Sierra Nevada de Santa Marta hasta el Perijá, pero podía tornarse problemático para ella.

El águila real de montaña, llamada en los libros Spizaetus isidori, es un animal de bosque. Habita desde los 1.400 hasta los 3.300 metros sobre el nivel del mar, en clima templado, frío. Desde hace dos años el Ministerio de Ambiente la declaró en peligro de extinción, porque su población en Colombia se estima en menos de 200 ejemplares. Al regresar a la vida silvestre, esta hembra estaba en condiciones de reproducirse. Pero entre los árboles, con un rastreador similar a un arnés, hay un alto riesgo de enredarse. Aún así, la orden de Patiño fue esperar.

Un mes después, Morales viajó de nuevo acompañada de otro experto en rapaces, Sergio Reyes. Para ese momento el ave estrenaba recinto: una jaula más grande, efectivamente, con ocho metros de largo para volar, dos perchas en cada extremo, piso de tierra y una malla a los lados con polisombra. Antes había vivido allí una guartinaja, un roedor enfermo de un hongo, según lo confirmó Patiño. Un hongo poco común en animales.

En agosto, cuando Corpocesar consiguió quién donara el rastreador, regresaron los expertos. Ocho meses en cautiverio, un calor de casi 40 grados a la sombra, el pico herido de tanto chocar contra la jaula y un hongo en sus garras habían transformado al águila. Los veterinarios del Cavff le practicaron exámenes. El principal problema era su piel.

Resultados de sangre y fotos de la infección llegaron hasta Bogotá, a manos de Claudia Brieva, coordinadora de la Unidad de Rescate y Rehabilitación de Animales Silvestres (URRA) de la Universidad Nacional. Con esa información empezó a investigar. Una búsqueda en bases de datos científicos y una revisión a la literatura la llevó a concluir que “el hongo Fonsecae pedrosoi no ha sido reportado en aves”. Al final de un concepto técnico de cinco páginas, Brieva recomendó medicamentos mínimo por un mes. El peligro es que perdiera sus garras y nunca más pudiera cazar.

“Con todo lo anterior, solicitamos sea evaluada la situación y se inste a Corpocesar a fijar una fecha de liberación y el protocolo para el proceso”. Ese fue el llamado de urgencia que envió la fundación al Ministerio de Ambiente en una carta el 10 de septiembre. Nadie por fuera de la corporación supo más del ave, ni siquiera que había muerto.

Patiño dice que en enero empezó a perder el apetito y falleció. “La causa fue una obstrucción en el esógafo que le impedía pasar los alimentos. No se le detectó antes porque estaba en las mejores condiciones”. El lío es que la necropsia dice otra cosa.

Según Julio Aguirre, quien está al frente de la única Unidad Forense Veterinaria del país, “la muerte se debe a una infección generalizada por trauma, que es mucho más extraño aún. Es decir, tenía una herida tan grande y tan infectada que se le extendió en todo el cuerpo y se murió de eso. Pero lo que me confunde es que ninguna de las fotografías y descripciones dan cuenta de eso, faltan datos, no es congruente", concluyó al ver la necropsia, compartida por El Espectador.

Esas irregularidades, en palabras de Julio Suárez, director de Corpocesar, son cosas que pasan. “Yo les creo a mis científicos”, aseguró. Pero la pérdida de este ejemplar no debería ser en vano. La libertad no ha de tardar tanto. Los expertos en rapaces que la revisaron lamentaron la noticia: “Es una pena, ese animal merecía algo mejor”.

No son pocas las denuncias sobre el manejo de fauna silvestre en contra de las corporaciones autónomas ambientales (CAR) que llegan a la Procuraduría Delegada para Asuntos Ambientales. La falta de infraestructura es una de las mayores quejas. Según la entidad, el 47 % de las autoridades ambientales del país comparte esta falla.

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2019-04-14T21:00:00-05:00

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2019-04-15T09:01:40-05:00

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Camila Taborda/ @camilaztabor

Medio Ambiente

El águila (casi extinta) que murió a manos de Corpocesar

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