El lugar de la laguna escondida

A 15 minutos de Puerto Carreño, en el Vichada, existe un lugar de 4.800 hectáreas, donde se protegen delfines, nutria y jaguares.

A la laguna El Pañuelo van a refugiarse los delfines rosados y las nutrias. /Érika Gómez

Camuflado entre los árboles, el lamento de los monos aulladores es lo primero que se oye en las mañanas. A veces se funde con uno que otro pájaro que pasa y otras con los motores de los pocos bongos que a primera hora recorren el Orinoco. Por ser verano, las sabanas inundables aún pueden recorrerse caminando y una gran roca corona la entrada a la estación de la Reserva Bojonawi, a 15 minutos en motor de Puerto Carreño, Vichada, justo en la frontera con Venezuela.

Como la mayoría de las extensiones llaneras, este lugar perteneció hace 11 años a don Benito Munevar, quien lo usaba para criar ganado. Por eso el camino que se recorre para llegar a la laguna El Pañuelo, donde hoy crecen congrios, saladillos y yopos, antes era transitado por una manada de reses que probablemente ahuyentaban con su paso todo tipo de fauna. “De chigüiros sólo veíamos la huella, pero ahora tenemos manadas de 100 en una zona que llamamos la Isla”, afirma Jacinto Terán, motorista encargado de la reserva administrada por la Fundación Omacha.

Las 4.864 hectáreas protegidas que tiene la reserva no sólo ocultan dantas, lapas, faras, venados, pumas y dos jaguares, sino que esconden, en su interior, la laguna El Pañuelo, a la que van a pescar las madres toninas (como llaman a los delfines rosados) y los perros de agua (como les dicen a las nutrias.)

Si se viera desde el cielo, parecería que la laguna está protegida por un escudo de piedras negras, pues la rodean los afloramientos rocosos del escudo Guayanés. Unos gigantes que en invierno quedan sumergidos para que El Pañuelo y el Orinoco se conviertan en uno solo.

“Al llegar teníamos muchos problemas porque los venezolanos se metían a pescar a la laguna”, afirma Luis Ángel Trujillo, primer encargado de cuidar Bojonawi, quien por ser un hombre de río supo dibujar en la reserva, al crearla en 2004, los senderos que podían recorrerse. “Cuando llegué hicimos la identificación de biota y definimos los trayectos. Así comenzamos a trabajar. Estuvimos un año y medio, y yo siempre decía que la mejor manera para decirle a la gente ‘no haga esto’ es hacer acto de presencia”.

Por una reforestación nativa

Cuando anda por el Camino del Venado y se pierde entre los puentes de los bosques, Báiker Castaño, encargado de la reforestación nativa, es capaz de identificar cada árbol de la reserva. Hace pausas para mostrarnos la semilla del brasilero, apunta con seguridad el gran tronco del aceite y va recogiendo las pepas del pico de loro.

En su vivero, que se encuentra a 30 minutos a pie desde la estación donde se recibe a los turistas, tiene plantado el azafrán, que está en peligro de extinción, y el moriche, casi acabado por las quemas. Los árboles, todos nativos, han sido sembrados dentro del proyecto de reforestación que tiene la reserva, pues Bojonawi también hace parte de la biosfera del Parque Nacional El Tuparro.

Por esto los turistas que pueden visitarla por $5.000 se encontrarán con un pedacito de este gran parque. De repente notarán que están en un bolsillo de fauna escondido, donde las huellas de venado son evidencia de que algo bueno está pasando. Al anochecer oirán la respiración de los delfines rosados, del otro lado Venezuela se hará más oscuro, y escondidos entre los árboles los monos aulladores ya habrán callado.

 

 

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