En la cumbre del clima en la que boicotearon a Trump

En el panel, el único organizado por la Casa Blanca, había representantes de las industrias de petróleo, de carbón y de gas.

La sala era una de las más pequeñas de la Cumbre de Cambio Climático que desde hacía una semana  se había instalado en Bonn (Alemania). Apenas comenzó el evento, quienes se quedaron por fuera escucharon las voces de las casi 100 personas que habían logrado entrar al único evento organizado por la administración de Trump.

Los videos que inundaron Twitter mostraron a una multitud que sostenía pancartas que decían “Nosotros, el pueblo” y “La era de los combustibles ha acabado”, mientras entonaban una canción con versos como: “Ustedes dicen ser estadounidenses / pero podemos ver a través de su ambición”. Un boicot se había instalado en la charla en la que se discutiría “el futuro prometedor” de los combustibles fósiles, los principales culpables de que las temperaturas globales sigan trepándose en los termómetros, creando un escenario que podría desencadenar una catástrofe ambiental sin precedentes.

Yo estaba en el extremo opuesto de los enormes corredores, en una charla con indígenas amazónicos colombianos, pero al otro día me enteré de lo que pasó esa noche de noviembre. El boicot fue la puntada final de un mensaje que se coló en cada rincón de la Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático (COP 23): al menos durante esas dos semanas, el país que había elegido a Trump quedaría relegado al ostracismo político al retirarse del Acuerdo de París, el pacto más ambicioso para frenar el calentamiento global.

Desde la entrada era fácil ver muestras abiertas (y sutiles) del rechazo a la decisión del magnate convertido en presidentecomo el hashtag juguetón de la delegación francesa, #MakeTheWorldGreatAgain (“Hagamos al mundo grande otra vez”), en contraposición al lema de campaña de Trump #MakeAmericaGreatAgain (“Hagamos a Estados Unidos grande otra vez”); los comentarios de pasillo sobre el silencio de los negociadores gringos en las reuniones a puerta cerrada; o una estatua de la libertad cuya antorcha humeaba como una chimenea industrial, que un grupo de ambientalistas puso en una entrada de la Cumbre.

Pero EE.UU. no es Trump. Buena parte de los activistas que irrumpieron en el evento organizado por la minúscula delegación estadounidense eran ciudadanos de ese país. Y, de hecho, fue Michael Bloomberg, exalcalde de N. York, quien soltó uno de los comentarios más mordaces sobre el panel: “Es como si a una conferencia contra el cáncer de pulmón invitaran a la industria del tabaco”.

Esos EE.UU. que no son Trump se reunieron durante las dos semanas de la Conferencia en un complejo de domos inflables que, no sé si intencionalmente, parecían enormes iglús blancos. Bajo el hashtag #WeAreStillIn, “Seguimos adentro”, el America’s Pledge recogió la voluntad de 20 estados, 50 ciudades y 1.400 negocios estadounidenses que ratificaron su compromiso con la reducción de las emisiones de gases contaminantes.

Pero, a pesar de las buenas intenciones, una noche, mientras nos congelábamos en una fila para entrar a los domos iglús, una periodista española me señaló la metáfora obvia: “Quieren estar adentro, pero míralos: están afuera”. Aunque las ciudades y estados del America’s Pledge son tan poderosos que si fueran un país representarían la tercera economía del mundo, Estados Unidos, el país que los cobija, sigue siendo el contaminante número uno y el único con voz en las negociaciones internacionales de la ONU.

Al final de la COP, ya nadie recordaba el boicot de la noche del 13 de noviembre. La letra menuda del Acuerdo de París se siguió escribiendo sin contratiempos y el penúltimo día veinte países se habían comprometido a no comprar más carbón a partir de 2030. El “prometedor futuro” de los fósiles se quedó en el pasado. O, como me dijo Isabel Cavelier, directora de visión de Transforma y asesora sénior de la Misión 2020, “el mundo ya superó el anuncio de Trump. El mensaje es que esto sigue avanzando”.