Guardiana de la Amazonia peruana

Desde que la fotógrafa Vera Lentz retrató a Ruth Buendía cuando era niña, la indígena amazónica no volvió a ser reconocida hasta que en 2012 fue elegida como uno de los 100 ciudadanos de ese año por El País de España.

Ruth Buendía, indígena asháninka y activista ambiental. / AFP

La niña asháninka que había captado la atención de la documentalista por cargarse a su madre enferma en la espalda, en una canasta, había crecido enfrentando la guerra, el tráfico de madera ilegal y la construcción de una central hidroeléctrica que amenazaba con inundar más de setecientos kilómetros cuadrados de su selva peruana. Oculta entre los árboles de la provincia de Satipo, Ruth se había convertido en una líder ambiental que en 2014 fue reconocida con el premio Goldman, o el “Nobel Verde”.

En los ochenta, buscando controlar el valle del río Ene, donde vive la etnia amazónica asháninka, la guerrilla peruana de Sendero Luminoso se convirtió en un demonio para las comunidades. Ruth fue encerrada junto con su familia en una especie de campo de concentración amazónico, justo después de que los mismos asháninkas le dispararan a su padre, Rigoberto Buendía, creyendo que era simpatizante de los senderistas.

A los 21 años la mujer se unió a la Central Asháninka del Río Ene (CARE), una organización que defiende los derechos y el territorio de esta comunidad, la más numerosa de la Amazonia peruana, y en 2005 llegó a ser su presidenta.

En 2008 el gobierno peruano autorizó la construcción de la represa Pakitzapango, en la parte baja del río Ene, una central de energía que vendieron bajo la idea de que produciría más de 2.000 megavatios, atraería desarrollo para los nativos y más dinero para escuelas, centros médicos y comida. Pero mientras muchos de los asháninkas se creyeron el cuento, Ruth se fue a estudiar el cañón de Pakitzapango junto con ingenieros de CARE y la fundación inglesa Rainforest: la represa iba a sepultar el 65% de las tierras de cultivo de 10 comunidades.

Buendía se puso en la misión de evitar el proyecto. Un trabajo que se prolongó dos años. Viajó a Lima para hablar con funcionarios del Ministerio de Energía y Minas y terminó visitando Washington con su cara pintada de achiote. Se reunió con representantes de la Comisión Mundial de Derechos Humanos y en distintos países contó lo que ocurría en Satipo. La historia pasó por ministerios de medio ambiente e inversionistas y finalmente llegó a la constructora Odebrecht, encargada de financiar el proyecto Pakitzapango. “Si a pesar de todo no nos escuchan, correrá sangre”, dijo aquella vez Buendía.

Un año después, en 2011, Odebrecht se fue de la Amazonia peruana por presión de una carta que la Comisión había enviado al gobierno de Perú.

La niña que una vez fue retratada por Vera Lentz ya no les tiene miedo a las cámaras. Cada vez que tiene la oportunidad de pararse en un escenario con la cara pintada de achiote y su cushma marrón, cuenta la historia de la amenaza a su pueblo.