"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 7 horas
Es hidrólogo de la Universidad de Lyon

Jules Domine ha navegado más de cien ríos colombianos

En su kayak, surcando aguas de cualquier río que encuentre, este joven explorador francés ha conocido los rincones más recónditos del país.

Jules Domine llegó a Colombia en 2012, fue al Samaná y se quedó a defender la biodiversidad. / Archivo particular

Buscando los mejores ríos para hacer su deporte favorito, el kayak, un joven francés –hoy de 26 años- llegó a Colombia en 2012. Hijo de ‘kayakistas’ y científicos, Jules Domine, hidrólogo de la Universidad de Lyon, Francia, ha sido un explorador que prefiere navegar sobre las aguas dulces, pero si se trata de hacerlo por el aire, que sea por el empuje del río hacia una cascada, y tener los ojos bien abiertos para caer y volver a tomar rumbo sorteando rocas y remolinos.

Pensó que moriría una vez en México, cuando, junto con unos compañeros, luego de diez días inmersos en la naturaleza recorrieron un cañón que desembocó en una caída de aproximadamente 30 metros y abajo encontraron más piedras que agua. “No podíamos escapar”, cuenta; “el tiempo se dilata, los segundos se transforman en años; todos los detalles aparecen, la pequeña gota, el arcoíris, el musgo, la araña… todo eso en un segundo. No sentí pánico, pero si pensé que me iba a morir”. 

Cayó, se sumergió, subió a la superficie, respiró, cayó en otra caída, salió de nuevo y cuando ya sintió que se desmayaba  por falta de oxígeno, la corriente lo llevó a un pequeño remolino donde empezaron a caer sus amigos, equipos, botes… Finalmente lograron llegar a la orilla. Ese río les enseñó a respetar a la naturaleza.

Domine termina sus impecables frases en español con un “¿cierto?” Como buen paisa. Está radicado en Medellín y dice que aprendió español en la calle. “Esa es la belleza de Colombia, que el diálogo es muy fácil. Al principio hablaba mucho con los campesinos” dice y las primeras palabras que aprendió fueron yuca, plátano, arroz, vaca y mula.

En Colombia se siente como en casa “por la libertad y por el desorden ordenado que reina sobre todo el país. Porque aquí nada es seguro, todo es posible”. Así, empezó a recorrer ríos como el Atrato, el Cusiana, el Margua, el Putumayo, el Dormilón, y se sabe sus nombres más que cualquier profesor de geografía colombiana.  En todos tiene una y mil historias.

El río Magdalena

Para explorar el río Magdalena llegó a San Agustín donde lo esperaba su compañero de viaje Morgan Arnaud. Subieron a Quinchana, en la estrella hídrica más emblemática del país, subidos en el techo de una chiva. “Era un lunes, con todos los borrachos regresando a sus fincas y con sus niños. Todo era un festival, era una chiva muy popular y muy cargada. Yo tenía el kayak encima de unos tubos metálicos, cajas con pollos, más tubos y finalmente estábamos nosotros, como a 30 metros encima de la carretera”, cuenta, y remata: “pero eso sabor”. 

Continuaron en mula por el camino que bordea el río hasta llegar a la vereda San Antonio, y pasaron la noche en casa de una campesina que les pidió permiso de utilizar sus mulas para bajar 50 kilos de opio. “Era la forma de sobrevivir de una abuela que vivía allí con unos niños y no era violenta”. A cambio los llevó hasta el río, que en ese punto es un riachuelo prácticamente innavegable. Pero se lanzaron. “Este cañón era estupendo, con selva, musgos y plantas que no habíamos visto en ningún lado. Llegamos a un punto donde el cañón se pone muy angosto y muy cerrado. Teníamos que caminar por las orillas cargando el kayak que es muy pesado”. Así, recorrieron el río desde su nacimiento, y desde entonces no ha parado de explorar ríos, perdiéndose mil veces, pero aquí está, contando estas historias. “Creo que la misión que teníamos en Colombia era una historia más allá de la exploración deportiva o turística”, dice.

El río Apaporis

Su kayak fue la mejor carta de presentación con las comunidades indígenas cuando navegó el río Apaporis porque se parece a las canoas, medio de comunicación ancestral con el que se identifican fácilmente. Iniciaron de nuevo desde el propio nacimiento cerca del pueblo La Tunia, cerca de la Serranía de la Macarena.

“Empezamos a bajar y bajar, y esta franja amazónica al principio es como el preludio ya impactado por deforestación; después entramos en la propia Amazonas, en una franja inhabitada que existe entre San Vicente del Caguán hasta el Parque Nacional del Chiribiquete, durante ocho días, remando todo el día, donde solo había animales como guacamayas y dantas. Un lindo día nos despertamos, empezamos a remar y hacia el amanecer, en esta inmensidad plana, apareció una masa oscura en el horizonte: era el Chiribiquete. Decidimos subir el cerro. En el camino nos dimos cuenta de que está compuesto por miles de pequeñas mesas como legos con espacios de tres o cuatro metros entre cada uno. Así que es un laberinto por debajo y cuando usted está arriba está en una isla y no hay manera de moverse. Entre estas grietas estupendas yo soñaba con descubrir petroglifos y pictogramas, y de pronto levanté mis ojos y ahí estaban. Son pequeñas paredes como debe haber miles por todo Chiribiquete y estaban un poquito borradas por el tiempo, por el agua.  Se podía imaginar una escena de caza con un leopardo pero no se podía descifrar toda la historia”. 

Subieron hasta la cima. “Estábamos ahí mirando a 360º una extensión de creación orgánica sin la intervención de la obra humana… podíamos estar en otro planeta, no había manera de decirlo. Selva y selva en todos lados, el aire como uno no se puede imaginar, y plantas que no había visto jamás. En menos de diez metros cuadrados había 30 tipos de orquídeas diferentes, palmas… una locura. Mirando el atardecer caer y la noche era como un mundo bidimensional… la selva negra y todas las estrellas, es poderosísimo, no sé puede describir con palabras. Es incapturable. En la mañana la neblina, los árboles, la serpiente del río Apaporis que se perdía en la infinidad de esta selva… es espectacular. Solo tener en el pensamiento que la naturaleza en un lugar de Colombia está todavía intacta y que la obra maestra del tiempo todavía sigue imperturbada es una fuente de felicidad y de seguridad hacia el futuro”.

De nuevo en sus kayaks, Dominé continúa el relato: “el Apaporis se angosta, poco a poco se baja en un cañón y ahí las paredes con su formación geológica, depósito de sedimentos, musgos, infiltraciones minerales… es como una pintura de Jacanamijoy; es como si la tierra hubiera pintado con el agua todas sus emociones sobre estas paredes. Entonces uno se queda en silencio; uno no quiere perturbar esta armonía. Uno sigue, el río se abre de nuevo el cañón y ahí se une con otro río. Luego uno se empieza a encontrar con un paisaje más o menos icónico de Colombia como lo son las plantaciones de coca porque el Vaupés y Guaviare tiene producciones inmensas. Siguiendo más abajo, entramos a zonas de culturas indígenas muy intactas, comunidades bonitas, limpias y la gente casi desnuda pero sin vergüenza.  No existe el estrés, para ellos es vivir el día a día, buscar comida y nada más. Es tan simple que uno puede sentir un poco de celos por esta gente. Uno sigue esta bajada, rema todos los días y mira todo esto tan sorprendente. Pasamos por estas cachiveras o cataratas, que es por lo que este río es tan prístino. Hay muchas en el río Apaporis para nuestra gran felicidad porque nos gusta perturbar la monotonía de estos meandros sin fin”.

Llegaron a la región de Pacoa y Buenos Aires donde el río es como una autopista donde circulan muchas canoas y finalmente, Jirijirimo. “Después de 22 días de recorrido llegamos al atardecer; la luz penetraba en las gotas de agua y las hacía brillar y se siente como una fuerza muy atractiva, como si fuera un punto de conexión y comunicación con la tierra. La mitología indígena dice que ese es el nido de la anaconda, y Jirijirimo es todo poderoso; es la única barrera natural que tiene el Apaporis, es decir los peces no se pueden intercambiar. Es como si dos mundos acuáticos hubieran quedado separados. Uno llega allá y ve toda esa agua que se encierra en ese pequeño cajón y siente la tierra vibrar y estas energías naturales en todas sus formar poderosas y uno ve que este aliento de la tierra es como una respiración. Nosotros queríamos bajar Jirijirimo en kayak, hubiera sido como abrir una puerta a lo que se puede hacer con los ríos. Desafortunadamente nos tuvimos que devolver”, no sin antes navegar a cierta distancia y abrir los brazos como una expresión de abrazar el río y la naturaleza. “Fue la entrega de mi persona y de mi tiempo en la Tierra a su poder”, remata. 

El río Samaná

A Domine los ríos le hablan. Y su historia con el río Samaná, en Antioquia, inicia en el río Stikine, en Canadá, al que llama “la reina de los ríos del norte, el Everest del kayak”. Y aunque lo había recorrido en otras ocasiones, “un día este río me llamó y me dijo ‘tienes que hacer esto solo’”. Fue la prueba de pasar a la vida adulta, dice. “No fue difícil ni peligroso pero al final, como uno se puede comunicar con el río por loco que parezca, supe que había que volver a las cosas que uno amaba, que había que andar con un propósito y no solo disfrutar todo el tiempo y seguir de ríos prístinos en ríos prístinos. Me dijo que si emprendía esta tarea me daría todo, que iba a tener una buena vida pero que tenía que cuidar el agua y los ríos. Este mensaje no hizo click al principio pero cuando volví a Colombia, me acordé del río Samaná y entendí que esa era la misión”.

Su primera exploración al río Samaná Norte se inició una noche en el municipio de San Luis. El Samaná lo sedujo por su belleza: “Era la inocencia, estar en un paraíso en donde uno se vuelve un niño sencillo que aprecia todo lo que ve. El agua era clara, la temperatura perfecta, la selva que emanaba perfumes que recopilan la historia olfativa de miles de especies naturales. Había pájaros, tucanes, micos, hasta las serpientes eran bonitas y tantas mariposas… Además, este río tenía las orillas de un granito muy duro esculpidas por miles de años de erosión, con formas muy artísticas, con bejucos que caían al agua, las flores… Era una cosa del otro mundo. No había un pedacito deforestado, era una zona prístina. Había miles de peces bajando, cascadas, cañones, descubrimos cosas que nunca habíamos visto como mariposas del tamaño de un balón de fútbol”. Allí, conversando con los lugareños se enteraron del proyecto que propone construir una hidroeléctrica. “Yo creo que eso es un resumen muy bueno de lo que era Colombia en el año 2013. Maravillas y pesadillas”. 

Ahí entendió la misión de la que le habló el Stikine: inició con su compañera Tara Davis una empresa para llevar a colombianos y extranjeros a explorar y conocer esta región, promoviendo también expediciones científicas para identificar especies. Son, a su juicio, muchas las riquezas naturales y sociales que alberga. Allí además como parte del recorrido, los exploradores tienen la posibilidad de hablar con los campesinos, quienes relatan historias que pasan de la euforia al horror; es una oportunidad para intercambiar conocimientos.

“Cada una de las personas que llevamos al río Samaná –y que son ‘bautizadas’ por el río- se transforman en un aliado. El río tiene este poder de convicción”, dice. Al tiempo, ha estudiado las leyes colombianas y el mercado de la energía en Colombia, lo que son los escenarios de postconflicto, el conocimiento científico de la biodiversidad colombiana. 

“Eso no ha hecho sino reforzar mi amor por Colombia, mi admiración por los colombianos y mi deseo de obrar por los ríos y el agua en Colombia porque yo creo que el agua es el alma de Colombia con una abundancia que no se ve en ningún otro país, una densidad en el tejido hídrico impresionante y también un abuso y mal uso de estos recursos”, dice. 

El Samaná es tributario del Magdalena, río que para Domine “ha hecho todo por Colombia: permitió la exploración, fue un eje de comunicación, limpió la sangre del conflicto y permite que los colombianos vivan”. Su posición es conciliadora con la compañía Celsia, encargada de la construcción de la represa Porvenir II: quiere creer que la propuesta es por falta de conocimiento y explica en palabras claras que un río es como un libro: “Usted va leyendo el libro y si yo le arranco cien páginas de la mitad (una metáfora por represar un río), la historia ya no sirve.  Eso es la hidroelectricidad: quebrar la conectividad ecológica de una entidad”, dice este profesional de la hidrología, que además ha surcado y se ha sumergido en aguas dulces buena parte de su vida. 

Y para continuar con razones, los botánicos encontraron una palma endémica de la zona que bautizaron Argos, en honor al Grupo empresarial del que hace parte Celsia. Si se construye la represa, “el grupo Argos perdería la palma en su nombre, y aunque algunos individuos pudieran quedar en las zonas no inundadas eso no garantizaría la sobrevivencia en el tiempo de esta especie”. Pero remata: “No estamos en contra de la hidroeléctrica; estamos a favor de algo mejor.  Si uno va  a criticar, además en un país que no es el mío, lo importante no es solo criticar sino ofrecer alternativas mejores, como el turismo de naturaleza, la valoración de la biodiversidad…eso tiene un futuro económico”. 

El conocimiento de la naturaleza

Este parisino expedicionario de los lugares más recónditos e insospechados a través de las aguas que son como las venas que dan vida a la naturaleza se ha enfrentado con la guerrilla, ha tratado de conciliar con la empresa privada, ha vivido con campesinos y todas estas experiencias demuestran en sus relatos una mirada integral del territorio.

Ha sido capaz también de desechar una interesante oferta de empleo y de aceptar por seis meses un trabajo peligroso entre las montañas suspendido con cuerdas en alturas haciendo perforaciones y soldaduras, manejando explosivos. Con ese capital inició expediciones que le enseñarían más que las operaciones matemáticas para medir flujos de aguas naturales y manejo de cuencas hídricas. En la naturaleza está el conocimiento verdadero, asegura. 

Los mamos y Guatapé

Por su relación con su suegro Wade Davis, Jules Domine ha conocido de cerca los pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta. A comienzos de este año, cuenta, los mamos le dijeron que querían visitar un sitio que en Antioquia presentaba un gran desequilibrio, un lugar donde había una piedra grande alta. Debían ir a sanarla. Pensando que podría ser la piedra del Peñol y el embalse de Guatapé, los acompañó.

“Aquí va a pasar algo muy grave”, dijo el mamo, e inició la ceremonia. Pero con una no bastaba y sucedió semanas más tarde la tragedia a finales de junio de este año. ¿Coincidencia? No es posible saberlo. Lo que si asegura Dominé es el poder de conexión de los mamos con la naturaleza y su sensibilidad hacia las actividades humanas que la afectan.