La comunidad que busca salvar al roble negro de la extinción

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En Colombia, entre 1985 y 1993, la cobertura de bosque de roble se perdió en un 43 % y hoy apenas el 9 % del corredor donde habitan los robles negros y blancos mejor preservados del país está bajo alguna figura de protección. Desde hace menos de un año, 65 familias de 15 veredas de Santander y Boyacá monitorean estos robledales para evitar que desaparezcan.

A algunos municipios de Boyacá y Santander todavía llegan camiones cargados de robles que son utilizados en hornos para preparar almojábanas o, incluso, para transformarlos en los tradicionales barriles de vino. Las motosierras, la expansión de la frontera agrícola y las quemas para producir carbón vegetal han sido las principales amenazas de esta especie que, por su dureza, ha sido utilizada desde el siglo XIX para la construcción, agricultura, medicina o la preparación de alimentos. (Lea: El roble negro en Colombia: una carrera contra el tiempo y las motosierras)

En un artículo publicado en la revista Colombia Forestal, Dora María Moncada, bióloga de la Universidad El Bosque, explica que estas actividades “restringieron el espacio de los robledales a pequeños fragmentos discontinuos [y que] entre 1985 y 1993 la cobertura de bosque se perdió en un 43 %”. Por eso, ante este panorama, un grupo de pobladores de la frontera entre Boyacá y Santander, liderado por una joven de veinte años, adelanta desde finales de 2019 un proceso para conservarlos.

El roble negro, en cuidados intensivos

Colombia es uno de los países con más biodiversidad y en materia de robles no se queda atrás. Aquí habitan dos variedades de este árbol: el roble blanco (Quercus humboldtii), que hasta hace cuarenta años era la única variedad de roble en el país, y el negro (Colombobalanus excelsa), un hallazgo para la ciencia mundial que el ingeniero forestal Jesús Eugenio Henao hizo en 1979, cuando era jefe del Parque Nacional Natural Cueva de los Guácharos (Huila). Desde entonces, hace parte de la lista de especies endémicas de flora de Colombia.

En Quindío, Tolima, Caldas, Risaralda, Valle del Cauca, Neiva, Boyacá, Santander y Chocó se ha registrado presencia de robledales blancos y negros, y en algunos casos su estado de conservación no es favorable. En Boyacá, por ejemplo, los robledales de la vereda Aguabuena, del municipio de Ráquira, fueron los más afectados por la extracción de los árboles, la ampliación de la frontera agrícola y la quema debida al aumento de la demanda de carbón vegetal.

El roble negro, en particular, a pesar de estar bien distribuido por varias de las regiones del país, es considerado por la mayoría de Corporaciones Autónomas Regionales (CAR) una especie en avanzado grado de extinción, principalmente por la extracción de su madera. Incluso, el Libro rojo de plantas de Colombia lo tiene clasificado como una especie vulnerable y hay investigadores que creen que se debería considerar una especie en peligro crítico. (Puede leer: Plantas invasoras: riesgo para la flora y fauna del páramo de Santurbán)

Se caracteriza por ser de madera fina, dura y pesada, y puede sobrepasar los cincuenta metros de altura. Además, es reconocido por ser un gran captador de carbono, pues logra retener más carbono que los árboles de la Amazonia. “La tala ilegal es uno de los problemas que afectan al roble. La sobreexplotación de esta especie por la alta demanda del mercado y la falta de respaldo de las autoridades para la veda de su madera son algunos de los factores que han llevado a tener esta triste situación”, dice Miguel Pacheco, experto en bosques de WWF.

Además de enfrentar estos peligros, la baja tasa de crecimiento por año también es la responsable de la disminución de sus ejemplares, como señaló, en un artículo publicado en septiembre de 2017, el investigador César Parra Aldana a Mongabay Latam: “Los árboles fructifican y dan semillas, pero de las pocas que germinan nacen árboles que mueren siendo pequeños. Hay una población vieja. Muchos árboles van a empezar a morir y, como no tienen descendencia, la viabilidad para la especie es mínima”.

Esa justamente fue la hipótesis que hace poco corroboró Silvia Pedraza, una joven de veinte años oriunda de Charalá, Santander, y que en menos de un año se volvió la protectora de los robles mejor cuidados de Colombia. El corredor de conservación Guantiva-La Rusia-Iguaque, ubicado entre Boyacá y Santander, abarca una superficie de 141.293 hectáreas y aunque esta es una cantidad significativa de bosque andino y alto andino, solo el 9 % de su área está bajo una figura de protección.

La idea de monitorearlos

Para conservar este tesoro natural que siempre le apasionó, en diciembre de 2019 Silvia comenzó a liderar un proceso de monitoreo comunitario, en el que participaran niños y expertos agropecuarios recolectando datos del bosque de robles una vez al mes. “Empezamos por los datos meteorológicos para compararlos y entender, por ejemplo, la incidencia que tenía el clima en su estado”, cuenta. Ahora es coordinadora ambiental de Agrosolidaria sección Charalá, la organización encargada de los monitoreos.

Para organizar los datos recopilados en las parcelas, la comunidad que trabaja con ella se divide en dos grupos: uno de análisis y otro de monitoreo. Luego, esa información se sistematiza y se organiza en gráficas para explicarles a los habitantes los logros que se han alcanzado y motivarlos a seguir conservando. “Hemos socializado los resultados con cuarenta niños y ochenta docentes de los 18 colegios de la región con los que tenemos convenio y muchos de ellos han decidido convertirse en los guardabosques de su terreno”, añade Silvia.

La relación entre la baja tasa de crecimiento por año y la disminución de los ejemplares de roble negro a la que se refiere el investigador Parra Aldana, ha sido uno de los objetos de estudio del monitoreo. “El corredor, por estar ubicado en un sector tradicionalmente ganadero, registró durante algunas décadas altos índices de deforestación y esa actividad dejó grandes secuelas en el ecosistema, principalmente en la reproducción de estas especies de árboles”, cuenta Silvia.

Para comprender el proceso reproductivo, Silvia y sus compañeros de Agrosolidaria hicieron un análisis de la fenología reproductiva de estos robles y encontraron que hay bastante presencia de árboles adultos, pero no de juveniles. Recolectaron datos suficientes para identificar los períodos claves de la etapa de su reproducción y han observado que algunas de las semillas de roble negro o blanco no se han desarrollado porque algunos animales se las comen antes de que maduren o porque el terreno en que están no es el más adecuado.

Además de compilar la información en el Bioforo (centro de memoria digital de la biodiversidad de esta zona que crearon), la comunidad que Silvia lidera ha integrado a su economía el proceso de monitoreo. Desarrollaron la “Ruta del Roble”, un recorrido turístico que promueve la conservación, la restauración y el uso sostenible de los bosques de robles blancos y negros, así como tres orquidearios, que albergan cerca de 180 especies de orquídeas.

Otro de los proyectos que Agrosolidaria tiene en marcha es un semillero para reforestar el bosque. Por medio de trampas, la comunidad está recolectando las semillas para analizarlas y conseguir los sustratos adecuados para luego poder sembrarlas. Aunque Silvia confiesa que aún hace falta que algunas de las herramientas estén más adecuadas al contexto de la comunidad y sean de fácil acceso, añade que han avanzado en capacitaciones de cartografía, manejo de la información y espacios de intercambios de experiencias. (Le puede interesar: Las plantas también se están extinguiendo a un ritmo alarmante)

Principales resultados

Lo que hace un año era un sueño, hoy es una valiosa iniciativa de conservación de un roble que solo encontramos en América y que lleva más de un siglo siendo depredado. Ahora 65 familias de quince veredas de Duitama (Boyacá), Encino, Charalá y Coromoro (Santander) hacen parte de Agrosolidaria, un proyecto que sigue creciendo. Pese a que al principio les tocó valerse de recursos propios y de la economía solidaria para sacar adelante el proyecto, estos pobladores ya tienen el apoyo técnico del IDEAM, WWF y otras organizaciones.

“El proceso de monitoreo ha llevado a que la comunidad comprenda la importancia de estas especies y el estado de conservación en el que se encuentran los bosques. Nos ayuda a cambiar la conciencia de producción que tenemos por tradición”, dice Silvia. Las iniciativas locales, sumadas al apoyo técnico de expertos en conservación y herramientas científicas, permiten que en los territorios se puedan tomar cada vez más decisiones sostenibles que salven, como en este caso, a una especie de flora en peligro crítico de extinción.

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