La estrategia de los campesinos de Cundinamarca para adaptarse al cambio climático

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Los habitantes de la alta montaña se enfrentan a cambios en sus territorios: lluvias y sequías cada vez más extremas. Para adaptarse a estos fenómenos implementaron medidas como sistemas silvopastoriles, apicultura, huertas orgánicas, monitoreo del clima y restauración ecológica.

“La mujer en el campo no tenía retribución económica. Veía que nosotras trabajábamos más que los señores, pero nunca teníamos dinero ni un sueldo fijo. Se nos ocurrió hacer una asociación en la que las mujeres del municipio pudiéramos ejercer nuestras profesiones y transformarlo en nuestro negocio”, cuenta Gilma Rodríguez, campesina de la vereda El Uval (Sesquilé). Así fue como hace veinte años, trece mujeres, la mayoría amas de casa y cabezas de hogar, decidieron conformar la Asociación de Mujeres Emprendedoras de Guatavita (AMEG) con el propósito de comercializar productos derivados de la leche como queso, panelitas y yogures, y resaltar sus costumbres tradicionales. (Lea: Exploradores forestales: los guardianes del bosque en la Amazonia colombiana)

En 2018 Gilma renunció a la asociación para hacerse cargo de la educación de José Alejandro, el menor de sus hijos. Pero su interés por los proyectos productivos seguía latente. “No sabía qué hacer en mis terrenos. Quería estar en el campo, pero no le veía mucha importancia (…) Solo tenía vacas y gallinas, y necesitaba alguien que me guiara para lanzarme”, confiesa la mujer de 44 años. En esa época, el proyecto Adaptación a los Impactos del Cambio Climático en la Alta Montaña estaba comenzando su fase de implementación en las áreas intervención, entre estas la zona rural del municipio de Sesquilé.

Esta iniciativa está ejecutada por el Ministerio de Ambiente y la ONG Conservación Internacional Colombia, y financiada por el Banco Interamericano de Desarrollo y el Fondo para el Medio Ambiente Mundial. El objetivo es enseñarles a las comunidades que habitan cerca a los páramos y en ecosistemas altoandinos cómo adaptarse a las variaciones de temperaturas, las sequías prolongadas y las lluvias intensas, que ya comienzan. Conservar los ecosistemas de alta montaña, de los que hacen parte los páramos, es fundamental porque prestan beneficios esenciales, como regular el clima y suministrar agua.

Julio Velandia es agricultor y uno de los líderes que hace parte de la red de monitoreo del clima en la alta montaña. Un día, asegura, miró con asombro cómo llovía fuertemente en su finca Los Alisos y cómo en el predio de Blanca, una de sus vecinas, ubicado a menos de dos kilómetros, no estaba cayendo ni una sola gota. “Antes teníamos claro cuándo era verano o invierno y en qué fechas se presentaban las heladas, ahora se volvió imposible predecirlas y nuestras actividades económicas se han empezado a afectar. Ya se sienten las consecuencias del cambio climático”, añade.

Para entender la variabilidad climática en cada predio, los habitantes emplean herramientas como el pluviómetro (para calcular la cantidad de agua que cae en un metro cuadrado) o el termohigrómetro (que mide la temperatura y la humedad). “Con ellas encontramos que, aunque la distancia entre ambos terrenos es poca, la fluctuación puede ser bastante grande. En mi finca, por ejemplo, el 21 de junio de 2019 llovió 25 milímetros por metro cuadrado y el 7 de junio se registró una temperatura máxima de 22 °C, un récord para la región”, dice Julio. (Le puede interesar: El oro en el Chocó está en su biodiversidad)

Al mes, la red de monitores recolecta cerca de 64 datos y los promedia para conocer la humedad relativa, la temperatura, la precipitación y el nivel de lluvias en sus fincas, toman registros una vez en la mañana y otra en la noche. Luego, grafican los resultados y los socializan entre los habitantes de la vereda a través del boletín Nuestro tiempo, que comparten por WhatsApp. Con las cifras y el apoyo de un equipo técnico, buscan plantear estrategias que les permitan adaptarse a los fenómenos de variabilidad climática, para no cambiar drásticamente su modo de vida ni los procesos productivos.

El proyecto, que ya ha favorecido a 64 familias campesinas y contó con US$4 millones para su implementación, se dividió en dos fases. En la primera, el grupo de expertos se encargó de crear análisis de escenarios climáticos probables. Estudiaron coberturas vegetales, uso de suelo, tipo de productores, posibles cambios de temperatura y precipitación para 2040, 2070 y 2100 de las microcuencas de los ríos San Francisco y Chipatá (área del páramo de Chingaza), Chisacá (área del páramo de Sumapaz) y Guandoque (área del páramo de Guerrero).

Con el apoyo de varias entidades, como el IDEAM y las Corporaciones Autónomas Regionales, elaboraron una serie de mapas con los que determinaron dónde se registrarían los cambios hidrológicos, de temperatura y precipitación más drásticos. En la segunda etapa, “establecieron cuáles eran las áreas más vulnerables. Entre ellas estaban las zonas cercanas a los páramos, que han sido intervenidos y cuyos suelos han sufrido impactos negativos que han acarreado graves consecuencias”, dice Patricia Bejarano Mora, coordinadora nacional del Proyecto GEF Alta Montaña.

A partir de esta gestión del conocimiento y aterrizada la realidad de las áreas donde se desarrollaría el proyecto, se pasó a identificar cuáles eran las medidas que se implementarían. “Esto fue un diálogo de saberes, pues por un lado nosotros hablábamos de lo técnico, de soluciones basadas en la naturaleza con una perspectiva de adaptación basada en ecosistemas que fuimos uniendo con el gran conocimiento de las comunidades de su territorio. La participación de las familias ha sido el ingrediente principal de esta iniciativa”, agrega Bejarano Mora.

Además de monitorear el clima, en las veredas de los municipios donde se realiza el proyecto (Sesquilé, Guatavita, Guasca, Tausa, Cogua y la localidad de Usme, en Bogotá) se han puesto en marcha otras medidas que buscan gestionar un paisaje sostenible a través de la transformación de prácticas productivas, como ganadería y agricultura, y una estrategia de restauración ecológica con la que se quiere recuperar los ecosistemas claves para regular el clima y ayudar con el abastecimiento de agua.

De ese proceso ha hecho parte Raquel Rodríguez, campesina de la vereda El Uval. En su finca El Placer, que heredó de sus padres, empezó a emplear sistemas silvopastoriles en los que combina los árboles con pasturas y animales dentro de una parcela. “Yo tenía ganado de levante, que son los animales que están destinados para la venta de carne. En esa época, por la presencia de los animales, la pradera se resecó. Los predios habían cambiado un poco en su apariencia, todo era pelado”, dice. (Le puede interesar: En Colombia están los manglares más altos y conservados de América)

Durante el proceso de renovación de praderas, en la finca de Raquel hicieron subdivisiones. Una hectárea la dividieron en tres áreas, en dos de ellas sembraron árboles nativos de la región y la parcela restante la destinaron a la cría del ganado. Las especies plantadas, cuenta, ayudan a proteger al ganado, mejoran la fertilidad y las condiciones físicas de los suelos. Una oportunidad para que la ganadería sea más productiva y con mayor carga de cabezas de ganado por hectárea. Además, garantiza la protección de la diversidad biológica en los ecosistemas pecuarios.

Rogelio Prieto Jiménez, agricultor de la vereda Ranchería, también cambió sus prácticas ganaderas gracias a este proyecto y se enamoró de las abejas, convirtiéndose en un gran apicultor. Para él, preservar las abejas es fundamental por el papel que juegan en la polinización y preservación de ecosistemas, y le garantizan su seguridad alimentaria y la de su familia. “Aprendimos a sacar el polen, el propóleo y la miel. Empezamos con nueve colmenas hace como dos años y ahora la cifra aumentó a 34. Con el apoyo de los técnicos pude transformar esta actividad en un sustento”, añade.

Las huertas caseras y la elaboración de abonos, también orgánicos, y fertilizantes naturales han sido otra medidas que el proyecto ha promovido para que las comunidades se adapten al impacto del cambio climático. En los terrenos de su finca, Gilma instaló una pequeña huerta con la ayuda de su hijo José Alejandro. “Para evitar usar químicos, como pesticidas, para cuidar la producción, los técnicos nos enseñaron a usar y elaborar biofertilizantes, creados con estiércol de vaca, por ejemplo. Los microorganismos ayudan a recuperar la flora del suelo y producen melaza para que se activen los organismos”, cuenta.

Por ahora la producción de las huertas garantiza la seguridad alimentaria de las familias y durante la pandemia ha sido fundamental. Gilma y los demás campesinos esperan que más adelante esta alternativa pueda ser otra fuente de ingresos. El proyecto ya está llegando a su fin. La comunidad espera seguir afianzando sus lazos, recuperar costumbres, empoderar más a la mujer, mejorar la seguridad alimentaria y enganchar más a los jóvenes para que se convenzan de que en el campo sí hay posibilidades de construir una vida.

Con sus iniciativas de monitoreo del clima, apicultura, gallinas de pastoreo o felices, huertas caseras orgánicas, renovación de praderas, abonos naturales, sistemas silvopastoriles y restauración ecológica de los ecosistemas, buscan ser un ejemplo que se replique en las demás regiones de Colombia donde están los otros 47 páramos del país. (Lea también: La comunidad que busca salvar al roble negro de la extinción)

Páramos y salud humana

Según WWF, estos ecosistemas son claves para que los colombianos estén sanos por tres razones:

- En Colombia hay un 1′400.000 hectáreas de páramo, una fábrica natural que produce el 70 % del agua que consume el 85 % de los colombianos.

- Son esponjas que regulan los flujos del agua por su alta capacidad de retener líquidos en sus suelos. Sin esta regulación habría más inundaciones.

- Retienen grandes cantidades de gases de efecto invernadero. Se estima que el subsuelo de este ecosistema retiene más de mil toneladas de CO2 por hectárea, mientras que el de las selvas retienen 50 toneladas por hectárea.

Los páramos son muy frágiles frente al cambio climático, pues este ha tenido un impacto sobre las lluvias que los nutren y el aumento de la temperatura reduce sus espacios. Según el Ideam, de aquí a 2030, el 56 % de los páramos en Colombia podrían desaparecer.

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