La guajira que sirve crepes en un restaurante hecho de reciclaje

Con estibas y cajas de cerveza Yeimis Villazón construyó las mesas, con el vidrio de un carro elaboró el recibidor de la barra, y de las chatarrerías de su pueblo, Barrancas, al sur de La Guajira, sacó filtros que utiliza El Cerrejón y los convirtió en muebles.

Yeimis Villazón /El Espectador

Siempre le ha gustado el arte. Disfruta crear, descifrar, aprender. Su imaginación es cosa de locos, pero su pasión es la cocina: inventar, mezclar, alegrar la vida, el paladar. Dice que todo lo logrado por ser “cucuriaca”, palabra que en castellano significa inquieta, curiosa, emprendedora.

Esta es la historia de Yeimis Villazón, una ama de casa guajira que sirve crepes en una casa abandonada que convirtió en un restaurante hecho de reciclaje en una esquina de su pueblo, Barrancas, al sur de La Guajira. Para hacerlo, tuvo que pedir ayuda en colegios, chatarrerías y plazas de mercado.

¿Cómo lo hizo?

Los pensamientos que pasaban por la mente de las personas cuando llegaban por primera vez a “Laly’s crepes” coincidían: ¿Crepes? Un invento citadino. Una palabra en inglés. Algo desconocido. Un rollo de tortilla hecho de harina de trigo con verduras, salsas y proteína parecía extraño.

Pero más extraño les resultaba verse en un local esquinero de puerta metálica y piso de baldosa lisa, de repente sentados en sillas de biblioteca, sobre mesas que realmente eran tablas de carpintería y frente a una barra de servir que no era más que una puerta, limada y pintada, sobre pilas de cajas de cerveza. Todo estaba hecho de reciclaje: las mesas, los asientos, el mostrador, los centros de mesa, los cojines y las decoraciones. “¿Cómo lo hizo?”, le preguntaban al entrar.

“La idea surgió a finales de 2016 por una amiga que fue a Bogotá a un restaurante reconocido de crepes y me dijo que ese negocio podía ser muy bueno y no tan caro. En ese entonces yo no sabía cómo se hacían los crepes, es más, ni sabía que se llamaban así”, narró Villazón a El Espectador.

Hacer crepes era todo lo que Yeimis estaba buscando. Económico, novedoso y propio. Al principio pensó en un camión de comidas rápidas, algo que pudiera ubicar “en cualquier parte”, pero no tenía dinero para la materia prima. Incluso, nunca lo tuvo. Comenzó entonces a buscar locales, pero aseguró que eran muy costosos. Apenas tenía lo de los utensilios y la comida gracias a un préstamo de un millón de pesos que sacó a cuotas.

 “Para iniciar un negocio uno debe tener una base y yo esa base no la tenía. Así que caí en cuenta de una casa abandonada que le pertenecía la exsuegra de una hermana. Negociamos con ella para que nos la alquilara a cambio de que yo se la arreglaba porque esa casa ya tenía más de un año de estar desocupada”, expresó la guajira.

La falta de presupuesto no detuvo a esta ama de casa, quien al tiempo que conseguía un local para su restaurante fue de puerta en puerta, colegio en colegio, chatarrería en chatarrería, buscando materiales para reutilizar y así poder amoblar su negocio. 

Foto: Cortesía El Espectador

“Nunca he dado por hecho que algo no sirve y ya. Si se le puede buscar otro uso, para mí sirve. Por eso me pregunté, ¿Por qué no hacer mi restaurante con cosas recicladas? En esa búsqueda viajé a Venezuela y conseguí, por ejemplo, una lámpara y algunos utensilios, en los colegios me regalaron unas sillas de biblioteca escolar y en el mercado me dieron las estibas (tablas con las que montan las cargas en los conteiners)”, explicó.

La lámpara sirvió de decoración, con las estibas de madera y cajas de cerveza hizo las bases para las mesas, una máquina de coser antigua sirvió como mostrador, y con el vidrio de un carro elaboró el recibidor de la barra. También sacó de las chatarrerías los filtros que utilizan los camiones de la mina de carbón El Cerrejón y los limpió, pintó y convirtió en muebles. Los centros de mesa son botellas y frascos de compota.

Foto: Cortesía El Espectador

Una vez acordado el trato de la casa abandonada, Yeimis y su familia le dieron vida. Con la ayuda de su esposo, Luis Peláez, que es albañil, y sus dos hijos, Alymeleth y Luis Esteban, de 8 y 7 años respectivamente, empezaron a reconstruir la vivienda.

Lijaron paredes, lavaron, secaron, barrieron, trapearon y pintaron. Se demoraron un mes exacto en terminar de arreglar la casa. Las ventanas, que son mesas, las pintó de rosa, otras sillas que hizo con llantas de carros y retazos de tela de azul, los centros de mesa de blanco, e hizo dibujos abstractos con los mismos tres colores para escribir mensajes sobre las paredes.

En una de ellas, el lema de su restaurante: “El placer de servirle”. En otra, pasajes bíblicos porque dice ser cristiana y, en otra, el nombre "Laly’s Crepes" en grande, que surgió de juntar sus iniciales con las de su esposo e hijos.

Además, del techo cuelgan bolas de papel de revista que hacen las veces de lámparas, así como mariposas y flores hechas con tijera, y con los retazos de un plástico de colores que pegó en la parte superior del pasillo que comunica las mesas con la cocina también creó una división entre estos dos espacios. “Me acuerdo que mi mamá duró toda una noche en hacer solo una de esas figuritas”, narró su hijo Luis. 

Enfrentando la tradición

Según Villazón, este proyecto humilde también representa un reto por enfrentar la tradición de su tierra y buscar que los guajiros aprendan nuevas formas de alimentarse.

“Lo más duro ha sido mantenerme porque es difícil dar a conocer un nuevo producto. Pero sobre todo enseñarle algo nuevo a personas que tienen cosas tan arraigadas como es la gastronomía de acá. Sin embargo, cuando la gente entra al restaurante siente admiración. Es que es algo reciclable pero no se ve feo, se ve atractivo. Me dicen, 'qué chévere que se haga algo diferente acá en Barrancas', en donde comen chivos, animales silvestres, conejos, guaras, iguanas, etc”, dijo Villazón.

Y es que no es para menos, sobre todo si se tiene en cuenta que la mayoría de las personas que entran al restaurante de Yeimis nunca antes habían probado un crepe. A pesar de esto, lo único que le falta, dice ella, no es dinero sino que los guajiros pierdan el miedo de conocer nuevos sabores y sensaciones.

“Si yo hubiese tenido la plata lo hubiese hecho mucho mejor pero igual con material reciclable. Fácilmente hubiera podido comprarme dos mesas Rimax y 8 sillas y con eso iniciaba pero no quise eso. Quería hacer algo que además de servir, que para mí es un placer, contribuyera y marcara la diferencia”, concluyó.  

 

Izq. Alymeleth Peláez Der. Yeimis Villazón. Foto: Cortesía El Espectador

 

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