En la localidad de Tunjuelito

La mujer más verde del sur de Bogotá

Con creatividad, inspirada en videos de Youtube y lecturas, Martha Torres convirtió su casa en un ejemplo de sostenibilidad. Pocas veces necesita el agua del acueducto, pues utiliza agua de lluvia, cultiva una huerta comunitaria, recicla y reutiliza.

Martha Torres vive en el barrio Nuevo Muzú, en Bogotá. Tiene un perro, Déxter, y un pato, Federico.Cristian Garavito.

En medio de una espesa capa de humo gris, que lo cubre todo y disuelve el perfil de las cosas, sobresale un oasis al lado de una zona industrial. Es la casa de Martha Torres, ubicada en el barrio Nuevo Muzú, en Bogotá.

Martha compró su casa hace diez años y desde entonces no ha parado de hacerle remodelaciones. Su preocupación por el desperdicio de alimentos y agua, cuando hay miles de personas que están muriendo de hambre y sed, así como el maltrato y la caza de animales, la deforestación y el consumismo inconsciente han hecho que tenga un sentido de responsabilidad con el planeta.

—Soy una ambientalista que todos los días piensa cómo reducir el impacto de sus actividades cotidianas sobre la naturaleza —dice—. En mi casa nada se desperdicia, todo tiene una razón de ser. Hasta una pequeña araña es intocable porque su presencia es esencial dentro del ecosistema.

Las bolsas de leche, por ejemplo, las lava, las pone a secar durante algunos días y luego las cose para crear una gran bolsa de basura, mucho más resistente y duradera que las comerciales. También utiliza las latas de cerveza y gaseosa para hacer faroles, las cucharas desechables para construir muñecos, los cartones para decorar las paredes, la caja de los huevos para hacer alguna manualidad, las llantas para convertirlas en materas, los discos para hacer relojes, las conchas que vienen en la cazuela de mariscos para adornar los espejos. Guarda absolutamente todo, con un orden que asombra.

Los residuos orgánicos de su cocina los mezcla con los excrementos de Federico, un pato blanco que adoptó, y después los utiliza en un jardín que construyó al frente de su casa, donde antes solía haber un terreno abandonado lleno de viejos colchones, llantas y muebles. Después de limpiarlo durante tres meses con la ayuda de Javier, su esposo, Martha sembró varias plantas y ahora sus vecinos pueden agarrar tomates, moras, apio, yerbabuena, pepino guiso, caléndula y cilantro cuando lo necesiten. Es una huerta comunitaria. Un pedazo de tierra fértil y verde que va en contravía en un barrio gris.

De lo que más se siente orgullosa es del sistema de agua lluvia que ha construido y que le permite tener una capacidad de almacenamiento de hasta 25.000 litros. En la parte trasera de su casa instaló un plástico invernadero, que funciona como techo del patio. De esta manera, cuando llueve, toda el agua se desliza hasta las canales y llega a tanques subterráneos. Ahí el agua queda en reposo y pasa por un tratamiento de limpieza para luego ser distribuida por toda la casa.

El agua potabilizada llega a la cocina, las duchas y los lavamanos, y es usada para lavar la ropa blanca. El agua lluvia, sin tratar, la utiliza para hacer el aseo general de la casa, regar su jardín, bañar a Déxter, el perro, y lavar la ropa oscura. El agua con jabón, que queda de la lavadora, es la que reutiliza para los inodoros.

—El agua que acumulo me alcanza para tres meses sin que haya llovido. Puedo vivir tranquilamente sin el agua del acueducto y, si llueve demasiado durante varios días, tengo hasta para compartirle a mi vecina —cuenta Martha.

La idea es que más adelante su casa funcione con paneles solares, pero, por ahora, Martha usa mangueras negras que están dentro de botellas de plástico puestas sobre el techo. Cuando el sol está en su máximo esplendor, las botellas se calientan y transmiten el calor al agua dentro de la manguera, lo que les permite bañarse con agua tibia cada mañana.

—Cuando empecé a leer y a comprender el mundo de otra manera, tomé consciencia de mi impacto en este planeta. Lo grave es cuando hay gente que lee más, tiene muchos otros conocimientos, más recursos económicos, y aun así no hace nada. ¿Usted puede creer eso? Es un crimen —dice, y no entiende semejante “acto de estupidez e ignorancia”.

En el patio sembró un árbol de aguacate y en la terraza uno de café, una planta que se cultiva entre 1.100 y 1.800 metros de altitud, no a 2.600 metros sobre el nivel del mar. Pero con el plástico invernadero, que la mantiene en calor, y una sombrilla que la protege de la luz intensa, Martha logró que creciera y diera fruto. También tiene una piscina, decorada con piedras a su alrededor y una tortuga gigante pintada en la pared para simular “el mar y su tranquilad”.

La piscina la construyó hace ocho años para su hija Sharick, de 12 años, que desarrolló el síndrome de Asperger, un tipo de autismo que conlleva dificultad para la interacción social y repetición de conductas. Cuando estaba más pequeña se encerraba en su habitación mientras dibujaba o leía el mismo libro: Anatomía del cuerpo humano.

—Yo no iba a permitir que mi hija se quedara sin la posibilidad de compartir con los amigos del barrio —dice Martha con un tono de orgullo—. Entonces dije: “Si los niños no quieren jugar con mi hija, porque no la entienden, voy a hacer algo para que no quieran irse de acá nunca más”. Así que traje cemento, ladrillos, baldosas y empecé a construirle una piscina con jacuzzi a Sharick para que se relacionara con los demás. Luego esto se empezó a llenar de gente y mi hija estaba ahí, siendo la anfitriona de la fiesta, socializando por primera vez.

Sharick es una artista en potencia. A su corta edad ya ha participado en diferentes obras de teatro donde ha hecho de vendedora de dulces, payasa, burro, enfermera del corazón, campesina y ángel. Es dulce y risueña. Enamorada de la vida y del arte. Soñadora empedernida: un día quiere estar debajo de la torre Eiffel y al otro atravesar el continente asiático de punta a punta. Quiere ser diseñadora de modas, modelo, pintora y directora de cine.

—Sabía que algo raro estaba pasando con mi hija, pero no sabía exactamente qué. Además porque nadie en la casa me creía y los médicos no daban con el chiste. Pero un día cualquiera, un muchachito se asomó por la reja de mi casa y vio que Sharick estaba jugando con una pelota y lo dejé entrar, ¡porque quería que mi niña tuviera amigos! Pero ella estaba en su mundo, él le hablaba y ella ni siquiera lo determinaba, como si no existiera. Finalmente el muchachito se aburrió, pero antes de irse me gritó: “¡Su hija es una bruta!”. Eso fue una cachetada que me hizo reaccionar. 

Desde entonces Martha no ha parado de usar su ingenio y creatividad para crear un entorno amigable para ella y su familia con un mensaje de responsabilidad social. Muchas de las cosas las ha aprendido experimentando y muchas otras viendo videos en Youtube o leyendo libros.

—Mi casa era la más fea del barrio, de eso no hay duda —cuenta, burlándose de sí misma y recordando la época en la que su hogar era un basurero y escondite de los ladrones del sector—. Cuando se la mostré a mi hijo mayor, él se quedó parado frente a la puerta, viéndola en silencio, estupefacto, y después me dijo: “Esto es una porquería mamá, ¿qué te pasa?”. Y tal vez lo era, pero yo le prometí que algún día sería la más hermosa de todo este sector. Ahora creo que lo es.

Este hogar fue levantado a pulso. Martha no sólo estaba construyendo su futuro sino enterrando un pasado tormentoso que durante años la había perseguido. Nació en Líbano (Tolima), el 31 de agosto de 1972. Es la mayor de seis hermanas.

—Mi pasado es parte importante de lo que soy ahora. Tuve una infancia terrible, dolorosa, aguantando hambre, con maltrato físico y verbal, como un perrito callejero que anda de casa en casa porque nadie lo quiere tener cerca, sin absolutamente nadie que se preocupara por mí. ¿Mi papá? Una porquería que manoseaba a las niñas. ¿Mi mamá? Una mujer sin amor por sus hijas.

Llegó a Bogotá por primera vez a los ocho años. Al parecer alguno de sus parientes la habría regalado a una familia de la capital para que hiciera de empleada doméstica, una clase de explotación infantil. Ahí permaneció dos años más hasta que una noche,  cansada del mal trato que recibía, decidió escaparse. Eran las 8 p.m. (lo recuerda con nitidez) y aprovechó que todos estaban concentrados viendo Los Cuervos, una exitosa serie de televisión de la época, para irse y no regresar. Abrió la puerta. Se fue sin nada en las manos. Estuvo en la calle dos días más hasta que alguien la ayudó. Regresó a su pueblo, del que siempre quiso escapar. Tenía 11 años, pero ya había vivido mucho.

—Ahí empezó mi vida de rebelde. Me convertí en una mujer soberbia, trataba mal a todo el mundo, me la pasaba en la calle. Pero conté con una ventaja siempre: quería estudiar, superarme, ser alguien en la vida, convertirme en una mujer culta. Jamás miré para abajo, siempre para arriba.

Aunque no tuvo la oportunidad de hacer una carrera, se siente como una ingeniera sin título. Sin embargo, le gustaría entrar a la universidad, “pero tendría que estar mucho tiempo por fuera de la casa y Sharick me necesita con ella, más en esta etapa de la adolescencia”, dice.

—Las personas creen que yo hago todo esto en mi casa porque tengo plata o tiempo de sobra, pero no es así. Lo esencial es la determinación, las ganas de generar cambios en el mundo.