Laboratorio de esperanza

Después de más de un año recibiendo recursos y financiación, un proyecto con pescadores de este municipio podría ser la prueba de que es posible construir prácticas sostenibles de pesca que además resultan lucrativas para la comunidad.

Pescadores en plena faena en Bahía Solano, Chocó. / Santiago La Rotta
Pescadores en plena faena en Bahía Solano, Chocó. / Santiago La Rotta

Sin mayores grandilocuencias, lo que sucede actualmente en Bahía Solano puede llegar a ser el laboratorio para una revolución en la forma como se explotan y se consumen los recursos marinos. Toda revolución suele conllevar una carga de traumatismo, de incertidumbre ante los alcances del cambio, el abismo de lo nuevo. Esta no es la excepción.

Desde 2012, la Red de Frío de pescadores de Bahía Solano (una agrupación que reúne a cuatro asociaciones con poco más de 40 miembros) participó en un proyecto con diferentes organizaciones para producir pescado de alta calidad, apto para ser consumido en Bogotá máximo dos días después de su extracción del mar. La explotación, además, debe hacerse de forma artesanal para asegurar la preservación de los peces y, en últimas, del oficio mismo del pescador.

Para lograrlo, la Red de Frío recibió el apoyo de la Fundación Mar Viva, el Fondo Acción, Conservación Internacional y el restaurante Wok, que se unieron, en el marco de un programa llamado Eco Gourmet, para entregar recursos, conocimiento y un socio comercial que comprara la producción de la Red.

Los retos: muchos, todos. ¿Cómo hacerle entender a una comunidad (fraccionada, en muchos casos) que resulta más sabio pescar en menor cantidad y con métodos que a primera vista se anuncian menos eficientes y más duros de emplear? ¿Por qué hacerlo difícil cuando siempre ha sido mucho más fácil? Una variación del elogio a la dificultad, quizá.

“Una gráfica en la que se veía cuánto pescado habría en unos años si seguíamos como hacíamos siempre: eso fue todo para mí, porque si no hay pescado, ¿cómo ser pescador?”. Emilio Medina, uno de los miembros de la Red, hombre de manos recias que halando la línea de pesca puede sacar 40 kilos del agua en un solo envión. Un hombre de sonrisa fácil que repite varias veces: “Esto ha sido una lucha social”.

Una lucha social para entender y después convencer a otros de que hay que desechar la atarraya y la red de arrastre. Que retrocedan al nylon y el anzuelo grande. Que devuelvan al agua lo peces que no tienen una talla específica, que regresen las especies amenazadas. Una lucha social para sembrar una conciencia que en medio de la faena en el agua puede resultar paradójica: el abrazo infinito del mar se está agotando.

La conciencia es un asunto. Las acciones, otro. Instalar un cuarto frío en medio del calor tropical, en una de las zonas más húmedas del planeta. Implementar un sistema que garantice el suministro de hielo para los pescadores en alta mar; siempre llevar hielo al salir al agua. Establecer un sistema contable y un presupuesto, ponerse al día en impuestos; asegurar legalmente la tenencia del lote en donde se instaló el cuarto frío.

En pocas palabras, formalizar una actividad que al lado de la abundancia del océano Pacífico siempre se dio espontánea, natural. Sin mayores consideraciones por la calidad del producto, el punto esencial era capturar más para poder vender más. Pero más no es mejor, a veces es simplemente más.

Menos parece ser mejor, al menos eso dicen las cifras de la experiencia en Bahía Solano. De no haber implementado prácticas responsables, que a su vez aseguran la compra del producto por parte del socio comercial, los pescadores de la Red de Frío habrían tenido que sacar 83 toneladas más del agua para igualar su actual nivel de ganancias.

Después de poco más de un año de ejecución del proyecto, y de otro tiempo más cultivando la relación comercial con Wok y recibiendo capacitación de Mar Viva, la Red de Frío ha quedado en sus propias manos. Los recursos de Conservación Internacional y del Fondo Acción ya fueron girados ($250 millones). Las bases para la revolución, parece, ya están puestas.

En la reunión de entrega del proyecto hubo oraciones y abrazos, aplausos y una cierta euforia que resulta contagiosa.

Tal y como sucede en la faena de pesca, lo que resta es esperar, ver si la idea de un oficio sostenible queda.

Los resultados de esta experiencia podrían ser la piedra angular para proyectos en otras costas del país, la comprobación necesaria de que es posible construir comunidad y conciencia ambiental, al mismo tiempo que se alimenta un negocio que resulta lucrativo para ambas partes.

“Hoy no hay nadie en Bahía Solano que no haya escuchado de pesca responsable”, cuenta Medina. Es un buen comienzo. Ojalá y la palabra ruede.