Las pequeñas revoluciones de Colombia

Las Agencias de Desarrollo Económico Local, iniciativas que se empezaron a implementar en los primeros años de este siglo, han sido los mejores ejemplos de cómo se pueden lograr cambios en los territorios de la mano de las comunidades. Cauca, Boyacá, Santander, Nariño y Antioquia son algunos de casos exitosos.

Cortesía Red Adelco

A mediados de junio de 2017 los habitantes del norte de Boyacá y del sur de Santander recibieron una noticia que habían estado esperando por mucho tiempo. Después de más de un siglo de estar fabricando uno de los productos más populares de Colombia, les entregaron un importante documento. El día 30 de ese mes el bocadillo pasó de ser un popular dulce artesanal a convertirse en un importante artículo. La Denominación de Origen Protegida, que aprobó la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC), era el resultado de un esfuerzo de varios años y de muchas personas. Una pequeña revolución.  

Los detalles detrás de esa historia tienen un lugar especial en la baraja de recuerdos de Zoilo Pallares. Economista y candidato a doctor en Economía de la producción y de desarrollo en la Universidad de Isumbria, en Varese (Italia), él cree que lo que sucedió en ese territorio es un buen ejemplo de cómo lograr verdaderas transformaciones. 

Sus términos son un poco más académicos: “A lo que me refiero es a un proceso que permitió la reforzar la pertinencia al territorio y organizar a una comunidad para que produjera algo de manera colectiva. Fue todo un hito que culminó con este reconocimiento de la SIC y con la posibilidad de abrir mercados internacionales”. 

A lo que se refiere Pallares es a un proyecto que empezó de manera formal en Colombia a principios de la primera década de este siglo y que hoy es uno de los mejores ejemplos de cómo impulsar cambios en las regiones sin imponer las visiones que surgen desde Bogotá. “Eso es hacer desarrollo desde abajo”, dice. 

La historia es breve: en 2003, con ayuda del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), se empezaron a implementar en el país una serie de proyectos que buscaban darles herramientas a algunas comunidades para lograr cambios de manera colectiva a mediano y largo plazo. La idea era que, tras hacer un diagnóstico de las dificultades que enfrentaba alguna comunidad, construyeran de manera participativa un plan que impulsara cadenas productivas. Se trataba de un diálogo en el que participaban universidades, funcionarios, actores y asociaciones locales. “Agencias de Desarrollo Económico Local”, lo llamaron en términos formales. Lo resumieron con una sigla: ADEL.

La provincia de Vélez (Santander), conocida por producir el popular bocadillo veleño, fue uno de los tres territorios elegidos para empezar con los planes pilotos. Los otros fueron Antioquia y Nariño. La idea ya había dado resultado en algunas comunidades italianas en los años 50 y en varios países del este europeo. También en algunos pueblos africanos en Mozambique y ciertos puntos de Centroamérica. Salvador era uno de los casos más conocidos. Allí, tras la cruda guerra civil que enfrentó al Ejército con el Frente Farabundo Martí entre 1980 y 1992, se habían constituido grupos de mujeres para que estuvieran al frente de pequeñas y medianas empresas. Poco a poco, habían surgido asociaciones que les permitieron recuperar su liderazgo. 

Pallares, que entonces era el exdirector técnico nacional del Programa de Desarrollo Local del PNUD, cuenta que tras muchas semanas de diálogo y extensas reuniones, se crearon las primeras tres agencias entre 2003 y 2005 con ayuda del Ministerio de Comercio. Los planes resultaron exitosos. “El caso es ejemplar: en los años 70 había 300 unidades productivas de bocadillo, pero fueron desapareciendo por la competencia interna. Entonces les insistimos en la necesidad de asociarse. Luego, con ayuda del SENA y de varias universidades, empezamos a capacitar gerentes y a trabajar en temas claves como la calidad, las certificaciones y abrir caminos para que se produjera de manera colectiva e industrial”, dice. 

El resultado, que comprobó Pallares hace un par de años cuando volvió a ese territorio, era notable: “Aumentaron las ventas, mejoraron las condiciones de la población, reforzaron su pertinencia al territorio y además impulsaron los otros eslabones de la cadena: los productores de guayaba y los de la hoja de bijao. Gracias a eso, también se empezó a promover el turismo y el folclor del territorio. Poco a poco, esas prácticas atrajeron inversión y se empezaron a formalizar los empleos. Si no hubiesen existido esas agencias, nada de esto habría sido posible”.

El 2008 llegó la Unión Europea a fortalecer estos procesos de desarrollo en las regiones con el proyecto “Desarrollo Económico Local y Comercio en Colombia – DELCO”. Con un aporte de 6 millones de euros ejecutados por el Ministerio de Comercio, se buscaba en ese entonces reforzar la competitividad empresarial en Bolívar, Boyacá, Cesar, Meta, Santander y Valle del Cauca, y facilitar la integración de las unidades productivas locales en circuitos económicos nacionales e internacionales

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Entre los numerosos documentos que ha escrito el reconocido antropólogo colombiano Arturo Escobar hay uno muy popular. “El lugar de la naturaleza y la naturaleza del lugar: ¿globalización o posdesarrollo?”, lo tituló en el 2000, cuando lo publicó con el departamento de Antropología, Universidad de Carolina del Norte. En él advertía sobre una preocupación que desde hace varios años ha inquietado a la academia latinoamericana: ¿cómo evitar que con el apresurado ritmo de la globalización desaparezcan modelos de identidad, cultura y conocimiento local basados en el territorio?

La pregunta ronda desde hace décadas en los círculos de las ciencias humanas y para resolverla se han escrito varios libros y artículos que relatan experiencias. Es difícil asegurar si estas prácticas se podrían incluir en la lista de sociólogos y antropólogos, pero Pallares cree que son, al menos, un buen ejemplo de “construir de abajo hacia arriba”. Sus modelos de participación, dice, comulgan con algunos de esos conceptos que han promovido académicos como el popular sociólogo Fals Borda. 

Para él, una buena muestra del resultado es que hoy existen diez de esas agencias en el país. Están aglutinadas en una red con un nombre extenso: Red Nacional de Agencias de Desarrollo Local de Colombia (Red Adelco), y cuentan con el apoyo de la Unión Europea y el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo. 

Patricia Reyes estuvo por muchos años al frente de una muy particular: la del territorio caucano. La ADEL Casa del Agua, como la llamaron, está conformada por municipios esencialmente étnicos. Los cambios que ha impulsado desde que se conformó son varios, pero a Patricia le gusta mencionar uno: “Ha permitido que se resalte el rol de las mujeres en las comunidades indígenas. Se han generado procesos que han fortalecido su identidad gracias al trabajo en tres líneas claves: cultura, turismo y ambiente”. 

Ella tiene una buena frase para resumir lo que representan esas asociaciones: “Se trata de transformar el territorio desde lo micro; desde la comunidad”. En otras palabras, como advierte Sergio Tolosa, Secretario de productividad de la Gobernación de Boyacá, estas agencias, sobre las que se profundizará en el Foro Nacional de Desarrollo Económico Local el 17 de octubre en la Universidad de los Andes, “nos han dado la posibilidad de crear gobernanza en los territorios. Es una manera de trabajar con la comunidad; de hacer cosas que la gente saber hacer y no de imponerles métodos y proyectos”. 

Entre su lista de iniciativas que han prosperado en ese departamento gracias a las ADEL tiene un ejemplo reciente que le gusta. “Más fibra, menos plástico”, lo llamaron. El objetivo era que en el Día Internacional del Medio Ambiente cambiaran botellas de plástico por canastos artesanales hechos por las comunidades del Valle de Tenza (donde hay una ADEL). Ese día, en la Plazoleta de las Nieves, en Tunja, se repartieron 3.270 canastos de chin a cambio de toneladas de residuos.