Los animales que nos curan

Caballos, perros, tortugas, conejos y hasta algunos tipos de insectos contribuyen a mitigar los efectos de enfermedades y trastornos mentales al mejorar el manejo de las emociones, la motricidad fina y la coordinación.

Con los roedores se tratan las fobias. A través de ellos se explican las diferencias entre una presa y un depredador. / iStock

 

La racionalidad ha hecho que los seres humanos nos sintamos superiores al resto de las especies. Claro, hemos construido civilizaciones que han logrado un desarrollo extraordinario, pero hemos olvidado la importancia de la intuición y nuestra fuerte conexión con la naturaleza que, incluso, puede llegar a curarnos.

Basada en esta idea nació una corriente llamada zooterapia. Aunque suena novedosa, existe hace más de 45 mil años, desde que el hombre estrechó sus lazos con animales como el perro. Transcurrió mucho tiempo hasta que en el siglo XVIII se reportó una terapia para enfermos mentales. William Tuke, un comerciante que hacía voluntariados en los hospitales psiquiátricos en Inglaterra, les permitió a los pacientes pasear con mascotas por los jardines y notó que los peludos eran la herramienta más eficaz para su socialización.

Desde entonces, lentamente, se ha desarrollado esta actividad que pretende involucrar animales en tratamientos de enfermedades físicas y trastornos psicológicos. Ana Güimil, fundadora de la Asociación Catalana de Zooterapia (ACZ), explica que sus beneficios son múltiples y está comprobado que mejoran el estado de quienes han sido víctimas de violencia de género, sufren alguna discapacidad intelectual o fobia.

El animal con el que se trabaje depende de cada caso. Por ejemplo, en las víctimas de violencia de género funcionan muy bien los caninos y los programas de adiestramiento, pues “se les enseña un nuevo sistema de comunicación positiva, se desarrolla la comunicación no verbal, la empatía y el respeto. Esto fortalece su autoestima, pues muchas no toman decisiones sobre sí mismas”.

Desde paseos, carreras de observación y hasta aprender a ponerles la correa forman parte de las actividades con los perros. En personas adultas que sufren alguna discapacidad intelectual se mejora las motricidades fina y gruesa, la coordinación, el equilibrio y la orientación espacial. Mientras que en niños con autismo se refuerzan la comunicación, el juego imaginativo y la empatía.

Los caballos son otro animal poderoso. En Horse Place, por ejemplo, se implementó el programa “Mi caballo, mi magia”, que además de ejercicios de estimulación infantil es una herramienta para trabajar con niños que tienen síndrome de Down o autismo. “El patrón de marcha genera una estimulación en las piernas y en la médula espinal . Además, el calor corporal de la bestia tiene dos efectos: a nivel psicológico da tranquilidad y a nivel físico promueve la vasodilatación, que distensiona los músculos”, explica Lorena García, su fundadora.

Además, afirma esta psicóloga, el caballo empodera a los pequeños, pues son ellos los encargados de cuidarlos, alimentarlos, acariciarlos y hasta crear un vínculo sólido que les permita ganarse su confianza. “Los animales son súper sensibles y eso hace que los niños se vean obligados a controlar sus emociones. Cuando te montas, es importante que haya una buena relación y ellos se esmeran por estar tranquilos y disfrutar del paseo. Ni siquiera se sienten en terapia”.

Aunque los caballos y los perros son los animales más comunes, hay otros más raros que funcionan para mitigar los efectos de síndromes congénitos como el Prader Willi. Quienes lo padecen son impulsivos, tienen problemas de conducta y una compulsión por comer. Para ellos, el insecto palo es una gran opción.

Sobre una mesa se deja el bicho y se les pide a los pacientes estar pendientes de cualquier movimiento. Pero casi nunca se agitan, así que las personas deben estar muy atentas para cumplir con la tarea. También se les pide agarrarlo con cuidado. Esto contribuye a ejercitar la sutileza, la precisión y la tolerancia a la frustración.

Con las tortugas se trabaja el aislamiento social al usarse como un animal reflejo en personas que sufren de depresión. “¿Por qué se esconden las tortugas? No por vergüenza, sino por miedo”, les advierte Güimile a sus pacientes. Además, contribuyen a la aceptación, pues les permiten a los pacientes expresar sus emociones con tranquilidad.

Por último está el conejo. Con éste se tratan las fobias. A través de ellos se explican las diferencias entre una presa y un depredador. Como dato curioso Güimile cuenta que el primero tiene los ojos al lado de la cabeza, mientras que el segundo juntos.

Para ambas expertas aún faltan más estudios que comprueben esta conexión, aunque reiteran que es evidente que el cuerpo de los humanos experimenta cambios cuando entra en contacto con los animales: se liberan endorfinas y neurotransmisores que funcionan como un poderoso analgésico que brinda una sensación de bienestar.

Recientemente, la Universidad de Salamanca aprobó una tesis de posgrado en psicología que evidencia la comunicación entre animales y personas con autismo. Por eso, para Güimil, el futuro de la zooterapia está en “alejarnos de los videos emotivos y acercarnos a los estudios científicos. Hay que luchar y prepararnos para hacer estudios científicos que demuestren su efectividad”.

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