Los defensores del río Magdalena

Pese a afrontar adversidades como la violencia, la minería ilegal y la ocupación de tierras, un grupo de pescadores, liderados por la Fundación Alma, creó una estrategia para preservar el río y revivir sus ciénagas.

La sobrepesca, la sedimentación y los proyectos para revivir la navegación del río, son algunos de los inconvenientes que tienen los pescadores de la región. Flickr - Daniel Lobo.

El tema de conversación entre los pescadores del Magdalena Medio, siempre es el mismo: que las ciénagas se están secando, que se ha perdido la cobertura vegetal en un 40% desde hace 20 años, que la contaminación del río es cada vez más preocupante, que la sedimentación es mayor y que la fragmentación y pérdida de conectividad entre el río, los humedales, ciénagas y los caños hacen que el pescado escasee.

Por eso, para intentar solucionar esos problemas, desde hace seis años la Fundación Alma llegó al lugar con una iniciativa que invitaba a los pecadores a ordenar el agua y promover la pesca artesanal como forma de vida. El proyecto, que el pasado jueves se llevó uno de los premios Planeta Azul del Banco de Occidente entregados en Barranquilla, consistía en restaurar ecológicamente cuatro humedales ubicados en las regiones de El Llanito, Santander; Juncal en Gamarra, Cesar; La Eusebia en San Pablo, sur de Bolívar y Cachimbero en Cimitarra, Santander.

Como explicó Juan Carlos Gutiérrez, director del proyecto, “el pescador artesanal del Magdalena pertenece a una comunidad raizal muy fuerte con conocimiento profundo, pero totalmente invisible a los ojos de Colombia. Es como un campesino pobre. La diferencia es que el campesino reclama la tierra y el pescador reclama el territorio del agua”.

Ante ese escenario, ellos proponen una especie de restitución del espacio del agua, así como ha habido uno de tierras. El problema, dicen, es que el ordenamiento de los municipios se hace por encima del líquido vital porque, en palabras de Gutiérrez, el agua es vista como un problema. “Se canaliza, se regula, se le ponen diques, cuando debe ser conectada con el río, la planicie, la sabana, los playones y las ciénagas”.

Eso ha contribuido a que los humedales y las ciénagas hayan ido perdiendo su espacio, fenómeno cada vez es más frecuente en el país. El mejor ejemplo de ello es el descubrimiento que las autoridades hicieron en marzo en Ciénaga Grande, el complejo lagunar más grande de Colombia. Terratenientes habían construido sobre el espejo de agua un muro de 17 kilómetros para fines ganaderos.

“Las ciénagas grandes se secaron porque a los terratenientes lo que les interesa es la tierra”, comenta Calixto Rivera, pescador de El Llanito, Barrancabermeja.

Lo cierto es que esas ciénagas tradicionalmente han sido vistas como ecosistemas inertes, poco carismáticos. Pero la verdad es que no son un complejo aislado. Sirven como esponjas de agua y reguladores en los inviernos y veranos. “Las ciénagas son los órganos y los caños son los vasos, los que conectan todo el sistema”, explica Gutiérrez.

De hecho, en esos ecosistemas desovan los peces y empiezan a crecer. Es donde están las aguas quietas, los árboles caídos, las plantas y los nutrientes. De allí salen gordos para embarcarse en una travesía río arriba. “Ellos perdieron la casa y nuestro objetivo es devolvérselas. Preservamos la ciénaga porque allí se refugia el pescado”, dice Calixto Rivera de Barrancabermeja.

Pero el inventario de problemas por los que atraviesan estos pescadores y que intentan remediar con su proyecto no son pocos y se dan, en parte, por la falta de comprensión de la ciénaga, el río y los caños como un cuerpo.

Uno de los más graves es la sedimentación producto de la deforestación en la Cordillera Central. En Santander las dificultades las generan la ganadería extensiva y los cultivos de palma en humedales. En Gamarra, el lío es la construcción de diques. Y en el Sur de Bolívar, la minería de oro y la contaminación por mercurio.

Hay además, un interés petrolero e industrial que busca la construcción de seis puertos multimodales. Ya hay uno establecido. “Los pescadores no solamente han sido desplazados por la violencia, sino por las obras públicas que truncan sus sueños. A ellos no se les consultó la creación de los puertos. Los han ido sacando progresivamente de su terruño”, comenta Alegría Fonseca, creadora de la Fundación Alma.

Los habitantes de estas zonas también se enfrentan a un mal mayor: la sobrepesca, una actividad que se ha aumentado debido al uso de trasmallo que no discrimina entre peces pequeños y grandes. Como explica Chila Muñoz, pescadora de Morales, esta red tiene un hueco de una pulgada mientras el de la atarraya es de tres. “El trasmallo acaba a las especies, las extermina”.

Y como si no fuera poco, hay un factor más que los pobladores no pueden eludir. La pobreza y el índice de necesidades insatisfechas, que en ocasiones supera el 60%, contrasta con los ingresos que ha dejado el petróleo, el oro y los megaproyectos de la región.

Finalmente, la posibilidad de volver navegable el río, es otro elemento que los inquieta. “Quieren cercar la ciénaga rellenando y creando una muralla. Cuando canalicen el río nosotros y todos los humedales van a desaparecer”, afirma José Pardo, pescador de San Pablo.

Pero pese a este escenario y pese a las condiciones tan adversas, para ellos ni los ríos, ni las ciénagas, ni la pesca artesanal han muerto. “Antes nosotros nos aburríamos de sacar pescado, los peces saltaban a la canoa. Ahora nos aburrimos de buscarlo. Pero eso no quiere decir que se haya muerto y que vayan a hacer de él una carretera”, comentó Mario Mayorga, pescador de Gamarra, Cesar.

Con su proyecto quieren demostrar que la conservación de la ciénaga es fundamental y que no sólo involucra los recursos hídricos. Implica también la protección de los bosques y de especies vitales para el ciclo de la pesca como las aves y los monos.

Todo eso es necesario para lograr su principal objetivo. Ellos, como dice Bolmar Chávez, de Morales, Bolívar, sólo quieren unas cosa: ser pescadores artesanales para siempre.

 

 

[email protected]