Los gatos domésticos que se volvieron salvajes para sobrevivir a la calle

La población de gatos asilvestrados es mayor a la de perros callejeros. Su crecimiento en las zonas urbanas se debe al abandono de mascotas y la falta de control reproductivo.

Estas comunidades, además, se han convertido en un problema medioambiental y de salud públicaPixabay

Sus sentidos se mantienen despiertos para asegurarse de no ser vistos por ningún ser humano mientras caminan por los callejones olfateándolo todo con cautela en busca de alimento y protección. Así viven los gatos ferales, como se les denomina a los que la crudeza de la calle les ha avivado el instinto salvaje y los ha hecho dejar atrás la vida doméstica.

Cuando un gato vive por un tiempo prolongado por fuera de un hogar pierde su vínculo con las personas y recupera ciertos rasgos salvajes. Para poder sobrevivir a las condiciones adversas propias del abandono y la indiferencia, se integra a comunidades o manadas junto a otros gatos, llamadas colonias ferales. 

Estas suelen ubicarse en edificios abandonados, universidades, cercanías de restaurantes y zonas verdes de la ciudad, donde dichos animales pueden encontrar comida y resguardo. Sin embargo, contrariamente a lo que muchos piensan, la solución para estos gatos no consiste en ser rescatados o llevados a un refugio, pues su estado indómito los haría sentir en cautiverio. Lea también: “Milagros”, la gatica que protagoniza una nueva denuncia de maltrato animal

Por esta razón, existen personas y organizaciones dedicadas a proporcionarles una vida digna en las calles sin irrespetar su feralidad. Brindarles alimentación, recoger a las crías y hacer un censo poblacional son algunas de las formas de ayudar a las colonias, pero la esterilización es clave para evitar su crecimiento.

El Centro de Bienestar Animal La Perla, del programa de bienestar animal de la Secretaría de Medio Ambiente de Medellín, se encarga de brindar atención a los gatos ferales de dicha ciudad. “La vida feral es dura, la mortalidad es alta, la competencia por recursos es alta. Es nuestra responsabilidad que estén pocos y en las mejores condiciones posibles”, afirma Carmen Patricia Cadena, profesional de La Perla.

La participación de la comunidad es clave para el éxito del programa, pues son las personas las que detectan y reportan, con una llamada o un correo electrónico, sus colonias, que pueden oscilar entre 15 y 70 miembros felinos. Normalmente, los habitantes de los barrios informan que en su patio hay gatos, sin ser conscientes de que se puede tratar de este tipo de clanes.

A partir de dicha información, un profesional del área de rescate visita el lugar y hace el diagnóstico de la colonia. Los cachorros que tienen entre tres días y nueve semanas de nacidos, junto con las hembras gestantes, son llevados al refugio para reintegrarse a la vida doméstica y, si cuentan con suerte, encontrar un hogar que los adopte.

Según Diego Vanval, defensor de animales, el problema es que se logra dar en adopción dos o tres gatos cada 15 días, pero semanalmente están llegando cuatro, lo cual refleja el crecimiento potencial de las colonias. Le puede interesar: El sábado habrá una nueva jornada de adopción de Zoonosis

El resto de los gatos son sometidos al procedimiento TNR, en inglés Trap-neuter-return, que consiste en atraparlos, esterilizarlos y retornarlos a su hábitat. Este método es utilizado alrededor del mundo para esterilizar a los animales invasores o que pueden estar sufriendo dentro de su entorno sin afectar su estilo de vida. Luego de la operación, son devueltos al mismo lugar en el que fueron capturados con una pequeña marca en sus orejas para identificar que ya pasaron por el procedimiento.

Estas comunidades, además, se han convertido en un problema medioambiental y de salud pública según la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Antioquia (UdeaA). Los gatos de este tipo “depredan o desplazan especies de fauna silvestre y afectan el ecosistema de estos corredores ambientales. A nivel de salud pública, pueden transmitir enfermedades o generar conflictos de convivencia”, así lo manifiesta el profesor Nelson Patiño, coordinador de un proyecto que adelanta la UdeA para esterilizarlos y controlar su crecimiento desproporcionado.

La población de gatos ferales es tanta que Liliana Avendaño, quien había fundado una organización de rescate para perros callejeros, tuvo que dejar atrás su recelo con los gatos porque se encontró que era la población que más atención necesitaba y la menos visibilizada.

Ella recuerda especialmente que, después de mucho renegar sobre los felinos y declararse amante exclusiva de los canes, una noche escuchó llantos afuera de su finca, en el municipio antioqueño de Girardota. Al salir de su casa se encontró con una camada de gatos bebés debajo de la rama de un arbusto. Aún no abrían los ojos. Respiró, dejó atrás su fobia y durmió con ellos, abrazándolos y dándoles tetero.

Desde ese momento es la madrina de los 35 gatos ferales de su cuadra y los casi 50 de su vereda. Ha entendido su comportamiento y sus reacciones reacias frente a sus caricias, que no son más que un reflejo del miedo que sienten hacia los humanos.

Avendaño intenta encontrar camadas de recién nacidos para poderlos rehabilitar y domesticar. Cuando se topa con una colonia madura, les practica el TNR junto con el veterinario del pueblo. Su deseo es “darles una vida digna, lejos del dolor y del sufrimiento”.

En pleno casco urbano de Medellín la situación no es diferente. Decenas de familia abandonan diariamente a sus mascotas en diferentes lugares de la ciudad, a pesar de que sea considerado como maltrato animal y penalizado por la Ley 1774 del 2016, que da una pena de prisión de 12 a 36 meses. 

Según Diego Vanval, “la gente cree que ellos se ‘lo rebuscan’, pero no. Para un animal que fue doméstico es difícil rehacer su vida en las calles. Los que corren con suerte son aceptados en una colonia feral. Muchos otros mueren de pena moral”. Lea también: Un cachorro en casa

Uno de los lugares con más gatos en estado salvaje de la capital antioqueña es el Jardín Botánico de Medellín, que cuenta con más de 50 ejemplares. Aunque allí tienen alimento y atención veterinaria, su situación no es tan cómoda como se cree. “Como los meten a escondidas y los lanzan por las rejas, les causan incluso daños físicos y problemas de salud por la forma en la que son tirados”, comenta Vanval.  

Más allá de los programas que buscan proteger a los gatos ferales, para Diego la solución está en un tema cultural. “La base del trabajo y el respeto por el bienestar animal no se trata de solo alimentarlos. Es mucho más profundo y amplio, es esterilizar, es dar en adopción, es educar a la sociedad para que se dé cuenta de que son animales que son seres sintientes, que directa o indirectamente dependen de nosotros, está en inculcar desde los hogares el amor por los seres vivos”.