Los olores del río Tunjuelito, no aptos para el olfato

Para conocerlo no solo hay que visitar las localidades que lo acogen o aprender de memoria su historia. Es preciso, además, sumergirse en los aromas que expide.

San Benito

La sonrisa de Eliseo hace que sus ojos se entrecierren para resaltar sus dientes amarillos, pequeños y distantes entre sí. Se inclina y agarra un poco de sebo, un material gelatinoso y blanco, con una especie de bola babosa en su extremo superior. La expresión de su rostro es de quien sabe algo que los demás desconocen: “Con esto se hace la gelatina en Barranquilla”.

Su aspecto es viejo, aunque vigoroso. Viste un enterizo azul y una cachucha roja al revés. Su tez es blanca y amarillenta; parece rociado con harina.

Eliseo trabaja en San Benito, un barrio de casas de uno o dos pisos, a veces con un tercero sin techo. Allí predominan las fachadas escarapeladas, los tejados oxidados, los ladrillos sin una secuencia clara, los grafitis y las calles sin carros. Su atractivo especial está en unas bodegas oscuras, húmedas, con pequeñas mesetas en el suelo y máquinas que procesan cuero. Son las curtiembres.

El lugar donde trabaja Eliseo no tiene ventanas; encierra un olor fuerte y autoritario. El cuero huele así. San Benito huele así. El río Tunjuelito huele así. Los tres se relacionan, los tres apestan.
En San Benito el olfato sufre, se queja, pide auxilio, pero nadie lo escucha. La gente sigue su vida con tranquilidad. Y el olor se expande. Sale del barrio, llega al río y de ahí a todo lado: Ciudad Bolívar, Tunjuelito, el Tunal…

El río Tunjuelito huele a pescado envuelto por las sobras y los desechos industriales. El Tunjuelito huele a abandono, desidia, peligro. El Tunjuelito huele a cuero, a San Benito, a San Francisco, a San Carlos, a Meissen. El Tunjuelito huele a pobreza; el Tunjuelito apesta a costumbre.

John Alirio Duarte es un hombre de estatura media, barriga prominente y cejas pobladas. Vive en el barrio San Francisco de Ciudad Bolívar. Todos los días sale de su casa y se encuentra con aquel olor. Habla tranquilo, sin asco, como si no le molestara la peste. Es la costumbre. Dice que el olor proviene de muchas partes: las curtiembres, el relleno Doña Juana, los chircales de Usme, que eso no es problema. No para él.

John Alirio sale de San Francisco y camina hacia el barrio Meissen. Cruza la avenida Boyacá, no por el puente —una invención arquitectónica con zigzags a los costados—, sino por debajo, entre carros y busetas que no tienen pie en el freno. “Ese puente está mal construido. Todo ese enredo para subir hace que las personas de la tercera edad no lo puedan usar”.

Lo primero que ve cuando llega a Meissen son los locales de llantas. Pasa por el lado del hospital y cuando atisba la estación de Policía, señala el barrio México. Unos cuantos pasos más adelante, dobla a mano izquierda y entra a San Benito.

Las calles parecen justificar el olor que cada vez se hace más intenso. Electrodomésticos, hojas, botellas, costales con botellas, chatarra, llantas, senderos de arena y una que otra mula. John busca las curtiembres, el atractivo especial. Encuentra una y entra. Eliseo le cuenta con qué se hace la gelatina. John lo escucha con un asco que no disimula. Eliseo, con la certeza de haber saciado alguna necesidad, dice: “Ya le di mucha información, si quiere, pregúntele al joven que está allá. Él le puede decir algo más”.

La curtiembre es un lugar sombrío, con aspecto primitivo, pero su rol es vital, por lo menos para quienes usan ropa forrada en cuero. Todo empieza con la piel del animal, la carnaza y el sebo.
La carnaza es carne; carne que aún se encuentra en la piel del animal. El sebo es grasa. La curtiembre, el lugar adonde llegan todos los cueros, con sebo y carnaza, es el lugar para limpiarlos. Lo primero es remover tanto la carnaza como el sebo y para ello hay dos máquinas.

Ricardo Lozano, efectivamente, es joven. Tiene barba y cejas pobladas. Viste el mismo enterizo que Eliseo. Señala una máquina vieja, sucia, pero activa. Varios trabajadores la rodean y atraviesan, en medio de ella, un pedazo de cuero como si fuera cabello de mujer a punto de ser alisado.

“Aquí se quita la carnaza. Una vez el cuero pasa por esta máquina ya está listo y lo llevamos a que lo sequen y lo pinten”, dice Julián, mientras le echa un vistazo a las pequeñas mesetas que se forman en el suelo con los cueros que salen húmedos y se amontonan uno sobre otro.

Otra máquina, que se encuentra a la entrada de la curtiembre, sirve para remover el sebo. Pero está abandonada en el rincón. Inactiva.

Curtir el cuero es solo un paso. Afuera de la curtiembre hay varias mulas, no muy grandes, pero suficientes. Varios trabajadores cogen las mesetas de cuero y las suben a las mulas, que las llevan a otras bodegas donde los cueros se secan, se planchan —esta vez de verdad— y, por último, se distribuyen a las textileras.

La Pichosa

“El olor es la consecuencia del agua que sobra una vez se limpian los cueros”, dice John, mientras se para en un charquito de los muchos que se forman en la curtiembre: “El agua que sale de San Benito por los tubos de desagüe —los que inútilmente intentan librar al barrio de las aguas sucias— desemboca en la Pichosa. Y este río, a su vez, desemboca en el Tunjuelito”.

La Pichosa fue un río fiel a su nombre. Siempre se situó de forma paralela al río Tunjuelito, como si fueran viejos amigos separados por un pasto imperfecto. La estética, que antes los unió, hoy también los separa. El Tunjuelito es un río salvaje, natural, contaminado. La Pichosa, por su lado, es un río elegante, con el agua un poco más clara, y manipulado por la civilización. Incluso, por su vanidad, se cambió el nombre: ahora se conoce como Chiguaza y, por supuesto, está canalizado.

Canalizar un río es intentar recuperarlo. Es darse cuenta de que se llegó a un extremo de contaminación, que bien podría empezar por el olor. Al lado del río Tunjuelito, sobre la avenida Boyacá, se encuentra una planta de tratamiento de agua de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (EAAB) encargada de vigilar, de recuperar, pero no de perfumar.

La hora más tétrica en San Benito, dice John, puede ser la del almuerzo, cuando el olfato se deja seducir por los aromas.

Eliseo hace una pausa en su trabajo aproximadamente a las 11:30 de la mañana. Muchos trabajadores hacen lo mismo. Se reúnen para almorzar en los pocos restaurantes del sector. Comen tranquilos, entre risas y anécdotas. Con las manos aún húmedas, el traje impregnado por el olor del cuero y el ambiente con el rocío matutino del río Tunjuelito, cogen un pedazo de pollo, lo pasan entre sus dientes con gran agilidad y se ríen. “No creo que aquí tengan sentido del asco”, dice John.

“El problema del río no son solo las curtiembres. Al río llega de todo: llantas, botellas, papeles. Incluso, una de las problemáticas del río proviene de los chircales de Usme, allá de donde se saca el oro y otros materiales pesados. Las sobras de ese trabajo también caen al río”, concluye John.

A las tres de la mañana se levantó Didier, se bañó y, como todos los días, salió a rociar sus plantas. El día anterior lo habían citado a un almuerzo que, como pretexto para charlar y a modo de reunión, arrancaría a las 9:00 de la mañana. Didier salió antes de las 8:00 de su casa y se dirigió a la represa Cantarrama, a unas cuadras del barrio Chuniza, donde vive.

Usme

Nadie sabe bien dónde queda la quebrada Santa Librada: unos dicen que en Chuniza; otros, que en el Alfonso López o en Usminia, y algunos dicen que ni siquiera se llama así: “Usted lo que busca es la quebrada Yomasa, porque la Santa Librada es un arroyito pequeño”, dice Eduardo Parra, un hombre que viste enterizo azul con un cinturón color café que le separa las piernas y el torso.

Y todos tenían razón: que la quebrada Santa Librada era la misma Yomasa. Que quedaba en Usminia, y en Alfonso López, y en Chuniza y en Yomasa. Todo era cierto. “Esto es Chuniza, pero allá arriba es Alfonso López. Y acá, pasando la avenida, es Yomasa”, reitera, a modo de explicación, Eduardo: “Esta quebrada nace allá en el Alemán y desemboca en la Chiguaza, la que antes se conocía como la Pichosa”.

El Alemán es un sobrenombre, una forma cariñosa de hacer referencia al lugar donde alguna vez se situó la fábrica de Bavaria. Pero ya no hay fábrica, ni constructoras, ni alcantarilla, ni vías. Solo quedan casas y basura, sobre todo basura, y un huerto que va de salida. Y cambuches, y marihuaneros, y escombros, y más basura.

El almuerzo de Didier, finalmente, no fue tal cosa. Llegó antes de las 9:00 a la represa y lo recibieron con la noticia de que tenía que desmontar su pequeño huerto, situado a las orillas de la quebrada Yomasa. Didier, sin réplica alguna, abandonó la reunión. “Terminé almorzando una empanada con tinto a mediodía”, diría Didier con una sonrisa resignada. En la represa le advirtieron que si no quitaba ese huerto podría ir a la cárcel. “Dizque por violar el espacio público”, replicó Didier, casi cinco horas después.

Eduardo y Didier viven en el mismo barrio. Ambos, igualmente, están desconcertados con la demanda que, según Didier, le impuso la presidenta de la Junta de Acción Comunal de Usme: “Vea, esta vía que está frente a mi casa no está pavimentada, pero sí abogan para que yo quite mi huerto”.

Didier Martínez Buitrago es oriundo de Icononzo, Tolima. Llegó a Bogotá a los diez años, siguiendo la promesa de estudio que le hizo su hermana mayor. Pero nada fue así. Desde muy pequeño empezó a trabajar. Trabajó en una fábrica de arequipe y cocadas, también como jardinero, aseador, celador de carrocerías, en una licorería y como ayudante de construcción. Hace seis meses decidió volver a su infancia, como en aquellos primeros diez años en los que cultivaba su propia comida, y empezó a cosechar y levantó el huerto en su barrio, Chuniza.

Al llegar a Bogotá, Didier se instaló en el barrio Juan José Rendón de Ciudad Bolívar. Allí llegarían, quince años después, sus padres. Su papá, Isaías Martínez Pinzón, se dedicó a la excavación con pica. Sin embargo, 17 años después, ante la llegada de excavadoras que reemplazaron su función, volvió a su tierra natal en el Tolima.

Ezequiel Martínez Buitrago, el séptimo de los doce hermanos de Didier, conoció en un trabajo que tenía al norte de Bogotá a una muchacha bumanguesa. Al poco tiempo se casaron y Ezequiel la trajo a vivir de forma permanente a la capital. Con ella también vino su hermana, Adelaida Durán, quien, finalmente, terminó siendo la esposa de Didier, que por aquella época tenía 27 años.
Didier tuvo dos hijos biológicos, Carolina Martínez Durán y Didier Alfonso Durán, y uno adoptivo, Andrés Felipe Romero.

Hoy en día vive con su esposa, con dos de sus hijos, Carolina y Andrés, y con dos inquilinos. Todos los días se levanta temprano, se baña y sale a regar su huerto. Según Eduardo, también sale a espantar a los marihuaneros y a darle seguridad al barrio.

“Yo hice este huerto para evitar que la gente arrojara sus desperdicios a la quebrada”, dice Didier, mientras abre sus ojos verdes de forma intimidante. El huerto cubre solo una pequeña parte de la orilla de la quebrada. Está delimitado por tablas y palos que se mantienen en pie gracias a los alambres de púas.

“Yo acá cultivo de todo: arracachas para la chicha de diciembre, cebolla de la larga, sábila, brevas, lechuga, habas, mata de fríjol, garbanzos, más lechuga, amapola, alverja, mata de papa criolla y mucha más lechuga”, dice Didier, mientras señala su cosecha. También habla de sus flores: de la mermelada (amarillas), los pichoncitos (rojas), los alelíes (moradas) y las mariaeugenias.
Las flores adornan la quebrada. Las hay de distintos colores y algunas son más pequeñas que otras. Algunas son tímidas y se esconden; otras, como los novios, siempre andan florecientes.

Algunas son espectadoras de actividades tan simples como lavar la ropa, otras tienen que compartir su espacio con una llanta, una botella, un pedazo de juguete, un escombro. Algunas son más dichosas y ven el agua correr con afán, y ven la quebrada andar con prisa, de forma evasiva, y sueñan con el ruido del agua al bajar por escalones de piedra, y se pierden entre la baba, entre la espuma que se forma alrededor de las rocas.

Pero la quebrada, más allá de las flores, parece un relleno sanitario: un albergue de escombros, colchones, llantas, muebles, bolsas llenas de basura y mascotas muertas. “Lo que pasa es que aquí hay mucho inquilinato. Y los inquilinos se quedan dormidos y no alcanzan a sacar la basura a las 8:00 de la mañana, que es la hora en la que pasa el camión de la basura. Y, fácil, resuelven tirarla a la quebrada”, dice Didier, mirando la basura que se posa sobre las rocas y sobre algunos bloques de concreto. Así es: también los bloques de concreto terminan en la quebrada.

Contaminar un río significa contaminar ese río y otro, y probablemente otro y otro hasta llegar a otro y terminar en el mar. Contaminar la quebrada Yomasa significa contaminar la Chiguaza, y contaminar la Chiguaza significa contaminar el Tunjuelito, y el Tunjuelito significa contaminar el Bogotá, y el Bogotá significa contaminar el Magdalena.

Mientras Didier recorre la quebrada hacia el oriente piensa en los olores. “La Yomasa huele a muchas cosas. En verano huele a feo, como a mugre, como a aguas pichas. En invierno es diferente: la lluvia crece y la limpia un poco”.

Los olores de la Yomasa varían. No es el olor fuerte de los cueros de San Benito. No es un olor insoportable. La Yomasa huele a basura, a quema de basuras, a popó de perro, a falta de alcantarilla, a escombros, a obras, a suciedad. A muchas cosas, pero no huele a cuero.

Didier dice que su interés, más que nada, es por el agua. Le gustaría poder bañarse en la quebrada, beber de la quebrada, rociar su huerto con agua de la quebrada: “Uno no puede decir de esta agua no beberé, porque es agua y, si es la única que queda, tendrá que beber”. Didier señala su huerto, dice que esa parte de la quebrada está más limpia que las demás, que él la limpia, que hay algunos empleados de la Alcaldía que vienen a cortar el pasto y a recoger basura, pero que eso no sirve: “En menos de nada, la quebrada vuelve a estar sucia”.

El último trabajo que tuvo Didier, antes de sembrar su huerta, fue de ayudante de construcción. Se retiró, dice, por un problema de columna y ahora se dedica a sembrar y a recoger botellas plásticas. “Ya los chircales no están, por lo menos por acá. Las ladrilleras y todas esas empresas se fueron. Las sacaron por el humo que emanaban”. Ahora, continúa Didier, las obras se hacen contratando a un maestro de obras, cualquiera, con un ayudante. Didier era un ayudante.

Lo que sí sigue igual es el resultado final de las construcciones: las sobras de ellas terminan en la quebrada la Yomasa, y pasarán de la Yomasa a la Chiguaza, y de la Chiguaza al Tunjuelito. Y el Tunjuelito seguirá oliendo a muchas cosas: a pescado, a cuero, a San Benito, a olvido, a la Pichosa (no la Chiguaza), a escombros, a quema de basura, a popó de perro, a suciedad. Seguirá oliendo a miseria industrial, a miseria humana; seguirá apestando a costumbre.

*Este texto fue publicado en la revista Directo Bogotá, de la Pontificia Universidad Javeriana

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