El reto de no desperdiciar esfuerzos y dinero

“Los problemas no se resuelven en dos años”: experto en financiamiento de ONG

Tom Tierney estuvo de paso por Colombia. El Espectador habló con él sobre algo que no suele mojar prensa: la plata que se necesita para cuidar el medio ambiente.

Thomas J. Tierney, asesor de la organización The Nature Conservancy. / Gustavo Torrijos.

Thomas J. Tierney no es un nombre conocido, a pesar de que es un experto en los recovecos de la filantropía y las donaciones que hacen posible el trabajo de conservación de las organizaciones sin ánimo de lucro de la talla de The Nature Conservancy (TNC), la ONG que llegó a Colombia hace 35 años y tiene oficinas en 72 países.

Tierney visitó el país la semana pasada, y, cuando hablamos con él, estaba fascinado con el potencial colombiano en términos medioambientales y con el lento despertar de la filantropía. Le preguntamos sobre un aspecto que no suele mirarse a la hora de proteger la naturaleza, pero que es fundamental para que esto ocurra: conseguir recursos.

Esta es su primera vez en Colombia. ¿Por qué decidió venir?

Vine a Colombia por dos grandes razones. La primera es que The Nature Conservancy ha estado aquí por 35 años, y en ese tiempo ha alcanzado cosas extraordinarias y ha logrado crecer de una forma muy importante. Es extremadamente emocionante, pues en término ecológicos Colombia es uno de los países más importantes del mundo. Creemos que el éxito de algunos proyectos en este país pueden ser replicado en otros lugares. La segunda razón es porque la filantropía se ha ido expandiendo en Colombia y la gente está empezando a hacerse —y hacerme— preguntas. Los líderes y fundaciones están preguntándose: ¿cómo podemos mejorar nuestro impacto? Las colaboraciones público-privadas tiene la capacidad de generar esos impactos. Mi objetivo es poder conversar con líderes de fundaciones y filántropos.

¿Cuáles son esos proyectos emocionantes en Colombia?

Hay dos que creo pueden ser los candidatos. Los fondos de agua, que son alianzas público-privadas en las que quienes viven y usan el agua río abajo aportan dinero para que los campesinos y habitantes de las partes altas protejan el agua, mediante el cuidado de los ecosistemas. En Colombia ya existen siete, y la idea es implementar otros ocho, para un total de 15. Estos lugares representan el 48 % del PIB colombiano. Esto convertiría a Colombia en el país con más fondos de agua en el mundo y se puede convertir en un modelo para el resto del mundo. El segundo es un pacto que firmaremos para proteger un área de la Orinoquia, que representa el 24 % del territorio colombiano. El pacto será firmado por todas las iniciativas que ya están trabajando en la región, sin importar si provienen de sectores de conservación o de agricultura, públicos o privados. Este no es el fin, es el principio de una oportunidad para que esta área pueda ser protegida para la conservación y pueda nutrir a las comunidades que viven allí.

En Colombia tenemos muchísimas ONG, y no siempre trabajan juntas o con otros sectores. ¿Cómo podrían ser más colaborativas?

Cuando se trata de cambios sociales profundos, nada significativo puede pasar si trabajas solo. Finalmente, todos los actores de un sector tienen las mismas preocupaciones y cada quien tiene algo que aportar a la meta. En Estados Unidos decimos que uno más uno es igual a tres.

¿Cómo hacer de las ONG entidades financieramente sostenibles?

En Estados Unidos, y no sé si aquí, es muy fácil crear una ONG. Así que hay una fragmentación natural que es, en este sentido, muy poco eficiente y bastante redundante. Así que para las ONG más pequeñas, es muy complicado ser sostenibles. Si estuviera hablando de forma honesta con el director de una pequeña ONG le preguntaría: ¿qué tan importante es tu trabajo para que lo que estás intentando que ocurra, realmente ocurra? Sin esto, es imposible conseguir dinero. Un ejemplo: hace años hicimos un estudio en San Francisco, en donde encontramos que había unas treinta o cuarenta organizaciones de ayuda a los habitantes de calle. Con sus presupuestos combinados, ¡podrías poner a cada habitante de calle en un hotel lujoso por el resto de su vida!, pero cada organización de estas tenía y reclamaba su pequeño pedazo y, al final, el impacto no importaba demasiado. Y aclararé algo: así como hay ONG que no hacen muy bien su trabajo, hay otras maravillosas, pero que no son muy buenas recaudando dinero.

En su libro “Get $mart” dice que la filantropía tiende a tener bajos resultados, específicamente para el sector medioambiental.

Lo primero que ocurre es que cuando alguien decide donar su dinero, todos van a decir cosas positivas. Nadie va a decir: “¡Oh! me diste un montón de dinero y me lo gasté muy mal”, eso sería estúpido. A esto le llamamos loops de retroalimentación distorsionados, pues el donante empieza a creer que todo lo que hace es perfecto. Lo fácil es firmar un cheque. Lo difícil es que ese dinero llegue a la comunidad. La segunda razón es que no invierten su dinero de forma eficiente, sino que tratan de abarcar todas las causas posibles, con un muy bajo impacto en cada una. Es como si tuvieras US$100 y le das un dólar a cada persona, no mejoraste mucho sus vidas. Pero otra idea es darle ese dinero a una sola persona que pueda ir a comprar ropa y así mejorar sus posibilidades de conseguir un trabajo. ¿Cuál tendrá más impacto? Otra razón es que los donantes no invierten en las capacidades humanas que trabajan en las ONG y que son quienes hacen posible lograr los objetivos. Así que no tiene sentido, por ejemplo, decirle a una organización ambiental “quiero que conserves ese ecosistema, pero no invertiré ni un centavo en las operaciones de esta oficina”. Esto es como decir que pagarás por un carro, pero no por la gasolina, el mantenimiento ni el aceite. Ese vehículo no se moverá.

¿Hay algo que los donantes podrían hacer mejor?

Algo que realmente critico mucho es que, por lo menos en Estados Unidos, este tipo de donaciones tienen una duración de dos años y medio. Eso no es nada. Los problemas no se resuelven en dos años, se resuelven en diez, y ese es el tiempo que debería durar el compromiso, cuando es real. Además, hay un grave problema y es que los filántropos no ayudan lo suficiente a la gente a quienes se supone les están sirviendo. Es necesario que escuchen, pues así pueden ayudarlos mejor.

Hay quienes critican la filantropía porque se preguntan por qué una única persona tiene tal cantidad dinero como para llenar un vacío estructural que debería estar llenando el Estado. ¿La filantropía se ha puesto a pensar en estos aspectos más políticos de su trabajo?

La primera idea que tendríamos que analizar con esta pregunta es el capitalismo. Y el capitalismo ha logrado, como sistema, llevar prosperidad y elevar el nivel de vida en todo el mundo. Sin embargo, una de sus consecuencias es que algunas personas hacen muchísimo dinero y se concentra la riqueza. Eso es un hecho. Pero cabe recordar que la filantropía es voluntaria y el problema no es que haya demasiada filantropía, es que no hay suficiente.

Estamos viendo una tendencia global de líderes políticos que no valoran —incluso, criminalizan— el trabajo de las ONG. En este escenario, ¿cuál es la forma más inteligente para actuar?

En Estados Unidos estamos un poco blindados, porque uno de cada diez trabajos ocurre en el sector de las organizaciones sin ánimo de lucro, además, hace parte de nuestro tejido social: dos de cada tres norteamericanos hace voluntariados. Sobre otros contextos, lo único que puedo decir es que los problemas que intentan resolver las ONG no se irán a ningún lado. Y hay una fuerte evidencia de que los gobiernos, por sí solos, no pueden resolver estos problemas sociales. Lo que tengo para decirles a estas organizaciones es que insistan en su trabajo, pues tarde o temprano los gobiernos se darán cuenta de que no hay salidas sociales posibles si no trabajan en conjunto.

 

*El blog El Río es una alianza entre El Espectador y TNC.

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