La maravillosa máquina de Jorge Daza

En una vereda de Santander, un campesino diseñó un prototipo que convierte residuos del ganado en gas para la cocina. Los costos de estos inventos en Colombia impiden que otros agricultores los usen.

Este es el fogón que Jorge Daza logró instalar y poner en funcionamiento aprovechando los excrementos de sus cerdos. / CÍAT

La pequeña parcela de yuca y árboles frutales detrás de la casa de Jorge Daza, en la vereda de Macaregua, departamento de Santander, parece el escenario de un accidente alienígena: extraños tanques de cemento salpican la loma, tubos y pipas regadas al azar por la parcela: los escombros del naufragio. Un gran cilindro negro con forma de botella yace hundido hasta el cuello en la tierra naranja y arcillosa: la nave nodriza. No es una nave extraterrestre, pero sí algo insólito: se trata de un biodigestor completamente funcional que convierte estiércol de ganado en gas para la cocina de Jorge.

Uno de los principales responsables del cambio climático en la agricultura es la ganadería, en gran parte debido a las emisiones de gases de efecto invernadero del estiércol de animales y su fermentación. Se proyecta que del año 2005 a 2030, las emisiones de CH4 y N2O provenientes del estiércol aumentarán un 17%. ¿Qué sucedería si pudiéramos prevenir la liberación de estos gases a la atmósfera y utilizarlos para algo práctico?

Los digestores anaeróbicos de metano no son una idea nueva, pero modelos tan impresionantes como el de Jorge Daza se reservan normalmente para operaciones industriales.

“El diseño viene de una empresa que se llama Fedetabaco, la compañía que compra nuestra cosecha y también da un aporte para gestionar esta clase de proyectos”, dice Jorge. “Vi el diseño e hice algunos cambios para las partes que no funcionaban bien. Fedetabaco acordó ensayar el modelo nuevo, proporcionando los materiales (alrededor de $7 millones, o sea US$3.500), y Jorge puso el lugar y la mano de obra.

Notablemente orgulloso de su máquina maravillosa, Jorge se deleita explicando el proceso de construcción. Un pequeño canal lleva el estiércol de sus tres cerdos hasta un tanque de recolección al pie de la lomita y desde allí pasa al tanque de fermentación. “Lo construí yo mismo en concreto”, dice. “Aquí es donde se produce el gas metano”, continúa, dando al tanque un golpe amistoso. “Lo sellamos para que no se vaya a estallar y para que no se salga el gas”.

Una sencilla tubería metálica lleva el precioso gas metano directo a la estufa en la cocina de Jorge. Los residuos del estiércol, ahora libres de metano, son expulsados por la misma presión a otro tanque para después utilizarlos como abono.

El diseño de este emprendedor va mucho más allá que la estructura en sí. La inversión completa ha sido planificada de principio al fin.

“Quiero comprar más cerdos —tal vez 10 en total— para mantener este tanque lleno todo el tiempo”, dice. “Los residuos del estiércol los estoy ensayando como abono, y funcionan. Tengo pensado cultivar cítricos y aguacates en esta parcela. Con unos 50 aguacatales es más que suficiente para el sustento de mi familia”.

Con ese espíritu empresarial, la visión de Jorge parece sorprendentemente rentable. Pero cuando se le pregunta si el esquema podría escalarse horizontalmente para que más agricultores en Macaregua puedan aprovechar sus beneficios, duda. “Es una inversión muy grande para la gente de aquí”, admite Jorge. “Se puede decir con seguridad que nadie en esta vereda tiene $7 millones para invertir en un proyecto. Además, hay que contar la compra de los cerdos y la porqueriza. Eso no se puede hacer sin el apoyo de afuera, como me pasó a mí”.

Además, Jorge puntualiza: “Es complicado de construir. Se necesita alguien que sepa de construcción. Yo me demoré tres semanas haciéndolo, con dos muchachos que tenía; mucho tiempo para un par de tanques de cemento”.

Jorge tiene el don de la previsión y el conocimiento de un contratista experto. Otros agricultores en Macaregua con recursos semejantes son casi inexistentes. Sin embargo, comenta, hay proyectos parecidos en pueblos cercanos y que también han tenido éxito. “Hay que ver si ese apoyo llega para Macaregua”, concluye.

Tomando el ejemplo de Jorge Daza como excepcional, ¿qué tan rentables son los biodigestores como una herramienta climáticamente inteligente para el agricultor colombiano promedio?

Para empezar, a muchos agricultores pequeños les falta el capital financiero para implementar un biodigestor sin un considerable apoyo externo. Adquirir y mantener ganado puede ser un cambio drástico y un costo adicional para los agricultores que no se dedican a eso. A menudo, los biodigestores mal construidos se dañan y no se reparan, casi sin seguimiento de las organizaciones que los implementaron.

Sin embargo, sus beneficios son considerables: el mejoramiento de la salud humana por la menor dependencia de las estufas de leña, menores costos en combustible y fertilizantes, así como una fuente de ingresos adicional por la crianza de ganado. Sin olvidar sus beneficios para el clima: menores emisiones provenientes del estiércol y fertilizantes, y menor deforestación por el consumo de leña.

 

* Investigadora visitante y escritora de ciencias del Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT) en Palmira, Valle.