Medio ambiente, un aliado vital para acabar la pobreza

A pesar de que las personas marginadas son las que más dependen de los ecosistemas para generar ingresos, también son las más vulnerables a desastres ambientales.

Aunque el país pasó de tener un índice de pobreza de 49,7 % a 27,8 % entre 2002 y 2015, el de Chocó aumentó casi cinco puntos porcentuales.  / Fotos: Tatiana Pardo
Aunque el país pasó de tener un índice de pobreza de 49,7 % a 27,8 % entre 2002 y 2015, el de Chocó aumentó casi cinco puntos porcentuales. / Fotos: Tatiana Pardo

A través del tiempo, uno de los mayores desafíos que han tenido los gobiernos y las agendas internacionales ha sido erradicar la pobreza. No en vano, tanto en los Objetivos del Milenio (ODM) como en la nueva agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), abatir la pobreza es una constante y la primera meta en el cronograma.

Sin embargo, la forma como se ha pensado lograr este objetivo ha cambiado de perspectiva, pues con los años se entendió que la pobreza es más que un índice que divide a las personas según sus ingresos. Más que una cifra monetaria, erradicar la pobreza debe ser visto como el conjunto de factores que les garantizan a los ciudadanos el bienestar humano.

Más que un indicador de cómo ha crecido económicamente un país en los últimos años, erradicar la pobreza tiene el reto de asegurar una mejor calidad de vida sin llevarse por encima los recursos naturales.

Es por esto que desde 1990, junto con el primer Informe de Desarrollo Humano, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) empezó a hablar de la pobreza multidimensional. Expresión que entiende que para poder medir la pobreza en términos reales deben mirarse tres eslabones: la educación, la salud y la generación de ingresos.

Eslabones que, si se atan fino, se encuentran relacionados con todos los ODS y necesitan de un medioambiente conservado para cumplirse, pues, como bien lo explica Lina Arbeláez, coordinadora del Área de Pobreza del PNUD Colombia, “si empezamos a erradicar la pobreza comprometiendo los recursos de las generaciones futuras, los índices de retorno a la pobreza serán también mayores. Por eso, esta meta no debe medirse en términos de cómo está creciendo económicamente el país, sino cuántas personas siguen siendo pobres y cómo no dejar a nadie atrás, pues el desarrollo debe ser escalonado para todos”.

El riesgo del que habla Arbeláez, de hecho, está retratado en algunas cifras colombianas sobre la distribución de la pobreza. Si bien datos del PNUD indican que el país pasó de tener un índice de pobreza de 49,7 % a 27,8 % entre 2002 y 2015, este crecimiento no fue generalizado: departamentos como La Guajira, Norte de Santander y Cauca tienen niveles de pobreza similares a los del 2002 y Chocó aumentó el suyo en casi cinco puntos porcentuales. Este departamento es, precisamente, uno de los mayores centros de biodiversidad del mundo.

Pero, entonces, ¿qué significa que la nueva dimensión de pobreza se mida desde estos tres aspectos que, además, están relacionados con la conservación de los ecosistemas? Entender el caso de Chocó y la contaminación por mercurio puede ser parte de la respuesta. Debido a la extracción ilícita de minerales, que ha degradado alrededor de 64.000 hectáreas en ese departamento, afluentes principales de agua, como el río Atrato, terminaron contaminados. Por este deterioro del medioambiente no sólo terminaron afectados sus pescadores, que según WWF han reportado una disminución del 35 % de la pesca (y, por ende, de sus ingresos), sino también en su salud. Según reveló un estudio de esta misma organización, junto con la Universidad de Cartagena, 50 % de una muestra de 80 personas a las que se realizó un estudio por contaminación de mercurio presentaban índices más altos que los recomendados por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA). Un caso que pone en evidencia la importancia del medioambiente para luchar contra la pobreza cuando ésta se entiende desde lo multidimensional.

Estas relaciones, claro, se podrían rastrear en otros casos. Sobre todo si se tiene en cuenta que para 2015 el Índice de Pobreza Multidimensional (IPM) demostró que, mientras la pobreza en el área urbana es de 14,4 %, en lo rural alcanza el 40 %. Por esto se hace importante entender que detrás de la naturaleza hay una economía invisible y que el medioambiente, al no respetar fronteras ni clases sociales, debe ser entendido como un ingreso del que todos sacamos beneficios. Pues, como bien lo aclara Arbeláez, “si no entendemos este accionar, en diez año puede que no sólo tengamos más pobres, sino un planeta sin recursos para sacarlos de la pobreza”.

Medioambiente y pobreza, una relación de doble vía

Los más pobres se benefician más del medioambiente

Con el tiempo se ha entendido que la única manera de asegurar economías fuertes y erradicar la pobreza no es mediante la extracción extensiva de los recursos, sino, por el contrario, conservando los ecosistemas. El agua, la energía, la comida y el aire, entre muchos otros, son servicios ecosistémicos que mantienen el bienestar humano y ayudan a mitigar el cambio climático, pues, como bien lo afirma el Primer Informe de Desarrollo Humano del PNUD, “la pobreza aumenta la degradación del medioambiente, a la vez que el daño al medioambiente refuerza la pobreza”.

De hecho, estudios realizados por WWF estiman que 89 % de la producción económica de las personas que viven en la extrema pobreza se deriva de la riqueza natural, los ecosistemas marinos generan 660 millones de trabajos a nivel mundial, mientras que los arrecifes coralinos permiten el funcionamiento del 12 % de las pesquerías mundiales.

Los más pobres son los más vulnerables a los desastres ambientales

Usualmente, por falta de mejores oportunidades, las personas pobres suelen asentarse en los territorios con mayor riesgo de sufrir catástrofes ambientales: periferias urbanas, costas o laderas de los ríos con potencial inundable o, como sucede en Bogotá, en cerros empinados con riesgo de erosión. Es por esto que, a pesar de ser los que más necesitan del medioambiente para su bienestar, también son los más vulnerables a los cambios ambientales. De hecho, según indica el PNUD, las personas de los países calificados en el 20 % más bajo del Índice de Desarrollo Humano tienen de 10 a 1.000 veces más probabilidad de morir en un desastre natural que las personas de los países del 20 % más alto.

En Colombia, por ejemplo, la Cepal ha estimado que los impactos asociados al cambio climático podrían generar reducciones de hasta 7,4 % en rendimientos agrícolas entre 2010 a 2100. Y las pérdidas financieras producto de La Niña 2010-2011 fueron de casi el 2 % del PIB.

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