Morichales, entre el fuego y el agua

Estos ecosistemas, que se encuentran en las cuencas del Orinoco y el Amazonas, suministran refugio a una gran cantidad de fauna y son el sustento económico de los indígenas sikuáni amorúa.

Cuando se piensa en el llano, se piensa en pastizales. Extensiones infinitas de prados y tierra rojiza que despistan al observador de su norte. Pero allí, donde la mayoría es silencio y podría pensarse que todo está muerto, se esconden los morichales. Un ecosistema compuesto por agrupaciones de palmas de moriche que permite conservar el agua. Cuidar, en el verano, las corrientes que se escapan del río Bita o del río Tomo.

Las palmas que lo conforman se alzan largas, a veces hasta los 25 metros, por los caños o puntas de mata de la cuenca amazónica y del Orinoco. Al igual que la culebra, sus frutos están forrados de escamas y cuando se agrupan una alrededor de la otra, crean un camino por donde entrará el bosque de galería, que crece alredor de las riberas y cubre el 7.1% del departamento del Vichada.

“Debajo de los moriches las lombrices empiezan a crear montículos de tierra. El piso sube, se hace más fértil y por la sombra que da la palma ya se empieza a crear un bosquecito”, advierte Luis Ángel Trujillo, gestor local del Instituto Humboldt, un hombre que a pesar de venir de la selva de la Amazonia, lleva acostumbrando su ojo al paisaje llanero desde hace 13 años.

“Los morichales son los precursores para que entren las especies de galería”, continua. Después, cuando las condiciones dejan de ser aptas para la palma, algunos moriches mueren, otros dejan de crecer y sus semillas se empiezan a dispersar de nuevo al final de los caños para retomar el mismo ciclo.

El congrio, el moriche y el saladillo son algunas de las especies que se camuflan entre lo que, desde lejos, podría ser solo una nube verde. Pero cuando los ojos expertos lo miran de cerquita, se sabe que el primero tiene una madera resistente a las termitas, que el segundo está asociado a la conservación de agua y que el tercero sirve para adivinar hasta dónde creció el río en el último invierno: justo donde se ve una marca más oscura en su tronco.

Por esto no hay que dejarse engañar. “Cuando uno ve el bosque de galería desde el río, cree que está cruzando una selva densa y bien grande, pero por mucho hay 400 metros de ancho, dependiendo del sector ribereño. Después, es sabana o afloramiento rocoso aquí en el Vichada,”, explica Trujillo.

Para entender lo que él dice, hay que imaginárselo desde el aire. Extensiones eternas de pastizales y de llano que, de repente, se estrellan con un bosque. Pero no con cualquier bosque, sino uno mutante, parcialmente inundable y que, como una galería, marca los bordes de los cuerpos de agua secundarios, de los caños o las lagunas.

Luego, cuando el bosque se hace menos denso, más apartado del gran caudal y solo se ven grupos de palmas separadas, se habrá llegado al morichal. Donde nace todo.

El fuego lo devora todo.

Los morichales son los protectores del agua y en el Vichada el fuego es su principal amenaza. Las quemas que los ganaderos inician para buscar nutrir la tierra a veces se extienden hasta por tres horas de carretera. Voraz, y absorbiendo todo el material seco que encuentra a su paso, el fuego los alcanza.

“A pesar de que el moriche es una de las palmas más abundantes en Colombia, puede ser susceptible al fuego en términos de conservación. Ellas resisten, pero hemos encontrado que las quemas retrasan su crecimiento o disminuyen el número de hojas por palma”, explica Gabriela Huidobro, investigadora de la Fundación Yoluka, mientras señala unas germinaciones de moriche que acaban de brotar en su vivero. La idea es que cuando llegue el invierno estas se siembren en morichales que han sido afectados por quemas o donde el curso del agua indique que se necesitan refuerzos.

Su trabajo hace parte del Proyecto Vida Silvestre, una iniciativa liderada por Wildlife Conservation Society (WCS) y patrocinada por Ecopetrol, que está buscando conservar diez especies, cinco en los Llanos Orientales y cinco en el Magdalena Medio. “Lo ideal es proteger las especies sombrillas, esas que al ser apadrinadas terminan por conservar, de forma indirecta, otras plantas, animales e incluso hábitats,” afirma Huidobro.

Al cuidar los morichales, entonces, no solo se está trabajando por las palmas, sino por la danta, que se las come, y por las 399 especies de peces que han sido reportadas en estos ecosistemas según el Instituto Humboldt. Por la guacamayita de pecho rojo, que anida dentro del estipe de la palma cuando se está empezando a pudrir, y por los más de 30 servicios que les ha dado a los llaneros de esta región. Aceite de cocina, jugos, chicha, cometas y hasta un ungüento para vencer la calvicie se han colado en las encuestas que hizo Huidobro recorriendo la parte baja y media del río Bita.

Tanto el trabajo de Yoluka, como los procesos de información que está desarrollando el Instituto Humboldt alrededor de la alianza por el río Bita, quieren incorporar a las comunidades en la protección del morichal. Mostrarles formas alternativas de crear cortafuegos y promocionar saberes locales de usos sostenibles. Por esto uno de sus aliados es Alejandro Herrera, dueño de la finca Doña Aña.

Rodeado por las aguas del Bita, un kilómetro hacia el oriente y 500 metros al occidente, a 40 kilómetros de Puerto Carreño, el Peladero, como le llamaban antes, se ha convertido en una Reserva Natural de la Sociedad Civil: 1.200 hectáreas que al tener salidas al Bita, permiten explorar y trabajar con los morichales y las 78.834 hectáreas de bosque de galería que corresponden a este río.

La palma anaconda

“Pa hacer el trabajo completo hay que despuntarlo todo y con la fibra que uno va sacando, es que se teje la cabuya pa hacer artesanías”, explica Ramón Chipiaje, indígena sikuáni amorúa, mientras pellizca con habilidad la punta del cogollo de moriche que acaba de cortar a machetazos. De ahí va sacando unos hilitos finos, casi transparentes, que serán tejidos como bolsos, chinchorros o sombreros.

Ramón, al igual que Marisol Rodríguez, quien los teje, hace parte de una de las etnias del Orinoco que están fuertemente ligadas a la palma de moriche. Sus hojas las usan para “entechar” las casas y en los tejidos de las artesanías retratan las formas de los animales que los rodean. “El tejido cocota es como el curito, un pescado que tiene conchas, y el Iculí Itané son cuadros de una tortuga morrocoy,” dice Rodríguez. “En tiempos de mis abuelos solo se hacían chinchorros, pero ya tenemos hasta estas canasticas. ¿Ve el tejido? Es el camino de culebra”.

Al moriche, los indígenas le llaman “la palma de la vida”, y antes de cortar sus hojas para hacer uso de ellas, deben hacerle ofrendas a la anaconda, encargada de proteger los espacios acuáticos. Por esto, cuando van a sacar su fruto preparan cáscara de yopo y desde el 2007, orientados por Corporinoquia, dejaron de tumbar las palmas enteras. “Eso es naturaleza y no podemos maltratarla, porque además de conservar el agua, los moriches son nuestra economía”, concluye Rodríguez.

 

Temas relacionados