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hace 1 hora

Pandemias, síntomas de un planeta enfermo

El COVID-19 demuestra, tanto como cualquier otra enfermedad emergente que ha enfrentado la humanidad, la urgencia de replantear la relación destructiva que tenemos con la naturaleza. Del trato que le demos puede depender nuestra supervivencia.

Según un informe de WWF-Italia* “el 75 % de las enfermedades humanas conocidas hasta la fecha derivan de animales. / EFE

En el siglo XIV, la peste bubónica arrasó con aproximadamente la mitad de la población de Europa en tan solo cuatro años. Una tragedia de esta magnitud hizo tambalear la civilización occidental y demostró, sin lugar a dudas, la fragilidad de las sociedades y de la especie humana. La recuperación posterior de los países afectados hizo que la memoria colectiva olvidara rapidamente el horror. Un hecho que no cambió a pesar de que a lo largo de los siglos sucesivos, otras pandemias azotaran a la humanidad con violencia. (Vea aquí toda la información sobre coronavirus)

El olvido del sufrimiento es seguramente una manera de sobrellevar las dificultades, pero hace difícil aprender de las experiencias vividas y ajustar, en consecuencia, el comportamiento de la sociedad. Las plagas que han afectado a nuestra especie a lo largo de la historia nos han dejado lecciones tan importantes como la de que todas ellas demuestran relaciones equivocadas de las sociedades con sus entornos.

En efecto, una revisión a estos fenómenos revela que en cada uno de ellos los seres humanos fueron al mismo tiempo víctimas y facilitadores en la dispersión de la enfermedad. Así, por ejemplo, los sucesivos ataques de la peste negra fueron el resultado indirecto del comportamiento de las sociedades de la época. La intensificación paulatina del comercio a lo largo de la llamada ruta de la seda, puso en contacto grupos humanos que habían estado relativamente aislados por siglos con nuevos agentes infecciosos para los que no tenían defensa alguna.

El traslado de mercancías puso a disposición de la plaga medios de transporte rápidos y eficientes. Las ratas podían viajar en la carga de las caravanas y, aún mejor, en las bodegas de los barcos a lo largo de los tramos marítimos de las rutas de comercio, llevando en su pelambre las pulgas que servían de vehículo al microorganismo causante de la enfermedad. A causa de la actividad comercial, esta cadena de transporte se aceleró en poco tiempo e hizo posible el ataque masivo de la plaga. (¿Qué está pasando con el COVID-19 en el mundo? Aquí le contamos)

En otras pandemias, la secuencia de eventos y relaciones causales es menos clara, pero sin duda tiene elementos comunes con el que acabamos de relatar. Por una parte, la ruptura de barreras naturales a la dispersión de distintos tipos de organismos, como consecuencia de una intervención humana, es una de las claves. Si bien las plantas, los animales y los microorganismos tienen medios naturales para transportarse, sus poblaciones tienen límites relativamente estables cuya ruptura puede producir resultados inesperados.

El establecimiento de rutas de comercio, la construcción de vías a través de grandes paisajes, el desarrollo de medios eficaces de transporte, la adecuación de tierras para el cultivo y el traslado de materiales y productos de un sitio a otro, son algunos de los procesos que causan esta disrupción de las barreras entre poblaciones. Como todos estos procesos forman parte esencial de las actividades humanas desde el desarrollo de las primeras civilizaciones, no sorprende entonces que sus consecuencias se hayan repetido a lo largo de la historia.

El contacto de seres humanos con elementos de la biodiversidad con los que nunca tuvo relación, es un segundo elemento común a las distintas pandemias. Así como el encuentro de los europeos con las ratas del extremo oriente desencadenó el ataque de la peste negra en la edad media, en otras enfermedades globales ha estado de por medio el relacionamiento cercano de un grupo humano con organismos con quienes no había entrado en contacto inmediato previamente.

El inicio de la expansión del SIDA se asocia con el consumo de carne de chimpancé, como parte del mercado de proteína silvestre en algunos países de África. Si bien este tipo de uso de animales no domésticos es una práctica ancestral de todos los pueblos, la incorporación del tráfico de “carne de monte” en los mercados urbanos de ese continente es considerado como el factor inicial de una de las pandemias que más muertes y sufrimiento ha causado a la humanidad. (Lea: Esta es la situación del coronavirus en Colombia en tiempo real)

Pero ese contacto con seres insospechados puede darse además de manera indirecta. La transformación de grandes paisajes causada por las actividades humanas trae consigo la disminución, fragmentación y pérdida de ecosistemas que son el hogar de muchas especies. Algunas de ellas desaparecen a medida que sus hábitats se pierden, pero otras intentan adaptarse a las circunstancias invadiendo nuevos espacios, lo que puede acercarlas espacialmente a los humanos o a sus animales domésticos.

Como lo señalaba un artículo publicado por el diario New York Times titulado La ecologia de la enfermedad, en 2012: “las enfermedades siempre han salido de los bosques y la vida silvestre y han llegado a las poblaciones humanas: la peste y la malaria son dos ejemplos, pero se han cuadruplicado en el ultimo medio siglo debido, en gran parte, a la creciente invasión humana en el habitat, especialmente en las regiones tropicales. Con los viajes modernos y un mercado robusto de tráfico de vida silvestre, el potencial de un brote en grandes centros de poblacion es enorme”. Una discusión que más que pertinente en la coyuntura actual.

La relación entre el trato que le damos a la naturaleza y las enfermedades emergentes que enfrenta el mundo, es un asunto en constante investigación en el que nadie tiene la última palabra, aún. Sin embargo, es un camino que vale la pena explorar a fondo. Según un informe de WWF-Italia* “el 75 % de las enfermedades humanas conocidas hasta la fecha derivan de animales, al igual que el 60 % de las enfermedades emergentes son transmitidas por especies salvajes”. Sobre el Covid-19, la pandemia actual que tiene en emergencia al mundo, este informe no descarta que el consumo de animales silvestres y el tráfico ilegal de especies puedan estar relacionados con la propagación del virus.

Por primera vez en la historia la población global afronta el reto de encontrar, en su conjunto, medidas extremas para detener una nueva pandemia. Y a pesar de la dimensión planetaria de este desafío, cuenta con elementos de análisis claros para decidir la viabilidad de su futuro. Se trata de un momento crucial, pues este año los gobiernos definen las nuevas metas compartidas para la conservación de la biodiversidad.

Sabemos que la conectividad ilimitada de las sociedades modernas, el comercio indiscriminado de bienes y materias primas, la transformación a gran escala de todos los paisajes, el hacinamiento de un mundo cada vez más urbanizado, el tráfico de fauna y flora silvestre y la cercanía progresiva con algunos elementos de la biodiversidad, son denominadores comunes de las grandes pandemias, pues son factores que traen consigo la oportunidad para la dispersión de agentes patógenos.

De igual manera, conocemos múltiples formas de mitigar, prevenir y corregir cada uno de estos procesos, para disminuir el riesgo que todos enfrentamos. Y si lo hacemos encontraremos en la naturaleza, al mismo tiempo, las soluciones que demandan los problemas globales.

*‘Pandemias, el efecto boomerang de la destrucción de los ecosistemas: proteger la salud humana preservando la biodiversidad’ disponible en la página de WWF Italia.

* Director de gobernanza y conservación WWF Colombia

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2020-03-19T14:16:14-05:00

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2020-03-19T15:35:42-05:00

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- Luis Germán Naranjo *

Medio Ambiente

Pandemias, síntomas de un planeta enfermo

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