Policías, los más afectados por contaminación

Un agente de tránsito en Bogotá tiene 15,6 veces más probabilidades de tener en su organismo sustancias cancerígenas asociadas al material particulado en el aire.

Si a usted le propusieran hoy ser policía de tránsito y tuviera que pararse durante ocho o más horas a tratar de organizar el caos de Bogotá, seguro lo pensaría dos veces. Pero no sólo debería dudarlo por el hecho de tener que darle un ritmo a ese desorden en que se ha convertido la movilidad, sino por lo que implica para su salud estar expuesto durante tanto tiempo al aire de la capital. En el mejor de los casos, debido a la contaminación que se desprende del hollín de buses, busetas y carros, desarrollaría tos, constante irritación en los ojos, congestión nasal y expectoración. En el peor, tendría más riesgo de desarrollar un cáncer de pulmón.

Las discusiones sobre la contaminación en Bogotá se han intensificado en la última década ante la necesidad de respirar en un ambiente que no sea perjudicial. Mientras la Organización Mundial de la Salud (OMS) advertía que la concentración máxima de material particulado de 10 micras (PM10) en ciudades no debe sobrepasar los 50 ?g/m³, acá se tenían unos registros desbordados. En 2005, de acuerdo al Observatorio Ambiental, la capital alcanzó un pico de 74 ?g/m³. En 2012 y 2013, la cifra bajó a 47 ?g/m³, pero el año pasado volvió a subir a 52.

Eso en términos generales. Pero ¿qué tan distinto sería ese escenario si, como los policías, un ciudadano tuviese que enfrentar cara a cara y por períodos considerables las partículas que arrojan los exostos? La realidad sería otra. Por ejemplo, en puntos como el encuentro de la avenida Boyacá con la calle 64 Sur o el cruce de la carrera Séptima con la calle 119, los registros de PM10 rebasan de forma abultada los límites permitidos. En el primero, la concentración podría llegar a ser de hasta 376,98 ?g/m³ y en el segundo de 272,95 ?g/m³.

Todos estos cálculos hacen parte de un estudio realizado por los departamentos de Salud Pública, Toxicología e Ingeniería Química y Ambiental de la Universidad Nacional y publicado en una de las revistas médicas de la institución.

Tal y como cuenta Cristian Díaz, químico toxicólogo, desde hace unos cuatro años él y otros investigadores de estas disciplinas se dieron a la tarea de averiguar cuán expuesta podía estar la salud de alguien que trabaja en esas condiciones. Para saberlo, analizaron 524 agentes de tránsito, 413 de los cuales tenían que estar en la calle mientras los restantes desarrollaban labores de oficina.

“Simulamos un microambiente en el que medimos el aire a la altura que realmente respiran los policías, porque las unidades de monitoreo de la Secretaría de Ambiente están a dos metros de altura. A esa distancia, el material particulado alcanza a diluirse. Además tomamos muestras de orina para identificar la presencia de 1-hidroxipireno y 3-hidroxibenzo(a)pireno (3-BAP), sustancias que pertenecen al PM10 y que se metabolizan al entrar al organismo”, explica Díaz.

En otras palabras, midieron cuánto PM10 había en el aire que respiran directamente los agentes de tránsito y luego identificaron una serie de síntomas que podían estar relacionados. Además querían identificar la presencia de un par de sustancias que entran al cuerpo al respirar PM10 y que se transforman en el organismo, una de las cuales, el 3-BAP, es cancerígena.

De ahí justamente se desprende la que podría ser la conclusión más diciente: “Encontramos que un policía de tránsito tiene 15,6 veces más probabilidades de tener 3-BAP que uno que esté trabajando en las oficinas. Aunque hay que aclarar que estar expuesto a esa sustancia cancerígena no implica que se va a desarrollar un cáncer. Es más bien como estar en una ruleta rusa: un policía tiene 15 boletas y el resto de los transeúntes sólo una. Sin embargo, este estudio también podría aplicarse a poblaciones más expuestas, como vendedores ambulantes o conductores de bus”, explica Díaz.

“Respecto a la parte clínica, lo que encontramos básicamente fue que quienes estaban en las vías bogotanas tenían una mayor frecuencia de tos, expectoración, irritación de ojos o congestión nasal. Y si uno está expuesto por varios meses o años a las mismas condiciones, puede desarrollar problemas respiratorios crónicos”, asegura el médico toxicólogo Jesús Alejandro Estévez, quien también hizo parte del estudio.

La investigación, sin embargo, sólo midió el PM10, es decir, las mismas partículas que miden las estaciones de la secretaría. Pero las que más riesgo generan y que se han asociado a índices de mortalidad son las más diminutas: las PM2.5. De esas aún no hay datos concretos en la ciudad.

 

[email protected]