Sembramos cultivos contra inundaciones

Durante cuatro años en los que vivieron inundados, a los campesinos de Sincelejito (Córdoba) les fue imposible cultivar sus alimentos.

La depresión momposina es una cuenca hidrográfica de 24.650 km cuadrados que se encuentra entre Bolívar, Magdalena, Sucre, Córdoba y Cesar. / Fotos: Angélica María Cuevas

Para ir a la casa de José y Candelaria, en Sincelejito (Córdoba), usted agarra un carro desde Montería y viaja tres horas por una carretera rápida hasta el puerto de Ayapel, por la misma vía que lo lleva a Planeta Rica. Luego, durante hora y media, y con 36º encima, tendrá que montar en bote y navegar hacia el corregimiento de Cecilia, cruzando hacia el norte las aguas de la ciénaga de Ayapel. Pero José y Candelaria aún estarán lejos.

Esa ciénaga, junto a otros imponentes humedales de la depresión momposina, fueron los que en julio de 2010, alimentados por las intensas lluvias y el desbordamiento del río Cauca, se tragaron decenas de casas, ahogaron árboles y animales y desplazaron a 4.000 pobladores.

Los que se quedaron, porque se negaron a dejar la tierra, tuvieron que vivir durante cuatro años inundados. Situación que sólo se resolvió hace pocos meses, cuando los tres boquetes que abrió el Cauca en los sectores de Nuevo Mundo, Santa Anita, en Antioquia y Seheve (en Ayapel) volvieron a cerrarse con diques de concreto. El agua descendió y la gente logró pisar de nuevo el suelo.

Al llegar a Cecilia usted pregunta si algún paisano, como Dagoberto Oviedo, que camina descalzo de un lado a otro, puede llevarlo en bestia hasta Sincelejito. Si no lo logra, la caminata toma poco más de una hora y media. Toca ir con cuidado para no perderse en los caminos, que son muy nuevos. Los cuatro años de inundación borraron las rutas y los campesinos, los perros y los caballos no han pisado lo suficiente para marcar una guía segura entre un poblado y otro.

Cuando llegue a la última casa de Sincelejito, en donde José y Candelaria han vivido por lo menos 30 años, ella lo recibirá con una sonrisa sostenida, le ofrecerá agua o tinto para la sed y él le dirá “bienvenido” y lo invitará a sentarse debajo del palo de mango que tienen en el solar.

La historia de José Ávila Bertel y Candelaria Curiel, de 60 y 50 años, frente a las inundaciones, es una historia de resistencia. En la fachada de su rancho todavía se ve la sombra del barro que les recuerda cuánto espacio ganó durante los últimos años el caño que tienen en frente.

En julio de 2010, en menos de 15 días, el caño subió por lo menos 60 centímetros desde el nivel del piso y se mantuvo así durante cuatro años. Estaban acostumbrados al agua, pero no a una situación tan crítica. “La creciente de 1984 había sido la más parecida. Pero esa vez no duramos más de un mes inundados. Ahora fue mucho tiempo. Los cultivos y los animales se murieron. Usted no se imagina cómo era el paisaje antes. A este solar no le cabían los árboles frutales”, dice José.

El hombre, al que la creciente del 84 terminó expulsando al casco urbano de Ayapel, aguantó hambre y malos tratos, y juró que si algún día regresaba nunca más dejaría su rancho “así el agua nos llegara al cuello”.

Y cumplió. Cuando vino la inundación de 2010 se unieron entre vecinos y acordaron no marcharse. Algunos alcanzaron a mandar sus animales hacia zonas secas, T+Totros los perdieron. Con las casas anegadas tuvieron que construir tambos flotantes para dormir y encerrar las gallinas y demás animales en jaulas sostenidas con llantas.

“Los animalitos se desesperaban por el espacio. Cuando el agua bajó, las gallinas salieron corriendo y no volvieron. Nos tocaba sembrar de ese arroz que crece en el agua, pero no era suficiente. El Gobierno de vez en cuando mandaba comida”, cuenta Candelaria.

Los únicos cultivos que aguantaban eran las huertas livianas que no se hundían y lo poco que alcanzaban a sembrar sobre las tablas de las casas. El pueblo de agricultores se dedicó a la pesca e instalaron pisos elevados de tabla en la escuela para que sus hijos no dejaran las clases.

Todos los días un bote recogía a los niños de casa en casa para llevarlos a los pupitres. “La vida nos cambió, pero ahí nos acomodamos. Sobrevivimos también porque mis hijos nos mandaban mercaditos desde Medellín. Fueron años muy difíciles”, recuerda Candelaria.

A comienzo de este año, cuando por fin cesó la inundación y se pudo contemplar el hecho de volver a sembrar y tener una vida más tranquila, el Ministerio de Ambiente, en conjunto con el Programas de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud), se contactaron con los campesinos de La Mojana, especialmente habitantes de Ayapel, en Córdoba, y San Benito y San Marcos, en Sucre, para adelantar con ellos un proyecto enfocado en la adaptación al cambio climático.

Con recursos del Protocolo de Kioto, explica Blanca Florián, directora del programa, el Minambiente diseño un plan con el que se pretende recuperar en los próximos años los humedales afectados por la pasada inundación, adaptar la infraestructura de estas comunidades para que responda a la variabilidad climática de la zona, monitorear los niveles de las ciénagas para prever futuras crecientes y adoptar métodos de cultivo que les garanticen a los campesinos la alimentación aunque el agua regrese.

A pesar de que este año las lluvias han escaseado, con el tiempo los humedales de La Mojana traerán nuevas inundaciones para las que se espera que José, Candelaria y sus vecinos estén preparados.

Hace seis meses, William Velásquez, junto a otros expertos en agronomía vinculados a la Pastoral Social (entidad aliada al programa), comenzaron a instalar con los campesinos de la zona cultivos elevados, diseñados para que las crecientes no los afecten. La tierra se cava formando anillos sobre los que luego se siembra papaya, ñame, ají, frijol, yuca o vegetales.

“Después de cuatro años de inundación, la gente puede comer nuevamente de lo que siembra. Ellos son dueños de gran parte del conocimiento sobre cultivos, así que nosotros hacemos recomendaciones para que puedan aprovechar mejor el terreno, elijan los mejores sistemas de riego y no le teman a sembrar diferentes especies en un mismo espacio. Pero de ellos depende que funcione y que esta experiencia se multiplique en otras comunidades”, dice William con un acento paisa inconfundible.

El huerto de José ya da papaya, frijol, ají y está creciendo la yuca. Lo mismo pasa con las habichuelas de su hermano Regero Ávila y las berenjenas y pimentones de Ledys Pérez.

Hace un par de semanas Dagoberto Oviedo, La Mona y otros habitantes de Cecilia caminaron hasta Sincelejito para asistir a la más reciente escuela de campo. Esta vez, durante dos días, William Velásquez dirigió la construcción de un vivero comunitario levantado por 20 hombres y 10 mujeres que llegaron desde poblados cercanos dispuestos a ayudar. Trajeron troncos de árboles que sirvieron de columnas, montaron las bases y a partir del mismo principio de cultivos elevados armaron las camas de tierra. El suelo quedó listo para recibir las semillas que entregará el programa.

La idea es que las familias interesadas se encarguen del vivero, se beneficien de sus frutos y más adelante puedan pensar en comercializar las hortalizas, tubérculos o granos que siembren.

La estructura quedó instalada en la parte de atrás de la casa de José, quien no tuvo problema en ceder unos metros de tierra, cerca del palo de mango, para la siembra comunitaria. “Con lo que nos han enseñado, ninguna creciente va a dejarnos sin comida”, dice, y sonríe.

Termina el jornal y Candelaria recoge los vasos donde los hombres tomaron chicha para refrescarse. Ahora todos se reúnen en el solar a echar historias de vecinos. Al fondo, en una esquina, aún está armado el tambo en el que por cuatro años vivió flotando la pareja de esposos.

 

 


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