En el Polo Norte viven 170.000 indígenas

Sobrevivir en el continente que se derrite

El cambio climático amenaza con desaparecer las rutas tradicionales sobre el hielo de los indígenas del Ártico, los inuits. Por eso, asociadas con una universidad canadiense, crearon Smart ICE, un proyecto que ya fue premiado por las Naciones Unidas.

“Supongo que cuando regresé del hospital en brazos de mi madre fue la primera vez que viajé sobre el hielo”, dice Joey Angnatok, un indígena inuit, sobre su primer contacto con el hielo. Angnatok vive en Nain (Canadá), una comunidad de 200 personas, tan pequeña que la clínica que los atiende no tiene salas de parto. Para que él naciera, su madre recorrió 600 kilómetros sobre el océano Atlántico congelado hasta el hospital más cercano. Luego, con un recién nacido entre sus brazos, regresó al pueblo más al norte de la península de Labrador.

Como todos los niños inuits, Joey Angnatok empezó a escuchar desde que nació los relatos de sus padres y abuelos que llevaban incrustados los secretos para deslizarse con trineos sobre el hielo. “Para nosotros, el hielo es tan esencial como el agua”, dice. Sobre él cazan, juegan, deambulan. Siglos de enfrentarlo llevaron a los inuits a trazar rutas precisas y seguras para transitar en la noche invernal del Ártico. Eso, claro, antes de que el cambio climático empezara a derretir su hogar.

Hace dos meses, los computadores de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) creyeron que había un error en las temperaturas que los censores estaban registrando: escalaban demasiado rápido. Pero no había error alguno. La NOAA verificó y confirmó lo que desde hace años se sospecha: que el cambio climático ha hecho que las temperaturas aumenten en el Ártico dos veces más rápido que en el resto del mundo.

“Recuerdo que febrero de 2010, cuando debíamos estar a -35 o -18 °C, el mes completo estuvo a 0, -1 o -2 °C, y nos estábamos inundando en las comunidades. Las casas estaban llenas de agua. Ese año en particular asustó a la gente. Estábamos como ‘wow, ¿qué está pasando?’”, le contó Angnatok a El Espectador durante la pasada Cumbre del Clima en Bonn (Alemania).

En encuestas hechas ese invierno en varios pueblos inuits de Canadá se dieron cuenta de que una de cada diez personas se había caído al hielo. La mitad de la gente no había podido cazar y recolectar la cantidad normal de alimento, porque el deshielo ha venido cambiando las rutas migratorias de los animales, y dos tercios de las personas entrevistadas tenían miedo de viajar sobre el hielo, pues se había vuelto muy peligroso.

El miedo y el uso masificado de los vehículos sobre nieve están borrando los conocimientos sobre el hielo de los inuits más jóvenes. En los trineos tradicionales hay que bajarse y clavar el arpón en el hielo flexible del mar para saber si es seguro seguir por allí. “Pero estos vehículos van tan rápido que no puedes monitorear cómo está el hielo”, cuenta Angnatok.

Remediar un desastre

“En su propia lengua, inuit significa ‘viajeros del hielo’. Que dos terceras partes de una sociedad que construye su vida alrededor del hielo tenga miedo de viajar sobre él es un desastre. Un desastre silencioso, pues sus voces no son muy poderosas y no mucha gente ha oído hablar sobre ellos”, dice Trevor Bell, un profesor de geografía en la Universidad Memorial de Terranova que se alió con las comunidades para buscarle solución al problema.

La respuesta que Bell y su equipo trazaron con las comunidades fue Smart ICE, un proyecto que integra los conocimientos tradicionales de los inuits y herramientas matemáticas y tecnológicas, con el fin de adaptar las rutas al nuevo e impredecible escenario.

El primer paso es contratar a uno o dos operadores locales por cada comunidad para que claven en el hielo marino enormes sensores. Son ellos quienes definirán dónde es más necesario ponerlos. Los operadores son, además, quienes cada semana se montarán en el Smart Quamutiik, un trineo de hielo que lleva instalado un sensor del grosor del hielo, para recoger datos en tiempo real. Cada siete días, además, los computadores recibirán imágenes satélites.

La interpretación de estos datos también se hace codo a codo. Joey Angnatok cuenta que “si, por ejemplo, el 31 de diciembre el hielo debería medir dos pies, pero sólo mide uno según las imágenes satelitales, los analistas nos dirán: ‘es por la temperatura’, pero nosotros les diremos: ‘no, es porque la capa de nieve que hay sobre el hielo no permite que el mar se congele lo suficiente’”.

Con esa información se diseñan los mapas que quedan disponibles en el portal web de Smart ICE. Las rutas suelen imprimirse y pegarse en la pequeña bodega de alimentos que hay en cada una de las ocho comunidades donde el proyecto ya se echó a andar. Los mapas más grandes pueden abarcar áreas de hasta 100 kilómetros cuadrados.

Para atraer a los más jóvenes, Bell y su equipo están diseñando una aplicación móvil, una especie de Waze ártico que dejará que, a través del GPS, quien lo use sepa por dónde va, en qué áreas el hielo está delgado y por dónde debería moverse para evitar caer a través de las grietas.

Hay doce comunidades que están en la fila , pero Bell sueña con llegar a los 170.000 indígenas inuits que viven en las tundras heladas de Canadá, Groenlandia y Alaska (Estados Unidos).

“Vengo de una comunidad de 200 personas que ven cambios en su vida que están más allá de lo imaginable. De donde vengo, caminas por cinco minutos y te encuentras con un pedazo del planeta que ha sido el mismo por cuatrocientos años. Por eso es muy difícil para nosotros tragarnos lo que está pasando con el clima”, dice Angnatok. Su gente no está acostumbrada a lo impredecible. Pero su gente, que ha deambulado en el frío por más de mil años, sabe que sobrevivir es un sinónimo de adaptarse.